Invitado a recordar qué personas o hechos particulares de su infancia o juventud lo llevaron a dedicarle casi toda su vida a la cultura y el arte, Agustín Usandivaras se detiene en dos secuencias: las charlas con su madre, una mujer inquieta y curiosa que siempre lo incentivó a leer, y las horas compartidas con su tío Ángel, escuchando óperas a todo volumen en la fiel sintonía de Radio Nacional. Aquel interés incipiente por la literatura y la música se amplificó luego, con el correr de los años y la complicidad del destino, que lo llevó a conocer centenares de teatros, museos y bibliotecas del mundo. E incluso, a desarrollar durante muchos años de su vida tareas vinculadas al ámbito cultural. Entre ellas se destaca su paso por la presidencia de Pro Cultura Salta, cargo que hoy deja luego de 17 años de gestión.

Agustín Usandivaras tomó el timón de la entidad en 1998, cuando Pro Cultura ya llevaba más de veinte años acompañando y difundiendo el arte en todas sus manifestaciones. Con el paso del tiempo y el cambio de colores políticos, Usandivaras considera hoy que Pro Cultura cumplió con creces sus objetivos de desarrollo, difusión y promoción del arte.

La entidad fue fundada en 1976 gracias a la inquietud de un grupo de reconocidas personalidades de Salta convocadas por Benito Crivelli. El objetivo: materializar la fuerte demanda cultural existente en Salta.
A Agustín Usandivaras esas búsquedas siempre le resultaron familiares. En la adolescencia, cuando se hacía "la yuta" para ir a leer a la Biblioteca Provincial; en la juventud, en Córdoba, cuando aceptó trabajar ad honorem en una radio como columnista de ópera a cambio de un pase para poder disfrutar los espectáculos aunque sea del "gallinero"; y más adelante, en Roma, cuando era un privilegio mezclarle los colores al maestro Cruciani en un taller de restauración de arte.

Agustín Usandivaras es el mayor de tres hermanos. Su padre era un hombre de campo, "pero no tenía una posición acomodada -aclara-. Mi familia tuvo su período de vacas gordas, pero a mí me tocó la época de los terneros flacos".

Con las limitaciones del caso, cuando terminó la escuela secundaria se fue a estudiar a Córdoba: "Dos carreras que al final no terminé. Comencé con Derecho, pero me decepcioné bastante y me pasé a Arquitectura", contó.

En el transcurso de esta segunda carrera y cuando ya comenzaba a sentirse la efervescencia del Cordobazo, se ganó una beca y se fue a Europa.
"En Córdoba descubrí un mundo cultural muy rico. Tuve profesores brillantes, como el arquitecto Raúl Bulgheroni. Él nos enseñó a descubrir la belleza, la armonía, las proporciones. Si bien ya estaba politizada la universidad, había excelencia académica. En Córdoba comencé a frecuentar los museos, pinacotecas privadas, colecciones de imaginería, el cine arte, los conciertos de la sinfónica... Todo eso me fue marcando a fuego", repasó.

De la amplia oferta cultural de aquellos años en "la Docta", la música lírica fue uno de sus espectáculos predilectos. "La primera ópera que vi en Córdoba fue Cavallería rusticana y Pagliacci. Me impactó tanto que me propuse ir todas las veces posible. Iba al gallinero con un grupo de amigos porque no teníamos plata para ir al paraíso. Además estaban la comedia cordobesa y el ballet", contó.
Su asistencia casi perfecta a los espectáculos de ópera no pasó desapercibida para un grupo de personas que trabajaban en una radio local llamada La Voz de la Libertad: "Me invitaron a hacer una columna sobre ópera. Gracias a eso logré tener acceso gratuito a muchos espectáculos. Para mí fue como tocar el cielo con las manos".

¿Y cómo fue que te fuiste a Europa?
Me presenté para una beca de restauración en mármol en Italia. La gané no porque tuviera práctica en la materia, sino por mis antecedentes. Era por ocho meses y me quedé dos años. En Roma hice un taller de restauración en pintura con el maestro Cruciani. Luego vino la crisis italiana del 75 y me fui a Sevilla, donde me quedé tres años. Me dediqué a dibujar y a pintar. Las obras tuvieron buena aceptación, pero yo me di cuenta de que nunca iba a ser un Picasso así que preferí dejar los pinceles y encauzar todo mi amor al arte por el lado de la gestión. Mi etapa de formación en Europa fue muy fuerte.
Después volví a Argentina y, por circunstancias familiares, me quedé. Puse una casa de decoración y traje a grandes pintores como Remo Bianchedi y Pablo González Padilla. Ese fue el origen de una colección de arte que aún hoy atesoro.

¿Cómo llegás a Pro Cultura?
En ese momento ya había empezado a funcionar Pro Cultura como una organización privada sin fines de lucro gracias a la inquietud de un grupo de reconocidas personalidades de Salta, convocadas por Benito Crivelli. Yo era un asiduo asistente. En 1994, Juan Carlos Romero, que se estaba postulando como gobernador, me propuso encarar algunos proyectos culturales en Salta. Trabajamos en esta senda hasta que en 1998 me ofrecieron hacerme cargo de la presidencia de Pro Cultura, que ya tenía como nave insignia el Abril Cultural.

¿Fue modificándose tu percepción de lo que es el trabajo de gestión cultural a lo largo de los años?
Sí, evidentemente. Mi perspectiva cambió primero por influencia de ciertas personas y, luego, por el auge de internet. Hay un antes y un después de internet. Salta, que era una aldea, pasó a ser un gran referente cultural dentro del país. Esto, gracias a una política cultural encarada desde el Estado en los 90, con el aporte de entidades como Pro Cultura. Por ejemplo, la profesora Carmen Martorell fue quien le propuso a Juan Carlos Romero hacer los Salones Nacionales, que fueron muy exitosos. Era un trabajo mancomunado entre la Provincia y empresas locales. Es muy importante lograr este compromiso de parte del sector empresarial.

Vargas Llosa dice que el Estado no debe intervenir en cuestiones culturales ¿Qué opinás al respecto?
Yo creo que sí debe involucrarse, pero no debe bajar línea. Debe poner toda la estructura estatal “al servicio de...”. Cuando se encara una gestión cultural en serio, con la creación de museos, de una orquesta, un ballet... evidentemente hay una posición muy firme al respecto, pero el Estado no debe usufructuar de esos espacios.

¿A qué le llamás “bajar línea”?
Me refiero a que el Estado no puede condicionar. Por ejemplo, yo puedo tener mis principios religiosos pero no puedo censurar una muestra de León Ferrari porque una obra suya me parezca blasfema. Tampoco se pueden hacer obras culturales imponentes pero con una concepción faraónica, es decir, para ensalzar permanentemente a un mandatario.

¿Y que los espectáculos sean gratuitos te parece positivo?
Es relativo. A un músico hay que valorarlo. Por más que le pague el Estado, el músico necesita saber que la gente que asiste a su concierto o recital no va solo porque es gratis, sino porque lo aprecia y lo valora. Creo que hay que fijar aunque sea un precio mínimo.

¿Cuál sería la manera entonces de generar cultura e inclusión?
El objetivo es lograr que la gente vaya a ver los espectáculos, muestras, etc. Pero con el ingreso gratuito a veces no se consigue eso. Muchas veces el efecto es contraproducente. Es una gran discusión. Si se decide hacer un espectáculo gratuito debe haber una tarea previa de convencimiento para que la gente vaya. Hacer gestión cultural es fijarse en todos los detalles.

¿Cuál es el último espectáculo al que fuiste?
La Traviata que se presentó días pasados en el Teatro Provincial. Creo que es positivo que se genere este tipo de espectáculos con producción local. Pero creo también que hay que aprender de los errores para pulir la propuesta. La virtud de una ópera está en la efectividad de la puesta en escena.

Si tuvieras la posibilidad hoy de introducir un par de cambios en política cultural en Salta, ¿cuáles serían?
Me enfocaría más en que la gente “aprenda a ver y a escuchar”. La manera más efectiva sigue siendo llevar las propuestas artísticas a los barrios. A este tipo de iniciativas hay que incentivarlas. También es fundamental, por ejemplo, que los museos tengan permanentemente propuestas didácticas, para enriquecer las lecturas del espectador. Hay que reconocer el trabajo que en ese sentido se lleva a cabo actualmente en la provincia. Hay que potenciar lo que está bien y corregir lo que está mal.

¿Opinás que cultura hegemónica y cultura popular pueden coexistir sin desplazarse?
Precisamente, la efectividad de la gestión cultural radica en lograr que ambas se entramen. Por ejemplo, yo soy un admirador de muchos muralistas que en estos últimos años han plasmado sus trabajos en las paredes de la ciudad. Algunas me parecen obras de alto contenido. La gente se detiene a ver y a fotografiar los murales pero no como un hecho anecdótico: se los valora como hecho artístico. Estamos viviendo un momento de cambios vertiginosos. Nuestro presente, atravesado por internet, es equivalente al convulsionado mundo del Renacimiento. Son momentos de eclosión pero por una cuestión de perspectiva histórica para nosotros los cambios son naturales. Vivimos un presente acelerado y hay que generar espacios para todas las propuestas culturales. La gente tiene que tener posibilidad de mostrar lo que hace.

Proyectos de ahora en más...
Seguir con proyectos culturales, pero bajando un cambio -por prescripción médica-. También me gustaría dedicale más tiempo a la fotografía, que es una de mis pasiones. Y por último hacer un repaso introspectivo de mi vida. Creo que a esta altura me lo debo.


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