Elena Bossi nació en Buenos Aires y vive en Jujuy desde 1980. Es doctora en Letras, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Jujuy. Su novela "Otro lugar" (El Copista, 2008) recibió el premio Eduardo Mallea de narrativa de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Entre otras obras escribió "Nino cae" (Lamás Médula, 2016); "Los otros" (UNL, 2011); "Amigas" (en colaboración con Penélope Todd y Rosa Mira Books, Nueva Zelanda, 2010); y "Leer poesía, leer la muerte", (Beatriz Viterbo, Premio Fondo Nacional de las Artes de Ensayo, 2000). Fue becaria del Programa Internacional de Escritores en la Universidad de Iowa (Estados Unidos, 2007), de la Fundación Valparaíso para artistas (Almería, España, 2012) y de la Fundación Heinrich & Jane Ledig-Rowohlt. De visita en Salta, dará un taller de narrativa hoy, de 19 a 21, y mañana, de 16 a 19. La actividad se realizará en la Biblioteca Provincial (Sarmiento y Belgrano) y tiene un módico arancel.
"La literatura es mi vida desde antes de saber leer y escribir. Mi abuela me contaba muchos cuentos y yo imitaba las S y las M en un papel y me armaba la historia en la cabeza y luego me daba una desilusión tremenda de que mis padres ni mis amigas pudieran leer lo que yo había armado. A los 8 años mi abuela me trajo una máquina de escribir de juguete que solo tipeaba en mayúsculas y con la que escribí hasta que mi papá me regaló una Remington cuando entré en la facultad", cuenta Elena por teléfono a El Tribuno, a la orilla de la ruta 34, detenida en algún punto entre Jujuy y Salta. Las heroínas de sus relatos primigenios eran Annie Oakley y su maestra de grado. "Escribía un poco mezclado entre lo que escuchaba, lo que leía y lo que veía en la tele", recuerda. Coleccionista de ediciones de "Alicia en el País de las Maravillas", de Lewis Carroll, dice que a pesar de sus incursiones en librerías de textos usados aún no halló "La niña de los cuentos", de Lucy Maud Montgomery. Este era el título 92° de las 227 obras originales de la colección Robin Hood, editada en los años 50 por Acme Agency de Modesto Ederra. "En él, chicos se reunían a contarse cuentos y hacían cosas raras como combinar leche con pepinos para tener sueños más locos. A mí eso me parecía genial", relata. A pesar de que solo debe revisitar su infancia para hallar una escena que le dé sentido a su vocación y, por qué no, a su vida entera, Elena dice que se sintió escritora cuando durante su estancia en EEUU escritores de todo el mundo escuchaban sus producciones en un inglés desmañado y le decían que "les pasado algo". También por la palabra de aliento de la escritora argentina Liliana Heker, a cuya clínica asistió cuando tuvo problemas con una obra. Por experiencia propia, entonces, las ideas del escritor prosperan a partir del intercambio.

¿Existe una pedagogía capaz de convertir a alguien con buen manejo del idioma en un escritor de narrativa?

Existen técnicas, algunos conocimientos que ayudan. Así como se aprende a bailar, a cantar, a interpretar un instrumento, a pintar, a esculpir, se aprende a escribir. Después, cada uno pone su talento. No se discute que una pintora curse estudios en artes visuales o que un bailarín aprenda danza; pero, por alguna razón extraña, en la Argentina no se contemplaron estudios equivalentes para quienes desean ser escritores. La carrera de Letras no considera esa práctica. Recién ahora se creó una maestría en escritura creativa en la Universidad Tres de Febrero.

¿Cuál es la motivación que declaran quienes asisten a sus talleres literarios: una forma de resistencia cultural, una actividad puramente literaria, la cocina de la que saldrá una obra para concursar?

El arte, así como cualquier oficio, requiere una guía. No importa la experiencia que se tenga. Una obra nueva presenta problemas que, a veces, no podemos ver bien cuando estamos demasiado cerca del texto. La mirada exterior ayuda. A veces se busca esa orientación; otras veces, un modo de reflexión sobre la propia actividad. Se puede estudiar cualquier arte en las academias, todas las que enumeré antes y muchas más: cine, fotografía; pero la escritura solo comienza ahora, en nuestro país, a tener espacios universitarios para su estudio en tanto póiesis. Es lógico que quienes se dedican a escribir deseen saber más, hacerlo mejor, discutir acerca de sus necesidades y experiencias, compartir impresiones.

Según declaró una vez Abelardo Castillo: "En la selección entre los aspirantes, solo me quedo con los que siento que potencialmente son escritores. Y los trato como pares, tanto que suelo someter mis propios textos a la discusión del taller". ¿Es esta parte de la riqueza que se lleva un tallerista de sus alumnos?

Solo se crece y se aprende en el grupo heterogéneo. Conocer a los escritores, ver qué y cómo escriben, escuchar sus reflexiones son experiencias maravillosas que me ayudan a entender mejor mi propio oficio.

¿La propia experiencia con los grandes escritores y vivenciar el vínculo natural que estos tienen con el lenguaje contribuye a la formación del que esencialmente ya es escritor? ¿Se puede leer a ciertos escritores por que tienen buen manejo del ritmo narrativo, a otros por que construyen diálogos prodigiosos, a otros más por que describen en detalle hasta crear at mósferas palpables?

Aprendemos mucho al leer, así como se miran las obras de arte para aprender a pintar (incluso se copian para descubrir sus secretos). Se estudian los recursos, el modo de trabajo, se reflexiona sobre los diferentes puntos de vista y los estilos. Igual que los pintores que estudian a los grandes maestros y van construyendo su propio estilo. Me parece que en la escritura auténtica se busca un lenguaje particular y eso siempre es propio, original en el sentido de personal. Habrá creadores más o menos honestos consigo mismos. Eso ya no lo garantiza el estudio. Borges, por ejemplo, copiaba líneas de otros autores, repetía historias y, sin embargo, nadie duda de que su estilo es auténtico.

Los talleres suponen el ejercicio de una humildad en acción que luego se ejercitará en las correcciones. ¿Cuesta tamaña renuncia?

Me parece que no solo el taller, cualquier trabajo artístico ejercita la humildad. Primero porque siempre fracasamos: el resultado nunca es el soñado y a pesar de eso seguimos adelante. Además, si pensáramos que somos Flannery O'Connor, no escribiríamos una línea. Se parte de la idea de hacer lo mejor dentro de nuestras posibilidades, siempre limitadas.
Aceptar la lectura del otro, otra mirada, parece ser el único modo de asegurarnos un crecimiento. Escribir es corregir y esa es la parte más gratificante de la escritura. Allí, donde nos miramos desde otro lado y nos descubrimos. Pero para adquirir esa distancia hace falta un ejercicio de generosidad, de olvidarse de uno mismo.

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