Cuando las estrellas iluminan el cielo y la penumbra quiebra la luz del día, ahí es cuando su corazón empieza a latir con mayor intensidad y su pulso se intensifica. Quienes conocen al "Negro" Oscar Aranda, que por cierto son incontables en el país, saben que este hombre tiene más noche que la luna... quizás el último cantante romántico de los cabarets.

Hoy, su cabeza blanca no es en vano, deja al descubierto el oficio y experiencia de un artista con "lleca" (calle).

Jamás le importó si enfrente tenía un "gil" o un guapo, a todos los conquistó con su increíble voz e inquebrantables códigos.

Siempre se lo vió de "punta en blanco". Cuando las luces del escenario enfocaban su figura, cristalizaban el sinónimo de un verdadero profesional.

En diversas ocasiones cuando tuvo que elegir en su vida, no se complicó, revoleó una moneda "a cara o cruz". Un ser humano que predica humildad, pero que necesitó de un grado de "vanidad" para alcanzar ciertos logros. A sus amigos jamás los sintió su "propiedad privada", todo lo contrario los mantuvo a su lado con "alma, corazón y vida". Alguna vez se alejó de los cabarets sentenciando "procuro olvidarte" pero no ocurrió lo pronosticado, siempre volvió a su primer amor.

Salteño de cuna, también incursionó en el recordado conjunto Las Voces del Huayra.

Creció en el mismo barrio del legendario Daniel Toro. Sus cuerdas vocales despertaron a temprana edad. "Hacíamos un dúo con Daniel, yo tenía 6 años y él ya había cumplido los 8. Íbamos a la escuela Pólvora (Padilla). Nos invitaron al programa El Carrusell de los niños, que conducía Lagomarsino, lo veía toda la familia. Mi papá tocaba la guitarra y cantaba, eso me motivó a iniciarme en esta profesión", comentó.
Casi sin querer se empezó a tejer su historia en la noche salteña. "Un día caminando con Daniel y Mario Barcos (amigo de toda la vida) por la calle La Rioja, yo iba cantando Malagueña, de una casa salió un hombre y nos llamó. Cuando nos acercamos, me dijo que tenía buena voz y me preguntó si quería cantar en su cabaret.

Se trataba del cordobés Humberto Novile, propietario del recordado San Su Sit (La Rioja 111). Le contesté que no tenía ropa para subir a un escenario, yo tenía 14 años. Al otro día me llevó a Casa Modart y me empilchó de pies a cabeza. Mi papá se enojó y me prohibió usar su apellido (Cardozo), pero mi mamá me dijo que actúe con el de ella (Aranda). Alguna veces me escapaba por la ventana de mi casa para ir a cantar al cabaret. Hacía un repertorio con melódicos mexicanos. Fueron dos años de mucho aprendizaje", agregó.

La siguiente experiencia la reflejó en San Pedro de Jujuy. "Allí me quedé cuatro años, con presentaciones todos los días en Macambo y Marabú". Pero los artistas siempre están en continuo riesgo por la tiranía de los tiempos. "Una noche viajando a Orán con mi representante sufrimos un terrible accidente, él falleció a los meses. Estuve internado un buen tiempo, me llevó seis meses para poder recuperarme, fue un milagro seguir con vida".

No esquivó hablar de las drogas. "Era un tabú, los que consumían eran bien reservados. Aparte no buscaban 'quebrar' a las personas que no eran del 'palo'. Hoy, percibo que es una constante tratar de introducir a los chicos en las drogas. Antes, el que andaba en la 'merca' sabía que se hacía daño y no buscaba estropear al otro", sentenció.

Sin dudas otras épocas, la noche de cabaret en Salta era conocida en el país entero. "Hacían cola para entrar. Se traía a los mejores artistas, inclusive de otros países. Existía un gran respeto por las mujeres, no había lieros, concurrían pesados pero eran tranquilos. Se armaban algunos quilombos pero no pasaba a mayores. Tuve una excelente relación con las mujeres, eran mis compañeras de laburo. A mi señora la llevé muchas veces, ella las conocía a todas las chicas".

Aranda también se encargó de diferenciar entre whisquería y cabaret. "En éste último había espectáculo. Las whisquerías eran prostíbulos carpeados. Coincidían en que tenían mujeres coperas, quienes recibían una pulsera por cada trago que invitaba el cliente. Algunas terminaban la noche con los dos brazos repletos de pulseras. Ellas recibían un porcentaje de cada copa".

También vivió la incorporación del travesti al espectáculo. "Acá teníamos a la santafesina Mónica Mayo, muchos hombres pagaban lo que sea por tener sexo".

Desde San Su Sit hasta Barbie, pasando por el 15-14, Tabari, Mombiyú, Ciro, Queen y tantos otros, se deleitaron con la voz de este enorme cantante que aún mantiene intacto su talento. "Tuve vivencias buenas y malas, aunque el saldo es positivo, tengo una familia maravillosa y jamás olvido que el cabaret es el lugar donde la noche pasa sin darnos cuenta", dijo finalmente Oscar Aranda.

Durante catorce años le aportó su talento
a Las Voces del Huayra

Compartió los escenarios con los más grandes folcloristas del país.

Una importante etapa de su carrera artística fue cuando integró el recordado conjunto Las Voces del Huayra, donde se mantuvo por 14 años. Este conjunto tuvo integrantes fundadores como Jorge Cafrune, Gilberto Vaca y Tutú Campos (ambos de Los Cantores del Alba), que luego se encaminaron en otros proyectos musicales.

“Cuando vivía en San Pedro de Jujuy, un día me fue a buscar Luis Adolfo Rodríguez, otro de los iniciadores de este grupo folclórico. A mi me encantaba este género así que no dudé ni un instante en aceptar la oferta, aparte esta agrupación contaba con amplio reconocimiento en todo el país. Debuté en el Festival Latinoamericano que se realizó en Salta en 1964, al lado de la Catedral”, aseguró el cantante.
Durante 10 años vivió en la capital cordobesa, dentro del folclore tenía buena relación con: Horacio Guarany, Carlos Torres Vila, Roberto Rimoldi Fraga, el Chango Nieto, Hernán Figueroa Reyes, Los Tucu Tucu, Los Indios Tacunau, entre otros.

Lógicamente las anécdotas sobran “recuerdo una vez que terminamos una gira por Mendoza, Rimoldi Fraga (yerno del general Agustín Lanusse) me tentó para salir de cabaret. Puse la guitarra en el portaequipajes y salimos rumbo al local La Noche, no me di cuenta que un amigo mío sacó la guitarra antes de arrancar.
Cuando llegamos a destino me faltaba la viola, me quería morir. Rimoldi Fraga al instante hizo las averiguaciones y rápidamente dieron con el culpable, a mi amigo lo llevó la policía. Cuando llegué a la comisaría y ví quien era el responsable, me negué conocerlo, mi amigo se quería largar a llorar. Lo tuvieron dos días en cana, después me quería matar cuando nos encontramos en el hotel”.

Pero en el folclore tuvo una relación especial con Tutú Campos “Era mi gran primo de la vida, me daba placer cantar a dúo, tenía una voz increíble. Lo conocí cuando éramos adolescentes, él trabajaba repartiendo viandas para un negocio que había en calle Lerma entre Tucumán y pasaje Gauna. Era un crak para el fútbol, jugaba de wing izquierdo. Todavía extraño su presencia”, acotó.

Una familia que siempre
permaneció a su lado

Desde hace más de cuatro décadas está casado con Alicia Valero.


Oscar Aranda lleva 43 años de matrimonio con Alicia Valero. De esta amor nacieron Claudio y Verónica. Pero el árbol dio nuevos frutos: Mautaro, Cristiano, Claudio María, Agustina y Ariana, sus nietos. También nombra siempre a su yerno: Carlos Pema.

“Mi mujer fue incondicional, solo tengo palabras de alabanzas para ella. Una vez me desaparecí de mi casa y durante varios meses estuve cantando en el sur del país, sin dar señales de vida. Logré que mi señora me perdonara, desde esa vez juré no alejarme nunca más”, dijo Oscar, quien agregó: “Hoy solo tengo palabras de agradecimiento, me vienen a la cabeza Tito Lazarte, Federico Maldonado, el tombolero Gustavo, y tantos otros, que me bancan a muerte”.




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