Alimentarse, compartir y conversar. El bufé estudiantil puede constituirse en un espacio en el que es posible participar de un modo diferente. La palabra circula de mesa en mesa. Se intercambian apreciaciones sobre la comida, el deporte, el juego, las clases, la televisión y el mundo. Y de pronto todo adquiere una impronta de hogar.

Ayer la comunidad educativa del colegio N° 5039 11 de Septiembre, ubicado en el barrio Santa Ana II, estuvo de estreno. Se inauguró La Cueva, un espacioso bufé de 110 m2 cuya apariencia desmerecería la de algunos pubs de la tradicional calle Balcarce.

El ambiente es luminoso. Las paredes blancas contrastan con las mesas, sillas y banquetas de colores primarios y secundarios. En un sector dispusieron sillones y mesas tapizadas y de diseño moderno. Sobre un estante e iluminados como para destacar las glorias que representan, los trofeos ganados por los alumnos en diversas competencias deportivas. De las paredes penden cuadros elaborados durante las horas de Plástica, que fueron donados por algunos estudiantes.

La Cueva es el nombre de la confitería surgido del concurso intrainstitucional "Volvete inmortal". El logo tiene manos marcadas como si se tratara de una pintura rupestre. El eslogan que lo acompaña versa: "Solamente para todos". Una síntesis de lo que se siembra al asumir el desafío de cohesionar el espacio físico con el sentido de pertenencia. Sucede que el 11 de Septiembre tiene fama de haber logrado lo impensable: que los alumnos cuiden las instalaciones e implementos del colegio como si se tratara de su propia casa.

"Con los tiempos como están, desgraciadamente nos tenemos que hacer cargo de lo ético y lo moral, que debería venir de la casa. Les enseñemos que los ladrillos no solo sirven para romper las ventanas, sino también para construir espacios comunes y que sirvan para el día de mañana", le contó a El Tribuno el director del establecimiento, Dante Aguilera. Añadió que el bufé ocupó un sector que se había destinado a la práctica del deporte, pero como los alumnos están aprendiendo inglés intensivo a contraturno les quedaba una hora -de 12 a 13, en el caso del turno mañana; y de 13 a 14, en el del turno tarde- a la que generalmente empleaban para almorzar y no tenían dónde, con las 12 aulas ocupadas en el dictado de las clases.

Así se optó por levantar el restaurante, que les demandó una inversión de 200 mil pesos. Aguilera reconoció que los sillones, las 26 banquetas y 44 sillas no responderán a la demanda originada por los 780 alumnos que estudian en la institución, pero sí les posibilitarán circular durante las jornadas y darles diferentes usos. "La idea es que entren acá y puedan confraternizar entre ellos, traer juegos de la ludoteca y ver televisión durante las horas libres, y si en el recreo quieren poner música y cerrar la puerta pueden hacerlo", detalló Aguilera. "Hay que reconstituir el tejido social, hacerles comprender a los alumnos que no es la plata de Cristina Kirchner sino la de ellos, y si tenemos que reparar y reponer estaríamos siempre en el mismo lugar. Tenemos una comunidad de alumnos que quieren y valoran la escuela. Les enseñamos que peleen su lugar, porque no se puede repetir, ya que hay una tanda de gente que está esperando el asiento", manifestó.

Alfonso Soto (18), del quinto segunda del turno mañana, expresó: "Los chicos necesitábamos un espacio extra para satisfacer nuestras necesidades. Esto fue un sueño cumplido. Habrá que disfrutarlo y que el colegio siga progresando".

Él, junto con los demás alumnos, recibió una hamburguesa de bienvenida y se sintió maravillado por el decorado minimalista y a la par tan propio. "El colegio me brindó muchas posibilidades de poder brillar y de ser quien soy. Entré en noveno porque soy de Metán y nunca había recibido el apoyo que me dieron acá. Somos compañeros y amigos", cerró Alfonso, quien quiere ser profesor de Historia para volver al 11 de Septiembre, esta vez como docente.

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