Carmen Millán, de la Banda de Arriba, Cafayate, está cosechando su afanosa siembra. Se quedó viuda y con hijos pequeños a los 43, entonces, como un lapacho que cuando pierde las hojas florece, usó las enseñanzas de sus padres y abuelos sobre lanas y tejidos, y se convirtió en una investigadora, una preservadora de los tintes naturales con plantas del Valle Calchaquí. Su empeño en recuperar técnicas ancestrales en pleno siglo del "compro todo hecho" la llevó a sacar tonos sepias de la corteza de las viñas y de los algarrobos, verdes del jume y del romero, amarillos del molle y las cáscaras de cebolla y el púrpura sagrado de la grana cochinilla, un parásito característico de la hoja de tuna. Casi con obsesión trabaja para conseguir azules de un arbusto llamado añilcillo. Y cada día, Carmen se aventura a la búsqueda de colores. Una búsqueda que entraña el desafío de alimentar y hacer estudiar a sus cuatro hijos que crecieron entre lanas, hierbas, semillas, cortezas y las ollas ardiendo al fuego en el afán de conseguir tintes nuevos. Los mismos que hacen lucir las prendas envolventes, de original estilo andino, que confecciona.
Por este camino intenso que la cafayateña, de la Banda de Arriba, hizo al andar acaba de ganar un premio de la Sociedad Rural Argentina en la muestra anual de Palermo, compartido con Ester Guzmán, tejedora de ponchos de Seclantás, y con Gerardo Liquín, tejedor de cabestros con lana de llama, de Molinos. A ellos se les reconoce con este galardón su arduo trabajo para la preservación de técnicas ancestrales.
Antes, en 2011, su labor fue reconocida a nivel nacional: casi como un tesoro, Carmen trae entre sus manos el "Manual de tintes naturales", de su autoría, editado con gran calidad por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
Su currículum es extenso entre talleres, capacitaciones que ha brindado y recibido, participaciones en salones de la moda nacionales e internacionales y menciones por este trabajo que ella abraza y que sorprende y conmueve por el amoroso afán que pone en él.
"Pude quedarme en mi casa y criar a mis hijos con este trabajo después de la muerte de mi esposo. Recurrí a lo que me habían enseñado mis padres, descendientes de los diaguitas, sobre lanas, tejidos y tintes naturales. Comencé a investigar, a experimentar y a documentar y, así, del dolor y el duelo nacieron los colores", cuenta Carmen, mientras se le inundan los ojos de recuerdos de dolorosos renunciamientos.

Sin agua es imposible
El premio que recibió en la Rural la redimió de la depresión que sufrió en 2013, cuando todos los vecinos de la Banda de Arriba de Cafayate se quedaron sin agua por el desmoronamiento de un cerro. "La potabilizadora no podía limpiar tanta turbiedad así que se atrasó mucho la producción porque se necesita mucha agua para el proceso de fabricación de una prenda: para lavar la lana que tiene mucha tierra y grasitud, para la maceración de los tintes con agua al aire libre durante tres días, para el mordentado de las fibras y finalmente para el teñido al calor. Sin agua no se puede hacer nada", aseguró. Su emprendimiento artesanal, como las grandes cosas, nació de la soledad y de la imperiosa necesidad de sostener su hogar.

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