Una postal. Albahaca, harina, alcohol, cajas, coplas, bailes, mucho color y gente alegre. Gente que espera la llegada de este tiempo para festivalear con las modalidades de un rito ancestral, acaso el más celebrado por los pueblos actuales: el carnaval.
Ayer se realizó en la pintoresca localidad de La Caldera -30 kilómetros al norte de la capital salteña- el desentierro del Carnaval de Antaño en la carpa de doña María Calisaya de Reynaga, una referente inequívoca de las manifestaciones de la cultura ancestral, y a quien el carnaval la tiene como amiga inseparable desde siempre, desde que nació.
Al mediodía, la carpa especielmente acondicionada en un terreno contiguo al de la vivienda de doña María -con la ayuda del muncipio- albergaba a cientos de comensales que degustaban platos tradicionales. En las mesas se veían empanadas, asado con choclo y queso, locro, humitas, tamales, picante de mondongo, sopa de gallina, anchi, mazamorra, masas dulces y la infaltable especialidad de la casa: cordero guateado y dulce de cayote con nueces.
A las 14 aparecieron en escena las copleras, llegadas desde distintas regiones de la provincia. Cada una dijo lo suyo y luego recorrieron unos pocos metros hasta llegar al mojón donde momentos después se hizo la ceremonia central del desentierro del diablo del carnaval o Pujllay. Un pequeño muñeco similar a un diablito y que simboliza al sol, que para algunos pueblos originarios es el encargado de fecundar a la Tierra (Pachamama).
Mientras las bagualeras se acomodaban en torno al pozo, por otra puerta ingresó la comparsa Civilización Huayra Kallpa, del barrio salteño 20 de Febrero, encabezada por su cacique, Javier López.
Con vistosos atavíos típicos, danza y cantos interminables, la gente de la comparsa "copó" los espacios y también se fue acomodando en torno a la apacheta del Pujllay. Máscaras, plumas, brillos de todos los colores, ritmos acompasados, cajas, cuernos, erke y todo el rito que se conserva en la sangre y es herencia cultural de nuestro pueblo.
Se venía el agua
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Bajo la carpa se desarrollaba el momento central del ritual y afuera nubarrones negros y amenazantes descargaron una lluvia fuerte y un viento intenso. Como si el agua del cielo se hubiera asociado a la fiesta que empezaba. Porque vale mojarse, porque se vive como una especie de bendición que los cubre durante el carnaval y les da protección para el resto del año.
La lluvia había cesado y la carpa ya no soportaba tanta gente y tanto baile. La fiesta ganó la calle y la harina y la albahaca asociadas a la alegría, se mezclaban con la nieve artificial, las serpentinas, la pintura, las máscaras. Ya no importaba mucho quién era quién, sino que eran todos los que llevaban la fiesta adentro. Como si el "diablo" se apoderara de los cuerpos y los uniera en bailes en los que cada uno de los bailarines recupera su identidad solo cuando abandona su vestimenta, para volver ser el mismo de todos los días. Desde el escenario bajaban los sonidos del "fueye" de Carlitos Montoya y su grupo carpero; luego pasaron Los Carperos de Rosario de Lerma; el Grupo Hechizo; Néstor Saavedra y su fueye; Los del Cerro, Los Súper Chavos y Destello Tropical. Los muchachos y las chicas de la comparsa Civilización Huayra Callpa, padrinos de la ceremonia, incansables y compenetrados con la celebración, no pararon de moverse ni de cantar, ni de animar al resto.
Las copleras se sumaron de a ratos a la fiesta, en medio de hombres y mujeres de todas las edades, "enfiestados" por la llegada del carnaval, y felices porque otro año, la carpa de doña María los cobijó y les permitió revivir el rito del verano, ese que se alimenta de las lluvias de enero y febrero, y de la inmortal creencia popular.
Doña María, sus hijos y nietos, y los amigos de siempre, cumplían otra vez la promesa de desenterrar a ese diablito que los pasea por el insondable mundo carnestolendo y los devuelve al corazón de la Pacha.

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