Andrónico Guerra era un hombre apasionado por los nombres exóticos. Por eso bautizó a sus hijos como Cástulo, Avelino, Amando Salomé, Cándido y Merardo. Cástulo fue, a su vez, un apasionado de la vida y la atravesó desempeñando una diversidad de profesiones: fue futbolista, militar, jefe de policía, militante peronista, diputado y escritor. Tuvo un hijo en Salta al que le dio -entre otras muchas cosas- un nombre idéntico al suyo. El heredero Cástulo Guerra -que llevaba en las venas esos genes acostumbrados a virar de destino- dejó medicina en 1964 para dedicarse a la actuación y llevó su nombre y su aire latino a los sets de Hollywood.

El 12 de mayo pasado se cumplieron 50 años del debut profesional de Cástulo Guerra (h) en las tablas, reclutado por el Teatro Estable de Tucumán para interpretar a un joven negro en Una ardiente noche de verano, del dramaturgo inglés Ted Willis. Invitado a rememorar aquellas primeras incursiones teatrales, Cástulo contó: "Yo me pintaba la cara y las manos de negro. Y una noche, en un galpón enorme con sillas adonde cocinaban choripán en el bar del fondo, un tucumano me gritó: '¿Che negro, qué te has lavao las patas con lavandina?' Yo iba de zapatos, sin medias, y jamás se me había ocurrido maquillarme los pies".

Esas primeras anécdotas con tonada bien nuestra se fueron entramando más tarde con otras historias donde aparecieron nombres estelares y foráneos como Morgan Freeman, Denzel Washington, Burt Reynolds, Barbra Streisand, Julia Roberts, Brad Pitt, James Cameron y Steven Spielberg, entre otros.
Cástulo Guerra es el actor salteño que quiso hacer carrera en Inglaterra pero desembocó en la meca del cine estadounidense, encarnando -por lo general- a delincuentes o traficantes. Es el destino de la mayoría de los actores latinos en Hollywood. "Aunque por ahí la pegué con algún cura, médico o juez", aclaró Cástulo a El Tribuno desde su casa en California.

¿Qué recordás de tu debut actoral, hace 50 años, en Tucumán?
Por estos días de mayo en el año 1965, el Teatro Estable de Tucumán bajo la generosa vocalía de Guido Torres me abrió sus puertas y así transité las tablas del Teatro San Martín hasta fines de 1970. Yo había dejado la medicina en 1964 para entrar en lo que estaba más de acuerdo con mis necesidades interiores. Filosofía y Letras y la carrera de Inglés. Por esa época y milagrosamente se había creado la Escuela de Arte Dramático de la UNT bajo la dirección de Boyce Díaz Ulloque. Una camada de unos ochenta alumnos tomamos esos cursos y de ahí emergieron talentos en todos los rubros de la creación teatral: actores, directores y escenógrafos. En el Teatro Estable me confiaron el papel del joven negro en Una ardiente noche de verano. Tenía 19 años y tuve el honor de trabajar junto a las figuras del momento: Alfredo Fenik, María Angélica Robledo, Rudy Lewin, Orlando Juárez, Blanca Rosa Gómez, Olga de Hynes O' Connor. El fogueo como actor ocurrió durante esta puesta cuando se la llevó a las ciudades del interior de Tucumán. Escenarios distintos. Públicos difíciles. Yo me pintaba la cara y las manos de negro. Y una noche, en un galpón enorme con sillas adonde cocinaban choripán en el bar del fondo, un tucumano me grita, "¿Che negro, qué te has lavao las patas con lavandina?" Yo iba de zapatos, sin medias, y jamás se me había ocurrido maquillarme los pies. Pero todos estos incidentes te forman y te dan fuerza y convicción. Todo esto te pone alerta y tu trabajo sobre el escenario empieza a parecerse al del equilibrista sobre la cuerda floja.

¿Soñabas en ese momento con una carrera como la que hiciste?
Los sueños siempre son grandes. Mi primera fascinación fue por el cine tras ver algo de la filmación de Taras Bulba en Salta. Luego vino Lawrence de Arabia que terminó de darme vuelta la cabeza. Pero el teatro es lo que me pasó. Vi teatro por primera vez en Tucumán y se convirtió en mi camino. No recuerdo haber tenido deseos de irme a Buenos Aires o a otros lugares. Tucumán era un hervidero de ideas y de actividades y de algún modo pertenecía al movimiento grande.

¿Nunca pensaste en usar un seudónimo artístico?
No, nunca. Cástulo era mi padre porque su papá era Andrónico y a él le gustaban los nombres exóticos. Por eso bautizó a sus hijos como Avelino, Amando Salomé, Horacio Cándido, José Merardo, Dora Soledad. ¡Hay muy pocos Cástulos! Y en criollo tiene un sonido lindo. Tal vez en los EEUU me hubiera servido llamarme de otra manera, alguito más fácil, pero nunca se me ocurrió. Aquí masacran mi nombre a diario. De chico en Córdoba, donde nací, los estudiantes de Medicina me habían apodado Pericles. Y así quedé para mi posteridad familiar y salteña: el Pericles.

¿Cómo tomaron tus padres el hecho de que decidieras abandonar medicina para estudiar arte dramático? ¿Cómo eran ellos?
Cuando le dije a mi padre que dejaba la medicina, le cayó muy mal. El le tenía aversión al fracaso y dejar medicina por el arte dramático era como caer en el propio abismo. Un camino de incertidumbre. Su primera pregunta fue, "¿Pero hijo, de qué vas a vivir?" Con toda honestidad le contesté que ya inventaría algo. Y en verdad ese ha sido mi camino. El de la incertidumbre. El de reinventarme cada día. Una especie de Esperando a Godot. Nadie lo ha visto como para poder identificarlo. Nunca sabés de donde va a venir. Mi papá fue un hombre inquieto con muchas pasiones: el fútbol, el ejército, la política. El jugó en Central Norte, Huracán de Buenos Aires y San Lorenzo de Córdoba. Tengo un recorte antiguo del diario con una foto de él jovencito y la leyenda “¡Bolita Guerra marcó un golazo!” Marcar goles era su pasión. Pero el ejército fue agrio para él. Su padre, mi abuelo Andrónico Guerra, murió en 1946, la noche del Milagro. Su propia locomotora le cortó las piernas y eso marcó a toda la familia de por vida. Mis padres volvieron a Salta. Mi papá se retiró del Ejército en 1950 y abrazó la causa de Perón. Fue jefe de Policía mientras moría Evita y fue catorce veces a la cárcel por su participación en el Movimiento Justicialista. Fueron tiempos de confusión e incertidumbre. Se lanzaba a las campañas políticas como quién cruza el mar en un velero bergantín. Fue diputado, coordinador de Municipalidades. Tecleaba su vieja Remington incansablemente y discurseaba en voz alta. Escribió tres libros y proyectos, como el del Cadillal. Mi madre, María, vino de España a los 4 años con mis abuelos para escapar los tiempos nefastos del advenimiento de Franco. Y resulta que se hizo tan criolla como el gaucho Güemes. Amó a Salta y siguió a su hombre a sol y a sombra. Era el cable a tierra de mi padre y el timón espiritual de la familia.
Tras el balde de agua fría de mi cambio de carreras, al poco tiempo mis padres se convirtieron en hinchas supremos de mi trabajo y mi búsqueda. Conté con su apoyo y aplauso en las buenas y en las malas. Mi papá era apasionado y detestaba la frialdad y la indiferencia. Tenía sangre de hincha en las venas. Para ellos fue verme sobre las tablas en Una ardiente noche de verano y pasar a ser mi barra brava. De por vida. Poseo el álbum grande que confeccionó pacientemente mi padre con cada uno de mis pasos en el teatro y en el cine.

¿Cómo fue hilvanándose el destino “americano”?
Lo de EEUU fue insospechado para mí. Yo tenía más bien mis ojos puestos en algo más clásico: en Inglaterra. Pero en 1971 surgió una beca Fulbright para el Instituto Internacional de Estudios Teatrales en la Universidad de Kansas. Ahí conocí a Christy, mi compañera de todos estos años. Ella se me unió en Nueva York y juntos emprendimos el camino febril del experimento teatral. Y aunque Nueva York me hizo hombre y fertilizó mi mente, mi necesidad de mantener mis raíces intactas y fuertes hizo que tuviera mi ojo puesto en el regreso a la Argentina. A ese regreso lo emprendimos en 1975, el peor año para intentarlo al iniciarse la etapa de la guerra sucia y la represión militar. Tras probar un año, optamos por regresar a Nueva York.

Participaste en grandes producciones con actores de mucho renombre. ¿Cómo tratan al actor latino en ese tipo de ambiente?
Tuve la fortuna de trabajar en producciones importantes junto a Morgan Freeman y Denzel Washington en Shakespeare en Central Park. También junto a Oliver Reed, John Travolta, Burt Reynolds, Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Barbra Streisand, Julia Roberts, Brad Pitt y Linda Hamilton. Trabajé con directores como James Cameron (Terminator II), Steven Spielberg (Amistad), Bryan Singer (Los sospechosos de siempre), Gore Verbitsky (La Mejicana), Carl Franklin (Bendíceme Última). Por sobre todo tuve la fortuna de trabajar, de tener una carrera. En EEUU hay de todo, por cierto. Hay discriminación en todos los niveles. Y sorprendentemente hay discriminación entre los mismos latinos. Nueva York está dominado por puertorriqueños. Miami, por cubanos. Los Ángeles, por mejicanos. La lucha territorial de cada grupo es sutil pero presente. A los latinos no nos gusta la competencia. Confieso: ser argentino en medio de este despiole racial no es fácil. Méjico, Puerto Rico y Cuba están pegados a los EEUU y el flujo de talento nuevo es constante. Muchas veces imagino con nostalgia lo que sería trabajar en la Argentina, junto a mi gente y mis raíces. En Buenos Aires recientemente alguien me preguntó “¿Qué sentiste al llegar y escuchar el dialecto argentino?” La respuesta es alivio, deleite, como una planta seca que le echan agua de lluvia.

Ricardo Darín dijo hace poco que nunca quiso ir a Hollywood porque no le interesaba hacer el papel de delincuente o traficante que siempre suelen darle a los latinos en los filmes. ¿Cuál es tu experiencia al respecto?
¡Darín pega en el blanco en este tema! Y sí... delincuentes o traficantes, nada más. Ponerle cara foránea a los malos es una tradición de la industria del cine en Hollywood. Mi propio trabajo está plagado de malvivientes, aunque por ahí la pegué con algún cura, médico o juez. Y siempre leo hasta la página final del libreto, ¡porque casi siempre me matan!

¿Dónde vivís actualmente?
Luego de 11 años en Nueva York, Tal para cual me trajo a California. Y aquí formamos las nuevas raíces: la parte sólida de mi trabajo, la casa, nuestros hijos. Y es curioso que, aunque californianos, mis hijos salieron argentinísimos. Será de tanto ver mundiales, escuchar cosas del Cuchi Leguizamón, Dino Saluzzi, Fito Páez, Piazzolla y otras delicias de lo argentino. Las raíces, la nostalgia, la avidez, el gusto por el relato, son cosas transmitidas de generación a generación, en familia.

¿Seguís trabajando o ya estás retirado?
Retirar a un actor es tan difícil como voltear a un quebracho. El hecho de que mi mentada carrera ha incluido TV, cine, teatro y grabaciones, me da un margen de trabajos que puedo continuar realizando. Al regresar de Salta este año pasé del aeropuerto derechito a ensayos de una obra nueva. Tengo estudio de grabación en casa. La tecnología me permite el lujo de grabar en alpargatas junto a un mate y enviar todo por internet. En casa grabo comerciales, narraciones, trailers y voces para televisión y cine. También grabo mis propias composiciones en guitarra, flauta y bandoneón. A veces junto a mi hijo Ian de 26, con quien comparto nuestra predilecciones musicales. Con él nos vamos a ver a Fito Páez a fin de mes. Tocará en el House of Blues que está en Sunset Boulevard. Mi hija Clarity, de 28, hace cine y videografía para la Universidad de Iowa. Con ella compartimos secretos sobre cómo montar y editar material de imagen y sonido.

¿Ves cine argentino?
Veo cine argentino cada vez que puedo. Y desde afuera lo veo fuerte y trascendental. Hay gente que opina que el cine y el teatro argentino son de alta categoría. Aunque la mala televisión es enemiga de todos. Veo cine independiente e internacional para poder apreciar el mundo. La historia y la forma de contarla siguen siendo para mí lo supremo.

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