Es innegable el poder que los jóvenes artistas vuelcan en pos de alcanzar sus sueños. El Tribuno compartió un ensayo con la academia de danzas Eleven, a días del espectáculo "Divinity", que se presentará el próximo domingo, a las 21.30, en el Teatro del Huerto (Pueyrredón 175). Más allá de la energía desbordante, del colorido y del vértigo de las coreografías de ritmos latinos, se percibe que los bailarines están exultantes y los motivos los comparten ellos. "Siento que esto más que una academia, es una familia. Somos muy unidos", contó Micaela Muñoz (20), una de las alumnas "fundacionales" de "Eleven" y estudiante de la carrera de contador público. La academia tiene tres años y fue creada por Juan Escandel y Javier Castro, quienes buscan para sus alumnos un apoyo y una formación integrales que ellos dicen no haber recibido cuando formaban parte de otros cuerpos de baile. Juan Escandel definió que ambos parten de la convicción de que cada alumno debe confiar en sus capacidades y desarrollar sus potencialidades, independientemente de la figura con que le haya tocado nacer y de los obstáculos económicos. El grupo entrena en las instalaciones de un gimnasio céntrico los fines de semana, ocasión muy esperada por los integrantes, que se dedican a diario al trabajo o a los estudios superiores. "Tengo una rutina bastante estresante durante la semana y no veo la hora de venir a bailar aquí. Los lunes mis alumnos notan el cambio y me preguntan: 'Profe, ¿qué hace el fin de semana?'", relató Luciana Zurita (29), profesora de Lengua y Literatura. Santiago Sanaverón (20), estudiante de Ingeniería Civil; Micaela González (18), alumna de Higiene y Seguridad; y Gabriela Farfán (24), estudiante de Instrumentación Quirúrgica; comparten un origen común: el folclore, y ahora están inmersos en los ritmos latinos. "La base de folclore me sirvió para mover los brazos y para los giros. Este es el segundo teatro que haré para Eleven, y aunque siento adrenalina y miedo, sé que cuando estoy sobre el escenario me olvido de todo", describió Micaela. Para Gabriela las coreografías grupales resultan en meros conglomerados, si falla la transmisión. "Me gustan todos los ritmos, aunque algunos me cuestan y el tema pasa por sentirlos para poder transmitirlos", señaló.

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Tatiana Velázquez (17), estudiante del secundario, contó que salía en el corso. "No tenía la oportunidad de bailar. Luego empezó mi hermana y me preparó el camino. Este es mi sueño y cuando salgo al escenario siento que tanto esfuerzo vale la pena". Wilson Flores (26), quien trabaja en una empresa de envasado y distribución de carbón vegetal y estudia para maestro mayor de obras, dejó este año el Movimiento Juvenil Palestra. "Sacrifiqué eso para bailar porque no quiero cuando tenga más de cincuenta años estar preguntándome qué hubiera sido si me dedicaba a la danza", expresó.
Gabriel Perea (33) trabaja en Gestión de Calidad y también se está dando una chance en el mundo artístico. "A mi edad es un poco más difícil, pero es un entrenamiento cotidiano y un aprendizaje integral", contó.
Gisel Alincastro (19), estudiante de la Tecnicatura en Laboratorio, analizó el crecimiento que alcanzó en esta academia. "Antes no tenía elongación ni postura de bailarina, no miraba hacia el frente cuando bailaba. Me gustaría dedicar mi vida a esto, pero me falta mucho aún", reconoció.
"Ellos acá se divierten mucho. Nos juntamos para festejar los cumpleaños y el Día del Amigo, y todas las emociones nos sirven para la danza. Acá hay tensión que se acumula y en algún momento tiene que salir, pero lo bueno es que salga de manera controlada y solo se libere a través del baile", reflexionó el profesor Javier Castro. Añadió que aunque Eleven es una academia incipiente, requiere mucha dedicación. Fuera de los ensayos los chicos cosen y bordan sus propios trajes. A él y Juan Escandel les toca el proceso de llevar cada espectáculo a escena. "Nos sentamos a pensar en qué más podríamos hacer y viajamos con la imaginación para encenderle la luz a cada uno y que salga a brillar", dijo. La divinidad. En cada gesto, en cada movimiento, el bailarín parece incorporar para sí el poder de lo ilimitado. Junto con la liberación y la descarga la danza le permite la expresión de su experiencia y de su sentir en el mundo. Y justamente "Divinity" es el elocuente nombre de este espectáculo.

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