Carlos Hugo Aparicio se había quedado sin voz hacía tiempo, encapsulado como estaba en el umbroso silencio del Parkinson. Pero todos juran que desde el fondo de ese abismo gris él miraba, atisbaba y se emocionaba. Lo delataban las dos estrellas que se le encendían en los ojos cada vez que llegaban los hijos, los nietos, un amigo... Eso tenía de particular don Carlos -entre otras cosas-: sabía decir. En la vida y en la literatura, porque Aparicio escribía esa especie de ficción -rara y vigorosa- que consigue convencernos a todos de que, de una u otra manera, a eso que leemos lo hemos vivido. Pasa solamente con los grandes escritores: los que consiguen tocar las fibras de la condición humana.
Aparicio murió hoy, a los 79 años. Fue el renombrado autor de Pedro Orillas, El silbo de la esquina, Los bultos, Sombra del fondo y Trenes del sur, entre otras obras, pero antes fue el papá de Alcira, Celina, Marina y Daniel, y el hijo de un empleado del correo y de una joven ama de casa de ascendencia boliviana, que en 1947 decidieron dejar La Quiaca y radicarse en Salta para que sus hijos pudieran estudiar. "Mi abuelo ganaba lo justo haciendo trabajos de carpintería y vendiendo cuadros -contó Celina, la hija de don Carlos-. Durante su adolescencia, mi papá vivió en Mitre al 2000, que en aquellos tiempos era la orilla de la ciudad. Le tocó vivir en un contexto muy duro, con muchas carencias. Pero él siempre fue muy observador y muy sensible. Cuando cumplió 18 años comenzó a trabajar y se hizo cargo de sus padres".
El primer empleo formal de don Carlos fue como administrativo en una fábrica de caños de hormigón. La estabilidad económica duró poco porque el dueño de la empresa murió y el desmanejo de los herederos la llevó a la quiebra. Aparicio se quedó sin trabajo y tuvo que volver a empezar aceptando un puesto de celador en la escuela República de la India. Y siempre, al compás de los vaivenes, don Carlos leía y escribía. En 1987 fue designado director a la Biblioteca Provincial, cargo que desempeñó durante cuatro años, y finalmente, antes de jubilarse, integró la Comisión Bicameral de Autores Salteños.
Carlos Hugo Aparicio nació en La Quiaca en 1935. Quizás por eso se llevaba bien con los silencios (en la Puna, se sabe, la soledad es una brisa familiar). Su gran novela, Trenes del sur (1988), trascendió fronteras y se editó en Francia, traducida por Geneviéve Despinoy, catedrática de la Universidad de Toulouse. Pero más allá de los ecos internacionales, esta obra sigue circulando entre las sombras, a través de reediciones piratas que se consiguen en locales de libros usados de Salta. Eso pasa con los escritores que se vuelven testigos críticos y partícipes solidarios de su tiempo.
Carlos Hugo Aparicio impregnó su obra de un lenguaje coloquial capaz de reproducir los imaginarios, las ilusiones truncas y la atmósfera circundante de personajes destinados a andar por los márgenes. En este sentido, su narrativa fue emparentada más de una vez con la cuentística de William Faulkner, Chéjov y Héctor Tizón, entre otros grandes de la literatura.
Acerca de los trenes que inspiraron su novela, don Carlos contó una vez: "Yo me hacía vestir en La Quiaca con la mejor ropa que tenía y me iba a esperar el tren que llegaba de Buenos Aires. No iba a esperar a nadie, iba a esperar el tren. Yo sabía creer que ese tren había estado en Buenos Aires en medio del fútbol, en medio de los tangos, en medio de la gente y de repente estaba ahí, en mi pueblo".
Esa capacidad que de niño le permitía ver en un tren a "un sujeto de asombro y admiración" fue la que más adelante, ya semicalvo y sentado frente a una máquina de escribir, le permitió crear las tramas más oscilantes, sorpresivas y dramáticas, convirtiéndose en uno de los referentes de la tradición cuentística latinoamericana. Por ese particular registro narrativo, el realizador salteño Alejandro Arroz llevó la obra de Aparicio al cine: en 2007 estrenó el largometraje Luz de invierno, y en 2013 la serie de ficción Historias de la orilla, ambas basadas en sus cuentos.
La narrativa de don Carlos ha sabido darle voz a los que habitaron y habitan las villas y barrios de la ciudad. Como los trenes del sur, sus libros siguen llegando a nuestro andén conmovedores y universales. Y después de leer la última página nos quedamos solos y en silencio, así como don Carlos de niño en la estación, vestido de domingo y siempre listo para el asombro.

Un breve recorrido por su obra

1965, Sus inicios en la literatura
Publica su primer libro, Pedro Orilla, que fue de poesías. Aparicio tenía treinta años. Luego siguieron El grillo ciudadano (1968) y Andamios (1980).

1974, Afianzado en la narrativa
Publica un nuevo libro de relatos, Los Bultos, y en 1982, Sombras del fondo (cuentos), que en 2013 fue reeditado por el sello platense Mil Botellas.

1988, Publica su única novela
Trenes del sur está inspirada en su ciudad natal, La Quiaca. Aparicio dijo sobre ella: “Es mi libro más querido; en él está todo lo que soy, lo que fui y lo que seré”.

2007, Su última publicación
Días de viento fue su último libro de relatos. Como fue editado artesanalmente y en forma limitada por el sello Molino Hilo de Agua, la obra casi no llegó al gran público. Es una deuda que queda pendiente.

2011, Traducido al francés
Su novela Trenes del Sur se publica en Francia, traducida por Geneviève Despinoy, catedrática de la Universidad de Toulouse-Le Mirail, estudiosa de su obra.

2013, Sus cuentos llegan a la televisión
Alejandro Arroz filma para la TV digital abierta la serie de ficción Historias de la orilla, basada en relatos de Aparicio. Antes, en 2007, había estrenado el filme Luz de invierno, también inspirados en los cuentos del autor.



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