Un día, Juancito se acercó a la cama donde el cáncer hacía estragos con Yuyo Montes. El niño lo saludó como a un tío entrañable y en un abrazo le susurró su cariño. El 8 de enero último, la enfermedad se llevó al hombre mayor, pero quedó su sello inequívoco de compositor, uno de los más importantes entre los tantos enormes que ha dado Salta.
Yuyo escribió hasta con el último aliento; quizás una de las últimas creaciones sea la que ahora se conoce como chacarera, especialmente dedicada a aquel pequeño de 8 años. Juanangel se llama la composición que desde el año pasado es parte de "Pa'mi gente", el último disco grabado por el papá de Juancito, Oscar Chaqueño Palavecino.
El Chaqueño lleva más de dos décadas convocando multitudes en escenarios de acá y de todas partes; más de 70 de los temas que siempre canta con el coro de las multitudes son creaciones de Yuyo Montes.
Y fue por una apuesta más fuerte, más desde la emoción, seguramente: homenajear a su amigo que ya no está, con un videoclip guionado con la letra de Juanangel.
Todo transcurre un caluroso y húmedo mediodía de la semana pasada en la finca del Chaqueño, en Rosario de Lerma. Una galería de la casa convertida en set de filmación, con Martín Aibar como director de cámaras y guión; Alejandro Arroz, responsable de la iluminación y Cristian Arias asistente, y varios colaboradores. Enfrente de ellos, a pocos metros, el hombre con su conocido atavío campero, en el que destacan el sombrero de fieltro, botas y bombachas y chaleco de cuero.
A la voz de ¡Vamos!,
el gaucho cantor arranca la chacarera diciendo "Con solo tener 8 años, mi hijito la tiene clara..." , y sigue con "...el amor de padre a un hijo tallado en una vidala".
El cuadro termina cuando Juancito se acerca a su papá y lo sorprende con un dibujo donde muestra "el caballito con alas" con el que sueña el niño, según la letra de la chacarera escrita por Montes.
Martín y Alejandro, experimentados y cuidadosos hasta el último detalle, piden que la escena se repita una y otra vez, hasta que quedó como pretendían, aunque tuvieron que llevar al niño hasta el límite de su paciencia.
El cantor, en cambio, ya acostumbrado a las luces escénicas, solo dejaba que le corrigieran el maquillaje y volvía una y otra vez.
Para Juancito, la filmación fue más distendida después, cuando el escenario fue el campo. Él mismo ensilló su caballito, lo montó como un jinete avezado y "actuó" como si estuviera jugando, como lo hace en la rutina de la vida diaria, sin cámaras que lo incomoden.
Las nubes de esa calurosa siesta apuraron el trabajo de técnicos y protagonistas, pero todo se pudo concluir conforme al mejor criterio y a las pautas fijadas. Porque la vida de unos y otros continúa; el artista con sus compromisos y los cineastas con sus trabajos.
La fantasía que imaginó Montes ya quedó grabada. Juancito y su papá la representaron y, en pocos días más, la tecnología la reproducirá tan lejos como la lleven las alas del caballito del pequeño Juan.
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