"Qué tal, buenas tardes. ¿Vos no sos de los Aparicio de Rosario de Lerma?". "¿Cómo está? Mucho gusto. Sí, soy hija de doña Adela". "Ah, ya me parecía. ¿Viste, Héctor? Yo te decía. Sos asemejadísima a tu madre". El diálogo continúa en la plaza 9 de Julio, entre dos matrimonios cuyos integrantes visiblemente pasaron los 60 años. Unos descansaban en un asiento y los otros pasaban cuando se encontraron. De pronto, a un metro de ellos, dos jóvenes se "trenzan" en una lucha simulada, y las dos parejas suspenden su charla y se ponen a observarlos de a ratos con angustia, de a ratos con sorpresa. Es la intención de los protagonistas de la lucha, Rafael Segovia (31) y Santiago Mollo (24). Rafael es salteño, pero forma parte del Ballet Contemporáneo de la Provincia de Tucumán. Santiago es profesor de Arte en Danza y bailarín contemporáneo. Se conocieron en una audición en Tucumán. Hace unos días se unieron en una performance improvisada para retratar la violencia. La intervención duraba diez minutos y la repitieron en la plazoleta IV Siglos, la vereda sobre la calle España, delante del banco Macro, y dos puntos de la plaza 9 de Julio. A simple vista, combinaban facetas de danza y acrobacia. Los movimientos bajos y barridos de brazos y piernas, las maniobras en forma de patadas y derribos -ejecutadas con suavidad y amplitud de movimientos- no parecían remitir a la violencia.
"No queríamos mostrar más violencia. Por eso lo propusimos como dinámica y de esa manera no llegamos al contacto, explicó Rafael. Una familia de cuatro integrantes que compartía una merienda se levantó azorada. Un turista ataviado como Indiana Jones los filmó unos minutos. Otra viajera filmó con su cámara fotográfica y en un desmañado espanglish le preguntó a un joven espectador quiénes eran los bailarines. Las dos parejas siguieron viendo la danza estupefactos.
"Teníamos en la cabeza una propuesta urbana, un reflejo de lo que se vive a diario en las peatonales o en lugares muy transitados. La idea de avanzar contra el malón de gente hacia el encuentro. En este caso, compartir a través del movimiento con los transeúntes", continuó Rafael. Añadió que las pautas de la danza fueron mutando a medida que pasaron las intervenciones. También admitió: "Salta es un poco difícil para este tipo de propuestas". Luego aportó que el lugar, la gente, el tiempo y los ruidos contribuyen a la mutación de cualquier idea preconcebida, por lo que la intervención es real. Por ejemplo, la gente que circula y permanece por las plazas tiene otra predisposición, otra "energía" muy distinta de la que transita por la vereda o sale de los bancos.
"En la plaza la gente es más relajada, se permite ver. En otros lugares siguen su camino y son pocos los que paran. En el banco me gustó mucho porque la gente que estaba haciendo la fila para el cajero estaba obligada a vernos y muchos, cuando yo dirigía la mirada hacia ellos, se hacían los que no veían", relató Rafael. "Todo lo que sucede en la intervención es real. No hay simulación. Respondemos a impulsos que nos genera la gente, el lugar, el clima, los sonidos, y tratamos de estar con los sentidos a mil para poder escuchar todas estas cosas y transformarlas en movimiento"
Los protagonistas terminaron en el suelo, se sacudieron, se levantaron y tomaron por diferentes senderos.
"No pidieron plata", le dijo la señora Aparicio al marido. Parece no haber captado el mensaje, pero la contracultura es paciente, sobre todo cuando logra -como hubiese dicho el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade- "que cualquier hombre al mediodía en cualquier plaza" detenga su marcha.

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