El humor es un idioma universal. Y de eso sabe mucho César Calabrese, o mejor dicho, Pascal Pacualo, un mimo salteño que recorrió el mundo haciendo reír a grandes y chicos.
Vivió de su arte cómodamente durante 13 años en Alemania, donde hizo base en su ciudad del corazón: Friburgo.
Desde allí Pascal dio rienda suelta a su arte para entrelazarse en esa comunión con el público que solo se genera a través del humor y de la risa sana, sin malicia ni burla.
Además de Sudamérica y Estados Unidos, conoció casi toda Europa y llegó hasta Oriente Medio, en Arabia Saudita. Se puede decir que es un ciudadano del mundo, pero con un especial anclaje en Alemania y, por supuesto, Argentina.
Su vida discurría entre nómade y por momentos sedentaria, cuando en 2001, debido a la enfermedad de su padre, Pascal debió retornar país. Una época caótica de su vida estaba a punto de iniciarse: su padre falleció, todos sus ahorros quedaron atrapados en el "corralito" y, al ser hijo único, debió hacerse cargo de su madre, quien hoy se encuentra muy enferma. El trabajo, en medio de la crisis, comenzó a escasear. "Sigo en Argentina por mi madre. Quisiera seguir viajando por el mundo, recorriendo nuevos lugares", contó Pascal a El Tribuno.
En 1989 dejó Argentina porque en su familia, de raíces italianas, siempre había escuchado hablar de Europa con mucho afecto y la llama de la curiosidad lo empujó a expandir sus horizontes. "Estuve cuando cayó el Muro de Berlín. Fue algo impresionante. Elegí Alemania porque es un país educado y civilizado. A los artistas se los respeta. El europeo es más frío, pero más educado", destacó.
Las esquinas eran su lugar preferido y, de a poco, se fue haciendo conocido, al punto de ser contratado por funcionarios gubernamentales y grandes empresas, como la Mercedez Benz y Roche.
"Acá todavía es muy difícil para los artistas. No se les da el lugar que deben tener en la sociedad, en tanto creadores y educadores", se lamentó Pascal, quien fue metiéndose de lleno desde la adolescencia en el arte de "hablar" sin palabras.
"Soy mimo de alma. Me inspira mucho la risa de la gente. Estamos enfermos de seriedad y lo lúdico es una forma de sanarse".
Acerca de su trabajo, cuenta que hay distintos tipos de público y los más difíciles son los adolescentes y los grupos donde hay solo hombres. "Están muy acartonados, pendientes del 'qué dirán'. En los hombres se evidencia mucho machismo. Ambos son un público muy especial y cuesta trabajo conquistarlos. En cambio, las mujeres son más desestructuradas. La mímica es una conexión casi telepática: si no ponnés atención, no entendés nada. Y si no entendés una mirada, difícilmente se podrá entender las palabras".
Pascal considera que la pantomima un arte que no se agota nunca. "Es como el títere o la música. Y eso es lo bello del arte, que nunca se termina. La pantomima es universal. existió en todas las culturas y ayuda a despertar sentidos que están dormidos. Es un lenguaje que abre caminos", señala este salteño tan especial.
Y reflexiona: "El buen trato es fundamental, al igual que el respeto a los artistas. Esa es una materia pendiente para los latinoamericanos. En podido ver que el Viejo Contienente hay mucha tolerancia y comprensión. Debemos seguir ese ejemplo y nunca permitir que la amabilidad pase de moda", finalizó Pascal Pascualo.



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