Woody Allen estrena esta semana en la Argentina, un mes y medio después de su presentación limitada en Estados Unidos, la comedia romántica "Café Society", ambientada en la década del 30, en la que reunió a Jesse Eisenberg con Kirsten Stewart, Steve Carrel, Blake Lively y Corey Stoll.
Allen se acerca al medio centenar de largometrajes y ya no le quedan muchos géneros en los que incursionar antes de dejar de hacer funcionar la cámara, finalmente digital (primera vez), con la que ahora viajó hasta el esplendoroso Hollywood y la agitada Nueva York de la década del 30.
Como a todo buen cinéfilo, a Allen le encanta todo lo mejor de la historia del cine, como a su colega Martín Scorsese, y hasta ahora, salvo los géneros de terror, western, guerra y documental (aunque "Zelig" de hecho sea un falso documental), ya incursionó en la mayoría, y con éxito.
Incluso la ciencia ficción, cuando hizo "El dormilón", hace más de 40 años, algo había insinuado al hacer viajar a su personaje a un futuro curioso en una nave espacial, o en "La última noche de Boris Grushenko", en la guerra al mejor estilo Leon Tolstoi, pero en clave de humor.
Y más allá de haber demostrado su amor por Ingmar Bergman varias veces, y con total alevosía, en los últimos tiempos incursionó en su impensable costado turístico, paseando por Barcelona, París, Roma, y alguna ciudad más, aunque finalmente vuelva las urbes donde mejor se mueve.
Allen tiene 81 años y como al caballero de galera del whisky escocés, se lo sigue viendo muy campante, viajando por festivales, como se mostró este año en Cannes, cuando le tocó presentar junto a actrices muy bonitas (cuando no ocurre eso en sus obras), su última propuesta,
"Café Society" es el juego del cineasta que ya dio todo, o casi todo, que está de vuelta y puede seguir bromeando con muchas de esas cosas que a otros pondrían muy serios, y si lo hace es porque ahora más que nunca Allen maneja la pluma y el pincel del cine como pocos.
Allen consigue marcar todos esos tonos gracias a un guión muy bien estructurado, en el que nada está de más ni de menos
Esta vez cuenta la historia de un joven neoyorquino que sueña con trabajar para Hollywood porque allí su tío es el mandamás de un estudio que no para de producir éxitos, y por el que desfilan además de estrellas consagradas,las que aspiran a serlo en poco tiempo.
Antes de lo pensado y por presión de su familia neoyorquina, con raíces judías e incluso algún vínculo con la mafia, este jovencito se une a la pléyade de emprendedores y conoce chicas dispuestas a hacer concesiones para ascender por esa lujosa escalera a la fama.
Claro que lo que no imagina es que se enamorará a conciencia de la misma chica que es la amante ultrasecreta de su casado tio millonario, de igual edad a la de sus padres, y de hecho su jefe y de alguna forma confidente de muchos de sus secretos íntimos, y es en ese momento es cuando aparecen las luces y sombras del deseo, que el mismo Allen ya exploró con anterioridad.
Todo gira alrededor de esta trama, no obstante aparecerán historias paralelas más o menos vinculadas, todas con personajes muy fácil de recortar, cargados de intervenciones que como los solistas de una orquesta, exponen textos ricos, incluso algunos de humor negro.
Jesse Eisenberg es, sin lugar a dudas, el alter ego del director, no solo por su texto, el que está leído en off con una voz que claramente podría ser la del mismo Allen, sino por sus actitudes y en el hilado fino sus gestos y expresión corporal que sorprenden incluso a los seguidores de Allen.
Otro caso singular es el de Steve Carrel como el empresario hollywoodense que, no solo por vestir como entonces convence que es un productor y tiene más vicios que virtudes, no obstante más que de origen semita parece italiano, incluso su forma de hablar recuerda a... Scorsese.
Kirsten Stewart sobresale por su fina ambigüedad a la hora de las definiciones, generando conflictos profundos en aquellos que por diferentes razones la aman, incluso mostrando una curiosa frialdad incluso para tomar decisiones que pueden desatar más de un drama.
Y por fuera de este trío clave en la historia, esta otro de los tíos, en este caso el mafioso instalado en Nueva York finalmente con su café del título, dedicado a negocios muy turbios que pueden incluso rebotarle y terminar francamente muy mal, aunque Allen lo observe con cinismo.
El actor al que le toca en suerte este personaje muy negativo pero muy gracioso cuanto le toca reaccionar es Corey Stoll, que construye su Ben Dorfman con un talento muy para tener en cuenta, y que si bien hizo cine,es más conocido por sus apariciones en series.
Allen consigue marcar todos esos tonos gracias a un guión muy bien estructurado, en el que nada está de más ni de menos, con mucho conocimiento de dónde ponerse romántico, cínico, y hasta emotivo; un casting perfecto de esos en los que se destacan hasta los muy secundarios, con una muy cuidada –al extremo- recreación de época incluidos los guiños digitales para recortar una Nueva York (que ya eternizó en "Manhattan") muy diferente a la actual, y una selección musical memorable.
Se le pueden objetar a Allen algunas circunstancias del relato no bien resueltas, algunos personajes que merecían más espacio, igual que situaciones no del todo claras, pero si hay algo de lo que no hay dudas es que Allen tiene una habilidad que sorprende, y aunque todas esas zonas débiles existan, a la hora de ver el todo son invisibles, nadie las recuerda: eso se llama experiencia.

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