En "El laberinto" hay un olor raro para este tiempo, en el que la tecnología se llevó vaya a saber a qué lugar el olor del papel impreso. No hay ahí otra cosa más que material de lectura, en su mayoría viejo o usado. Una casa que huele a cultura general, a secretos del saber, a reserva del conocimiento. Está en España y Pueyrredón, en un sitio que bien puede pasar inadvertido porque tiene una marquesina poco visible y atractiva, y porque está casi oculto detrás de un kiosco muy concurrido.
Es un lugar mágico, atrapante, de esos de los que cuesta salir, como si alguna fuerza invisible retuviera en los escasos 16 metros cuadrados que ocupa. Es que ahí siempre hay algo más para ver, o mejor, para tocar, para tener en las manos, para releer la solapa, para mirar la tapa, para hojear su contenido. En definitiva, para entrar en cuerpo y alma en las páginas de cualquier libro que uno haya estado buscando. Un lugar altamente recomendable para todo bibliófilo o para quien se precie de serlo.
Hay unos 6 mil volúmenes; muchos, en sencillos estantes de madera, sobre la pared, en el medio del espacio, apoyados en las paredes y vidrieras. Hay pilas, más o menos desordenadas de libros escritos en español, pero también en inglés, francés, alemán, sobre psicología, filosofía, antropología, historia argentina, Latinoamericana y Universal, de arte, de cocina, cómics, decoración, novelas, cuentos, colecciones completas e incompletas, autores salteños... De todo, menos libros escolares.
En ese entorno, sentado en una modesta silla, siempre leyendo, se puede ver a Mariano Francisco Estrada, el propietario. Alto, delgado, más bien de pocas palabras y recontada barba canosa, es ferviente amante de los libros "desde siempre", según recordó en una tranquila y prolongada conversación con El Tribuno, para luego comentar que en su casa "ya tenía una biblioteca importante". Estudió algo de Historia y un poco de Abogacía; no terminó ninguna carrera, pero tampoco jamás dejó de leer lo que llegaba a sus manos.
Hace 12 años que Mariano se dedica a comprar, vender y canjear libros; primero en un local en España al 200, y desde hace tres años en España y Pueyrredón.
Contó que la semana pasada vendió una edición de 1870 de "Las aventuras del capitán Hatteras", de Julio Verne, solo para referenciar algunos de los "tesoros" literarios que habitaron su "laberinto".
Cientos de personas se sumergen a diario en ese reducto. Por ahí pasan conocidos y desconocidos en busca de algo especial o para "despuntar el vicio", quizás en busca de algo, quizás "por las dudas que tenga algo nuevo". Y siempre hay "algo nuevo" porque el flujo por el laberinto cultural es incesante. Unos compran, otros venden, canjean o curiosean, pero siempre hay movimiento, y mucho, en el reducto. Porque "por suerte, en Salta esta actividad no se detiene. Físeje que aquí hay por lo menos cinco grandes librerías de las tradicionales que siguen trabajando sin demasiados problemas", comentó entusiasmado Mariano. En referencia a su local, admitió que aunque "ahora hay bastante" siempre le gustaría tener más material. Y cuando él dice eso es inevitable preguntarse ¿adónde lo ubicaría? Porque no se ven espacios libres en ese "laberinto". Igual, es seguro que Mariano ya tiene la solución por si, de repente, una importante cantidad de libros se le presentaran ante sus ojos para que darse allí por lo menos por algún tiempo. Siempre habrá lugar para uno (o unos) más, ciertamente.
"El laberinto" es una experiencia diferente. Para la vista, el olfato, el tacto, para todos sentidos, y una puerta abierta a la imaginación y a las sensaciones y donde, por suerte, los salteños acuden para abrevar en conocimientos de esas cosas de la vida que a cada uno le interesa de modo especial.

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