La cultura de todas las naciones tiene en su historia hombres y mujeres que la signan para siempre. Sin duda alguna, en el caso de nuestro país, uno de los nombres ineludibles en las páginas del tiempo es el de Héctor Roberto Chavero Aramburu, Don Atahualpa Yupanqui.

Compositor prolífico, guitarrista, compilador, padre de nuestra música nativa. Por sus raíces hondas y su marcada argentinidad, el escenario de Cosquín, Festival mayor del folklore fue bautizado en su honor.

Este hombre, de oficios rurales, de poesía y guitarra, nació en el partido bonaerense de Pergamino un 31 de enero de 1908, cuando recién despuntaba el siglo XX. Partió de este mundo un día como hoy, pero de 1992, a los 84 años.

Su legado infinito

La prolífica obra yupanquiana contabiliza más de 300 canciones de su autoría, entre los temas centrales de su poética se encuentran el silencio, el destino del hombre y su existencia, la inmensidad de ciertos paisajes, entre otros tópicos.

Yupanqui se enamoró del norte y de la zamba en 1917 cuando, siendo niño aún, pasó unas vacaciones familiares en Tucumán, provincia en la que se inspiró para piezas como "La pobrecita" o la mítica "Luna Tucumana".

La temprana muerte de su padre lo obligó a ser cabeza de familia y a practicar diversos oficios. Con el alma nómade, viajo por Catamarca, Salta, Jujuy, Santiago del Estero y otros sitios. Vivió en Tucumán, Santa Fe y Córdoba. Exiliado en Francia durante los años 40. En julio de 1950 la emblemática cantante francesa Edith Piaf lo invitó a compartir un escenario.

Dos años más tarde, regresó al país y realizó numerosas giras nacionales e internacionales. En 1990 actuó por última vez en el festival de Cosquín. Falleció dos años más tarde en Nimes, Francia, lugar donde debía cumplir con una actuación.

Sus restos, repatriados en Cerro Colorado, descansan en la región serrana. Su obra, sembrada entre sus colegas, persiste con admirable vigencia: Los Chalchaleros, Jorge Cafrune, Mercedes Sosa, Horacio Guarany, Canto 4, Mariana Carrizo o Divididos son algunos de los músicos que lo han reversionado. Don Ata, desde alguna estrella, continúa siendo el padre inmortal de nuestra música que, con su aporte invaluable, expandió su poética, su reflexión y su profundidad.

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