Cecilia Figaredo tiene la ductilidad de las bailarinas que no acostumbran a mirar para otro lado cuando se les presenta un desafío. Desde chica supo qué quería ser y trabajó para cumplir sus metas. Julio Bocca la vio bailar cuando tenía apenas 16 años. Quedó maravillado con su técnica y enseguida la sumó a su ballet. Protagonizó con él y con Hernán Piquín innumerables espectáculos. En su multifacética carrera, experimentó la popularidad de bailar en un escenario frente al Obelisco y en un programa taquillero como "Bailando por un sueño". Sin importar el contexto, nunca dejó de mostrar su talento.

Con 42 años, un esposo músico (Andrés Serafini, compositor y contrabajista) y un hijo de dos años, Cecilia Figaredo alterna hoy giras y presentaciones especiales con el rol docente. Mañana y el sábado, la prestigiosa bailarina egresada del Teatro Colón brindará una master class en el Centro Cultural América (Mitre 23), en el marco del ciclo "Grandes íconos de la escuela itinerante de danza clásica".

¿Cómo vivís esta etapa como educadora?
Encontré mucha satisfacción en la docencia. Para mí es importante poder transmitir lo que me enseñaron y lo que descubrí sola también, porque en esta carrera es muy importante el plus que te da la experiencia. A mí me hace bien poder transmitir mis conocimientos. Suena egoísta pero es así.

¿Es importante la faceta autodidacta en la carrera de un bailarín?

Sí, es muy importante. En muchos momentos hay que ser autodidacta. Pero también es imprescindible la mirada del afuera en el ballet clásico: de un coreógrafo o un maestro que te corrija, te guíe y pula tu técnica y te ayude a exteriorizar al artista que hay en vos.

Bailar e interpretar no es lo mismo. ¿Cómo lográs transmitirle a tus alumnos esa diferencia?
Es todo un proceso. Cuando uno tiene que bailar un rol nuevo aprende los pasos, memoriza las coreografías, pero después hay que sacar la expresividad y al artista que tenemos dentro. No hay una sola fórmula para lograr esto en un alumno. Hay que descubrir el mecanismo que funciona en cada uno, porque todos son diferentes. Eso se logra con un trabajo continuo.

Te formaste en la danza clásica pero tuviste la posibilidad de tran sitar múltiples estilos. ¿Creés que probar esa diversidad expresiva enriquece a un bailarín clásico?

Sí, totalmente. Es más, yo siempre le recomiendo a quienes ya están formados en lo clásico que investiguen otras líneas de movimiento y otros estilos como el contemporáneo o la lírica de jazz. Todo suma. Es más, creo que también aporta hacer folclore o danzas populares... Todo te va enriqueciendo como artista.

Cuando vos empezaste, ¿alguien te sugirió hacer lo que vos recomendás ahora o era más purista la cosa?
No, esta certeza surgió a partir de mi experiencia. Siempre digo que si tuviera la oportunidad de volver a mi adolescencia estudiaría clásico pero también otros estilos. En mi época, todo estaba muy esquematizado: o hacías clásico o hacías contemporáneo o hacías flamenco o hacías tango. Cada cosa por su carril. Cuando ya fui profesional y empecé a experimentar con el contemporáneo, el tango y el folclore, pude abrir el espectro como artista y eso me enriqueció un montón. El ballet ya no es el de antes: el bailarín tiene que nutrirse de diferentes estilos.

¿Qué cosas extrañás de tu cuerpo de 18 o 19 años?
Que no me dolía nada. Podía entrenar y bailar ocho horas al día y llegaba a mi casa lo más bien. Y hasta salía a la noche con mis amigas. Después de los 30 eso es casi imposible. Pero cada edad tiene sus pro y sus contra. A los 35 tenés una madurez que te permite disfrutar de cada instante sobre el escenario. Le sacás el jugo a la coreografía, a cada movimiento, a la música... A los 18 sos mucho más inconsciente. O al menos yo lo era.

¿Qué fue lo más positivo de la exposición pública que te dio participar en el Bailando?
Me abrió un panorama muy amplio en cuanto a la posibilidad de dictar capacitaciones en otras provincias, por ejemplo. Como bailarina me dio la oportunidad de transitar por diferentes ritmos, algunos de los cuales nunca antes había bailado. Eso fue un desafío y me enriqueció.

Con Hernán Piquín ya se conocían de memoria...
Sí, bailo con él desde los 13 años. Una de las razones por las cuales acepté participar en el programa fue porque bailaba con Hernán. La confianza que tenemos es tremenda. Eso me dio tranquilidad y contención.

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