Ernesto Sábato (1911-2011), pese a mantener siempre sus críticas al peronismo, revisó su posición, como lo muestra en El otro rostro del peronismo (1956) y en numerosas declaraciones y entrevistas. Relata, por ejemplo, que en Salta, en la sala de unos amigos conservadores, se brindaba por la caída de Perón la noche del 16 de junio de 1955, mientras en la cocina, el personal de servicio lloraba por el líder. En su escritura, a la inversa de Borges, fue capaz de comprender la tensión ideológica de la Argentina como lo testimonia uno de sus textos primordiales, la novela Sobre héroes y tumbas (1961).
Sábato es uno de los pocos novelistas argentinos que narra la quema de las iglesias, la noche del 16 de junio de 1955, acto en represalia a los terribles bombardeos de Plaza de Mayo ese mismo día y que dejara un saldo de 308 muertos, todos civiles, y cerca de 800 heridos. Los militares golpistas, fogoneados por el capitalismo internacional aliado con la oligarquía local, planearon ese funesto crimen contra el pueblo argentino. Aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo en un acto vandálico y de terrorismo contra los mismos argentinos. La idea era hacer renunciar a Perón, poniendo como rehén a la población. Esa misma tarde, grupos de militantes peronistas salieron a incendiar las iglesias de Buenos Aires. Hubo grandes destrozos pero no víctimas humanas. Las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia eran tirantes a partir de la promulgación de la ley de divorcio. Estos hechos le costaron a Perón la excomunión, la que le será levantada en la década del 60 por las autoridades eclesiásticas españolas.
Con tensión dramática, en Sobre héroes y tumbas, el narrador transcribe las situaciones y diálogos de personajes populares y de otros pertenecientes a la burguesía, que muestran las pasiones que herían el alma de los argentinos, pero en la secuencia narrativa, en encadenamiento causal, se anticipa el bárbaro y cobarde ataque del Ejército Argentino sobre ciudadanos indefensos, también argentinos.
Y de pronto, uno de aquellos días sin sentido, se sintió arrastrado por gentes que corrían, mientras arriba rugían aviones a reacción y la gente gritaba Plaza de Mayo, entre camiones cargados con obreros que locamente corrían hacia allí, entre gritos confusos y la imagen vertiginosa de los aviones rasando sobre los rascacielos.
Un joven obrero textil provinciano, al que una señora de la burguesía reconoce como a un "cabecita negra", salva una imagen de la Virgen de los Desamparados, junto al protagonista Martín. Entre el muchacho provinciano y la señora surge un diálogo pautado por la incomprensión y altivez de ella, inmersa en sus prejuicios de clase y en su ideología caracterizada por un furioso antiperonismo y el asombro del joven que no entiende cómo alguien puede estar de acuerdo con los bombardeos de Plaza de Mayo, un hecho criminal que acarreó tantas víctimas.
- ¿Así que a vos te parece mal el bombardeo de Plaza de Mayo? El muchacho la miró con sorpresa. -¿No sabés que hay que terminar alguna vez con Perón? ¿Con esa vergüenza, con ese degenerado? El muchacho bajó la cabeza. -Yo estaba en Plaza de Mayo -dijo- yo y miles de compañeros más. Delante mío a una compañera una bomba le arrancó una pierna. A un amigo le sacó la cabeza, a otro le abrió el vientre. Ha habido miles de muertos. La mujer dijo: -¿Pero no comprendés que estás defendiendo a un canalla? El muchacho se calló. Luego dijo: -Nosotros somos pobres, señora, yo me crié en una pieza donde vivía con mis padres y seis hermanos más. -¡Esperá, esperá!- gritó la señora. Martín también fue a salir.- ¿Y vos- le dijo la mujer- vos también sos peronista?
El azoro del joven no tiene límites, pues para él es impensable que una señora católica no se conmueva por la muerte de tantos inocentes, por una masacre en la cual perecieron niños y quedaron cientos de heridos y mutilados; más aun, no comprende cómo se puede justificar esa acción para lograr alejar a Perón, una operación sanguinaria y canalla que solo puede ser engendrada por mentes retorcidas y perversas. La tragedia pública se reúne con la tragedia de la vida privada en aquel junio aciago de 1955, en el desenlace anunciado en la novela por el paratexto de una crónica policial del diario La Razón (la realidad se entrecruza con la ficción) y donde se habla del parricidio y posterior suicidio de la protagonista, Alejandra Vidal Olmos.

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