Fernanda Agüero es escritora y desde hace un puñado de años descubrió el placer de contar historias simples destinadas a lectores pequeños, siempre predispuestos al asombro. Su libro de cuentos La lúnula de Caléndula ganó el primer premio en categoría Infanto juvenil en el Concurso Literario Provincial 2015. El libro es una sucesión de relatos encadenados, matizados por juegos lingüísticos y chispazos de humor. Por sus páginas se desplaza "un personaje que vive en una casa verde y se pasa los días inventando palabras y rimas y es tan fuerte que sus letanías llegan a oídos de un trashumante que sueña con conocer un lugar donde la gente tenga por costumbre inventar palabras". Una invitación a mágicos encuentros.
Fernanda Agüero obtuvo también el Premio Accesit en categoría cuentos en 2013, y el primer premio en poesía en 2014. La lúnula de Caléndula estará próximamente a la venta en librerías salteñas.

¿Cómo te diste cuenta de que eras buena para escribir para niños?
En realidad una no sabe si es buena, lo que sí sabe es que tiene ganas de escribir para los chicos y eso está relacionado con las actividades que una desarrolla, con los intereses y con la sensibilidad. Hace seis años que hago animación lectora y tuve la oportunidad de trabajar en muchísimas localidades del interior de Salta, en pequeños pueblitos donde los chicos me decían agradecidos: "Nunca nadie me leyó un cuento". Eso me conmovió profundamente. Ahí descubrí que me apasionaba leer al otro, conectarme afectivamente a través de una historia. Además, leí obras de muchos escritores para niños y quedé muy motivada.

En La lúnula de Caléndula se destaca la idea de que las palabras pueden darle a las personas un gran margen de libertad y creatividad...
Estoy convencida que la palabra nos construye: somos, sentimos, nos realizamos a través de las palabras y mi mundo en particular está sostenido por eso, desde muy chica. El que escribe hace lo que quiere con las palabras: las lleva, las acomoda, las transforma, como un mago o como un demiurgo. En este libro las palabras no solo cuentan una historia sino que tienen una entidad sublime, van más allá, se reinventan, cuentan a través de rimas, del humor. Quizás el hecho de escribir para chicos otorgue un margen más amplio de libertad y de goce. De todas formas soy una lectora permanente y me doy cuenta cómo una sola palabra puede construir o destruir el mundo. Lo veo diariamente en las noticias. En el caso de mi libro, fue maravilloso escribirlo: un juego en el que puse mis sentimientos y donde me instalé yo misma como "contadora" de historias que nacieron de mí.

Al escribir para niños se puede abordar dos registros: el realista y el fantástico. ¿Qué preferís y por qué?
Creo que mi libro tiene un poco de los dos: cuento historias de chicos comunes que pueden salir de lo cotidiano justamente a través de lo fantástico. Un personaje que vive en una casa verde y se pasa los días inventando palabras y rimas y es tan fuerte que sus letanías llegan a oídos de un trashumante que sueña con conocer un lugar donde la gente tenga por costumbre inventar palabras. Se parece a la creación de las coplas que van de boca en boca y todos las recitan, les aumentan palabras y llegan a oídos de personas deseosas de conocer estas tierras y sus creadores. Eso es lo fantástico: la difusión, el poder inmenso de las palabras de volar, de ser vínculo entre diferentes mundos.

¿Pensás que para que un niño lea es vital el ejemplo de adultos leyendo en casa?
Totalmente. La lectura es un hábito y como tal se aprende. Los adultos debemos tener en claro que esta responsabilidad no es solo de la escuela. Una abuela, un docente o un papá que lee a los más chicos es un poderoso mediador de lectura y le está abriendo al niño las puertas de un mundo maravilloso. La lectura otorga conocimiento, promueve la participación, aviva los sentimientos. Siempre digo que leer para otro es un acto de amor. Por suerte hubo muchos programas desde Nación en estos años sobre el fomento de la lectura. Se donaron libros a las escuelas públicas, se hicieron maratones de lectura, se alentó el hábito todo el tiempo. Lo que hace Mempo Giardinelli en Chaco, por dar un ejemplo, es increíble. Esa provincia es lectora gracias al trabajo constante de este escritor.

¿Cuál creés que es el desafío para un maestro, un padre, una madre, en relación con la lectura de los chicos?
Como te decía, los adultos son fundamentales. Volviendo a Mempo, él creó un grupo de abuelas cuentacuentos en Chaco y tuvieron un trabajo tan importante que recibieron un premio internacional. Yo dicté talleres de fomento de la lectura en muchas escuelas de Salta y las maestras comprendieron perfectamente el papel crucial que tienen. No es nada del otro mundo. Alcanza con tener voluntad para dedicarle unos minutos semanales a la lectura. Lo mismo pasa con los papás.

¿Considerás que hay algo de lo que no se pueda hablar cuando se escribe para niños?
Siempre decimos entre escritores que hay palabras que son un poco difíciles de insertar en un poema. Hacerlo requiere de oficio y maestría. Lo mismo ocurre con algunos temas en la literatura infantil. Se pueden encarar temáticas dolorosas como la separación de los padres, la miseria o la muerte siempre y cuando se desarrollen con delicadeza. En este libro trato el tema de la muerte. Cuando llegué al punto en que el personaje tenía que partir me planteé la disyuntiva: no quería hacerlo trágico pero debía escribir que se moría, sin más. Y así salió, con simpleza.

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