Pascal Calabrese, inmenso mimo salteño.

Podrían estar, tal vez, en grandes escenarios. O si no, todo lo contrario, detrás de un escritorio de cualquier burocracia. Como sea, todos han escapado a esos destinos posibles y hoy podemos cruzarlos viviendo de su arte en los pequeños espacios liberados que hoy tiene la peatonal Alberdi. Su arte al paso alegra a los salteños y los turistas sienten que son actos preparados exclusivamente para ellos y tratan de no perderse ninguno. Son los artistas callejeros que, como una flora pasajera, surgen de repente para desaparecer unos días después igual de rápido.

"Salí de mi casa en Chaco hace tres años. Ahora estoy volviendo", nos confía Osvaldo, que toca el acordeón en un cantero de la peatonal. Rik -o algo así le escuchamos- no es argentino. Toca el violín desde siempre y, de paso por Salta, quiere llegar a Perú. Está casi escondido porque no ha tenido tiempo de tramitar permisos municipales para tocar.

Aunque el viaje es el tema central en la vida de estas personas, no se trata de turismo sino de arte.
Esto nos lo explica el experimentado mimo salteño Pascal Calabrese. Aunque ya no trabaja en la calle propiamente, lo hace bajo cualquier situación, "en comedores, hospitales, cárceles. Hay que estar preparado para cualquier cosa. Fundamentalmente tener sensibilidad, o sea, observar: nuestra comunicación es en un 80% no verbal. Y entrenamiento: deportes, correr, gimnasia. En lo personal, las técnicas que uno tiene -clown, magia, etc.- nunca alcanzan, siempre hay que adquirir un recurso más. En mi caso, tengo que hacer reír a la gente", dice Pascal.

"Al tipo de la calle lo tenés que sacar de su rutina, mostrarle algo que no es común de su vida diaria. Mostrarle que hay ocio y que es muy importante para tener una vida completa. En la calle encontrás todo tipo de personas, de todas las clases sociales, niveles culturales y problemas psicológicos. Una vez, en Alemania, me acerqué con la gorra a un tipo y me sacudió de una piña.

Después lo detuvo la Policía y le descubrió un cuchillo: había escapado del manicomio", cuenta el mimo, con más de 30 años de oficio. "Dependiendo del lugar, uno de los peligros es la Policía; otro, los ladrones. Claro que hay gente que viene y te da las gracias porque 'hace días que no me reía', dicen.

En la calle hay mucha soledad también, aunque estemos lleno de gente. Mucha gente sale para no estar solos en sus casas. Y ahí aparece el artista y le da algo que es fundamental para todas las civilizaciones: arte. Nosotros somos arte, hay un espíritu. Y él te alcanza y el tipo que lo ve, siente que le has mostrado otro camino, que sin comprar nada tiene felicidad".

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