Con más de 36 años de trayectoria artística, el mimo Pascal Pascualo -César Calabrese- se hizo merecedor del Reconocimiento al Mérito Artístico -Ley 6475 de 1987- que otorga la provincia a sus máximas figuras de las artes y la cultura.

Aparte de su significación simbólica, se trata de una muy pequeña "jubilación" en moneda nacional con la que el Estado intenta corresponder a los esfuerzos, casi siempre solitarios, de los artistas salteños. Esforzados trabajadores que le ponen espíritu a una sociedad siempre conmovida por la vida diaria. En este caso el reconocimiento recayó sobre el gran mimo Pascal Pascualo, único en su especie que Salta pudo producir. Sin embargo en la tierra del folklore, el mimo es un arte casi desconocido, por lo que Pascal Pascualo tuvo que emigrar por varios años. A lo largo de ese camino, que lo llevó por nuestro continente, Europa y Asia, el mimo recogió aventuras y anécdotas que son las verdaderas vivencias del artista.

Y aquí Pascal encontró su primer escollo: cómo reunir las memorias de todos esos años de arte. Aparte, su sensibilidad se extiende a la música, a la cerámica, el dibujo, la escultura, la platería, etc. "En realidad, soy un buscador de alegría", define. "Desde los medios de comunicación recibimos noticias como llamaradas del infierno. Y ante eso, ¿qué nos queda sino la alegría? Pasarla bien, reír, bailar, cantar, hacer un fuego en el campo, reunirse con los amigos... En síntesis: amar".

Escuela de aventureros
"¿Cómo aprendí a ser mimo si no hay escuelas de ese arte en Salta? Bueno, pero ¡hay una gran escuela de aventureros! La verdad es que yo siempre fui mimo. Desde la escuela primaria, cuando imitaba los gestos de la maestra y ya los incorporaba. O les decía a los changos que si le echaba nafta a la bici, iba a correr súper fuerte. Esos eran ejercicios de fantasía, que podía compartir con los demás", cuenta. Así, el por entonces adolescente César Calabrese se marchó a estudiar en la Marina, de la que huyó, luego lo reintentó en Aviación Civil, pero "nada me cautivaba".

Hasta que alguien le avisó sobre los cursos de teatro en la Unsa. "Eso me encantó: no falté nunca", dice. Y a los 17 años, convertido ya en "el mimo Pascualo", comienza a trabajar en la calle, ese escenario que lo fascinó desde el principio y que nunca abandonó. "La alegría es una necesidad de todos, pero sobre todo del tipo de la calle. Por eso un pueblo sin cultura es un pueblo muerto", sentencia.

Salta medieval
"Salta era un lugar muy medieval, así que tenía la necesidad de conocer más. Y ahí me fui por 13 años. Llegué hasta Alemania, y me instalé en Fryburg. Me pareció un lugar hermoso, además era el único artista en la calle. Así que me quedé ahí y desde ahí conocí el resto de Europa y el Asia.Trabajé para grandes firmas, en cruceros, a los que a veces llegaba ¡en limousine! Ahora me volví para hacerle compañía a mi madre, que quedó sola. Aquí está bastante más difícil, pero a veces, cuando estoy haciendo una obra, escucho 'esa' risa. Una carcajada que nos salva de todo lo duro que puede ser la vida. Y lo disfruto tanto... que por eso sigo haciendo esto. Ahora sólo quiero trabajar. Y dignamente. Porque me acuerdo que lo primero que se recorta en las crisis son los fondos para la cultura. Y entonces... ¡a llorarle a Cristo!", se ríe.

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