La legendaria banda británica Black Sabbath se despidió anoche del público argentino con un concierto épico, ante un colmado Estadio Vélez Sarsfield, de la Ciudad de Buenos Aires, en donde se destacó tanto la capacidad del grupo para sonar de manera compacta, como la calidad individual de sus integrantes.
En el marco del "The End Tour", que pone punto final a casi 50 años de carrera, la agrupación nacida en Birmingham, que puso los cimientos del heavy metal a nivel mundial, ofreció un contundente show de poco más de una hora y media, en el que no faltó ninguno de sus clásicos.
Más allá de la potencia y el macizo bloque sonoro, el recital permitió el lucimiento personal del guitarrista Tommy Iommi, el cantante Ozzy Osbourne, el bajista Geezer Butler y el baterista Tony Cufletos, quien reemplaza al original Bill Ward, ante la negativa de sumarse a esta última gira.
Apenas pasadas las 21, tras un video en el que podía verse una suerte de Apocalipsis, con ciudades incendiadas y una bestia, tal vez el mismo demonio, azotando edificios, Black Sabbath, la banda que demostró que el rock y el terror podían complementarse sin problemas, irrumpió en escena con la densa melodía del tema que le da su nombre, primer corte de su disco debut.
"¿Están listos?", preguntó antes Ozzy, un maestro de ceremonias que, pese a asumir su conocido rol de "Príncipe de las Tinieblas", se mostró todo el tiempo conectado con el público y de muy buen humor.
Vestido íntegramente de negro, con un saco largo hasta los pies, el cantante dio sobradas pruebas de su gran capacidad para dominar la escena, a pesar de la economía de movimientos corporales. Por su parte, el ovacionado Iommi, con cruces de plata en el pecho y en el diapasón de la guitarra, desplegó vibrantes solos y lanzó descollantes bases rítmicas que condensaron gran parte de la historia del género, con un sonido lento, denso y narcótico.
Precisamente, la guitarra de Iommi por momentos asumió el rol de un cantante más en la banda que se sumaba a Ozzy, a partir los fraseos intercambiados con el vocalista.
Por su parte, Butler dio muestras de virtuosismo, sobre todo con el solo con wah-wah ejecutado en el bloque que enganchó "Behind the wall of sleep" y "NIB", mientras que Cufletos se metió al público en el bolsillo con su impresionante estilo, que incluyó el uso de doble bombo y una parte solista que sacudió a los presentes.
La formación la completó el tecladista Adam Wakeman, el hijo de Rick, el brujo de Yes, aunque su presencia no aportó demasiado al show y, de no haber sido anunciado, hubiera pasado totalmente desapercibido.
Con Ozzy presentando casi todos los temas y preguntando todo el tiempo a la gente si la estaban pasando bien, se sucedieron joyas como "Faries wear boots", "After forever" e "Into the void".
Uno de los tantos puntos altos de la noche estuvo de la mano de la intoxicada "Snowblind", seguida por "War pigs", que comenzó con un sonido de sirenas y luces rojas en el escenario, para luego dar paso a un intercambio coral con el público, mientras las pantallas mostraban cómo se vería una hipotética guerra nuclear.
Tras las mencionadas "Behind the wall of sleep, "NIB" y el solo de batería en donde Cufletos pareció multiplicarse, llegó el turno de la festejada "Iron man", con todo el estadio coreando el famoso riff.
Visiblemente emocionado, Osbourne arengó en distintos pasajes para que el público no cesara sus ovaciones y, paradójicamente, culminó varias de sus interpretaciones con un "Dios los bendiga a todos ustedes".
"Dirty woman" y "Children of the grave" marcaron la antesala del fin que, como no podía ser de otra manera, tuvo en el clásico "Paranoid" su telón final.
Como una postal, el cuarteto se abrazó en el centro del escenario en lo que será la última imagen que el público local tendrá de esta histórica banda que, a lo largo de 50 años, no sólo dejó buena música que originó todo un género, sino que también aportó condimentos visuales y comportamientos que dejaron su huella en el rock mundial.

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