El hombre de 73 años que atiende el teléfono en Buenos Aires tiene la misma reflexiva cadencia de su poesía. Santiago Sylvester conserva los modismos y el pretérito perfecto de su Salta natal aunque la mayor parte de sus días empiezan y terminan en la vertiginosa ciudad del puerto. Desde el otro lado de la línea cuenta que mañana, a las 18.30, en el Palacio Errázuriz de la CABA, se hará un acto para oficializar su incorporación a la Academia Argentina de Letras (AAL) como miembro de número. Su designación para ocupar el sillón Olegario Víctor Andrade (que fuera ocupado la primera vez por otro salteño: Juan Carlos Dávalos) se concretó en octubre del año pasado y Sylvester viene participando desde entonces de todas las sesiones, pero mañana se hará su recepción pública en la institución.
Con menos estridencia que otras voces y apartado de los encantos superfluos, Sylvester ha madurado un pulso poético que remite directamente a la consistencia, a la singularidad, a la perplejidad y a la depuración de la frase.
Sylvester es el autor, entre otros libros, de Los casos particulares (Ediciones del Dock, 2014), El reloj biológico (2007), Perro de laboratorio (2ª edición, 2008), El punto más lejano (2011) y -en prosa- La prima carnal (1987). Su rica trayectoria lo posiciona hoy como el quinto salteño llamado a ocupar un sillón de académico de número en la AAL. Lo precedieron Juan Carlos Dávalos, Joaquín Castellanos, Carlos Ibarguren y José Edmundo Clemente.
Para ser designado académico de número en la prestigiosa institución se requiere "haberse distinguido especialmente en el cultivo de las letras o en estudios relacionados con nuestro idioma". Es un cargo vitalicio que exige, además, tener residencia fija en Buenos Aires. "A nuestro trabajo se suma el de los miembros correspondientes que se designan en cada provincia. En el caso de Salta, ocupa este cargo desde hace mucho tiempo Susana Martorell de Laconi. También eran miembros correspondientes Carlos Hugo Aparicio y Raúl Aráoz Anzoátegui", destacó Santiago Sylvester.
Acerca de su tarea como académico de número en la AAL, aclaró: "Las academias no tienen una tarea normativa, lo que hacen es revisar lo que está ocurriendo con la lengua, poniendo especial atención en las modificaciones. No estamos diciendo todo el tiempo lo que está bien y lo que está mal; quién es mariposa y quién es pirpinto...".
"Además, hay comisiones referidas a la lengua y a la literatura. Yo estoy trabajando con literatura regional, que es lo que más conozco", agregó.
¿Cuándo y cómo supo que la poesía era su propósito o su destino?
Más o menos a los 16 años me di cuenta de que a la poesía la iba a tener que llevar siempre al hombro. En el último año del Bachillerato Humanista empecé a darme cuenta de que la cosa venía en serio. No digo que escribía bien, pero mi entusiasmo pasaba por la letra escrita, por decirlo así. Lo que escribía eran experiencias ajenas con lenguaje ajeno, pero el fervor mío pasaba por el hecho de escribir.
Joaquín Giannuzzi decía que la obligación de un poeta no es servir a una causa desde una ideología determinada, sino ser consciente de qué sueños y pesadillas están hablando en él, en nombre de sus contemporáneos. ¿Lo siente así?
Para mí, opinar en términos ideológicos a través de la poesía no es una obligación explícita. Yo creo que la ideología sale igual cuando damos un punto de vista sobre la sociedad, la justicia o la injusticia... No creo que querer cambiar el mundo en ese sentido sea la primer tarea de un poeta. El poeta no se acaba en la escritura del poema. Puede tener otras actividades como estar afiliado a un partido político o ser hincha de un club de fútbol.
En la parábola que traza su obra desde el primer libro al más reciente, ¿vislumbra cambios en su visión del mundo o en su relación con el trabajo poético?
Sí. Yo podría decir que he sido inútilmente precoz. Yo he publicado libros cuando estaba haciendo el servicio militar. Tenía 20 años. En esa época era más nerudiano que otra cosa. Además, tenía mucha influencia del grupo de La Carpa. Era un canto de celebración de la naturaleza, del mito de las tareas rurales... Eso estaba en el aire en el momento en que empecé a formarme. Pasado el tiempo, cuando comencé a leer otras cosas y a tomar más conciencia, eso cambió. No me voy a poner a discutir con el chango que yo era, pero esa obra no me representa. Después de los 25 años empecé a escribir de otra manera, con más responsabilidad, más sentido. La poesía mía ya no tiene que ver con lo celebratorio; es más reflexiva. Los temas son generales. En ese sentido, tiene mucha razón Giannuzzi. Las obsesiones de cada uno tienen que ver con la forma en que estamos instalados en la contemporaneidad. En alguna época parecía que uno no era poeta de Salta si en la obra no aparecía la palabra "guardamonte". Y yo digo: ¿cuántas veces en su vida usted ha usado uno? Yo tengo un libro dedicado a los cafés. Y me pregunto: ¿en Salta no hay cafés? En el primer caso estamos apelando a un universo que nos pertenece míticamente. Lo mítico también tiene importancia y funciona, pero yo más bien tengo una propensión a la realidad más concreta. Mi realidad pasa por los cafés más que por el guardamonte.
Usted le ha dedicado tiempo a la tarea de estudiar y de ser antólogo de poetas más jóvenes. ¿Con qué vara mide esas obras?
Cuando uno lee la obra de un poeta joven siempre hay algo de adivinanza y de apuesta. Pasados diez años, esa apuesta se cumple o no. En la antología que hice aposté por treinta poetas y con muchos de ellos realmente he acertado. Hay algunos que están dando ya obras de madurez y siguen trabajando con fervor. En la madurez del escritor se empieza a distinguir lo que es propio de lo que es ajeno. Llega un momento en que usted tiene que tener un catálogo de temas, de palabras y de obsesiones más o menos propias, además de eso que llamamos estilo. Todo termina cuajando. Hay muchos poetas, incluso de mi generación, que se han quedado en promesas.

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