Roly Arias, artista plástico:
"La sorpresa, la alegría"

Rojo. Un autito rojo. Un rojo increíble. Un rojo que no se veía en la tele ni en los diarios de la época, dominados por el blanco y negro. Un rojo sorpresa. Y la sorpresa dominaba el ritual del regalo.
No se consensuaba ni se consultaba.
El regalo era eso, la sorpresa.
Y las sorpresas eran siempre juguetes, cosas divertidas e inútiles.
Nunca la camisa o el pantalón "que les hacía falta", como escuchaba decir a otras madres.
En mi casa, por suerte para mi, el pantalón podía esperar.
Si la sorpresa dominaba la mañana, llegando al mediodía y mientras jugábamos empezábamos a develar por los aromas que llegaban, cuál sería la comida que se estaba gestando en la cocina.
Los vaivenes económicos podían afectar la importancia del regalo pero no hubo crisis capaz de alterar la alquimia que ponía en juego mi mamá para agasajarnos.

Confesión personal
Me costó muchísimo dejar de ser niño, a veces pienso que no lo logré. Paso tardes enteras dibujando "cosas divertidas e inútiles" y no puedo probar la canela sin entrar en el túnel del tiempo y verme de nuevo, con una remera rayada, frente a un plato de arroz con leche.

Nena Córdoba, actriz:
"No corríamos peligro"

Mi infancia fue muy feliz. Mi madre alimentaba mis fantasías con cuentos e historias que inventaba. Lo que más recuerdo son nuestras aventuras con mi hermano Ruly y mi primo Bambino (en la foto). En mi pueblo, Joaquín V. González, nuestros padres nos hacían dormir la siesta por las altas temperaturas. Nosotros nos hacíamos los dormidos y luego nos escapábamos. Saltábamos la tapia y partíamos junto a nuestro perro salchicha, Pichicho. Por lo general, ellos se iban a jugar a la pelota con sus amigos y yo, a la casa de una amiguita que vivía en frente de un terreno baldío donde se instalaban los circos. Nos hacíamos amigas de los acróbatas que nos permitían probar sus acrobacias. Era mi sueño escaparme con un circo e irme de aventuras. Cuando no había circos, nos íbamos a jugar en los contrapesos de la plaza o en el árbol del fondo de la casa de mi amiga -que era muy alto y fuerte- y allí nos colgábamos y armábamos casitas. Una vez hicimos eso en el limonero de mi casa y nos llenamos de hitas (piojos de las gallinas). Al volver a casa, retos y penitencias; pero al día siguiente nos volvíamos a escapar. Era un pueblito y otra época. Donde yo crecí, los niños no corríamos peligro y los mayores eran como padres de todos los niños.

Ángel Lapadula, músico:
"Ser niño era una fiesta"

Ángel es músico de La Discepolín, orquesta típica. Cuenta:
"No recuerdo un Día del Niño especial. Ser niño era una fiesta todos los días. Jugábamos a la pelota en el pasaje Frías durante la siesta, hasta que mi mamá (Silvia Vidal) o mi abuelita (Victoria) me iban a buscar. Antes de esto el juego se veía interrumpido por la aparición de algún vehículo al que le abríamos paso al grito de '¡auto!' de alguno de los hermanos Gudiño. Fanáticos de River Plate, pasábamos nuestros días convirtiendo con nuestra imaginación a ese pasaje de barrio en el Monumental.
Recuerdo a mi padre sentando al piano tocando sus obras o componiéndolas, y a mí tirando en el piso de nuestro living dibujando e interrumpiéndolo sin parar, cosa que hoy -por cuestiones kármicas- mi hijo Leonel repite conmigo.
Las chocolatadas que preparaba mi abuela Victoria solo podían ser comparadas con la calidad culinaria de las milanesas de mi abuela Titina, que sabíamos devorar los domingos en su casa, sentados en una mesa interminablemente larga y tierna".

Pitín Zalazar: "Caballo de palo"

En mi época el Día del Niño no era tan comercial, siempre se festejaba en la escuela o en el barrio. No se compraban tantos regalos, nuestra diversión era participar de juegos y concursos. Mi niñez la viví en el norte de la provincia y observaba que la madera se utilizaba para construir juguetes: caballitos, camiones, etc. Ese día se organizaban carreras de embolsados, carreras de carretilla, concurso del palo jabonado para trepar, moneda en la sartén, y muchos otros".

David Leiva: "Era divertido"

"En mi familia no alcanzaba la plata para juguetes, a pesar de eso tengo muy buenos recuerdos de mi infancia, era divertido. Con mis amigos recorríamos la ciudad con los colectivos gratuitos. Cuando veíamos un evento, nos bajábamos rápidamente y mi hermano arreglaba para que yo cante y a cambio recibíamos juguetes. Esta metodología la empleábamos durante toda la jornada en distintos festivales. Al final, regresábamos a casa con un montón de juguetes. Era una manera sana de pasar este día tan especial".

Nicolás Picatto, Artista plástico:
"La diversión
estaba fuera de la casa

¿Quién pudiera conservar los escenarios de la infancia? Jugando con los amigos en la calle porque
rara vez pasaba un auto, los perros, las casas sin rejas, a lo lejos viniendo el colectivo trayendo a los padres de sus trabajos. Había una señora viejita que todas las tardes nos esperaba debajo de un álamo, traía una conservadora llena de "picolés". En el verano la pasábamos en el río pescando o en el campo del frente haciendo chozas arriba de los árboles. La diversión estaba afuera de la casa.

Recuerdo también la escuela donde siempre participaba en los actos, haciendo de San Martín o participando en alguna obrita de teatro. Mi madre me hacía los trajes y los disfraces.

En casa ya tenía una mesa de dibujo, así que ahí me pasaba las tardes dibujando y pintando, mis amigos me venían a ver por la ventana y siempre terminaba haciéndoles los dibujos que le encargaban de tarea en la escuela. También había hecho una historieta con todos los personajes del barrio ahí contaba todas nuestras aventuras. Mi tía Marta me compraba las revistas Anteojito y el Billiken, que traían modelos para armar y pintar. Esos fueron mis primeros pasos como artista.

Un día antes del día del niño, con mis hermanos buscábamos los regalos que nuestros padres tenían escondidos, nunca los encontrábamos y, después, aparecían en la mañana al pie de la cama. Luego salíamos a la calle a compartirlos con los amigos, eran juguetes más simples, como era la vida también.

Ana María Parodi, actriz:
Una nena llena de inquietudes

¿Recuerdos? Cuando una ha “crecido”, cuando el camino recorrido es mucho más largo del que queda por delante, la infancia aparece allá lejos... como un cuento de abuelas. Es muy difícil reconocerse en esa carita de mirada inocente, sin embargo hay algo allí: un casi imperceptible brillo en los ojos, donde encuentras la niña que prevalece sobre todo lo vivido.

Una vida ha transcurrido y, sin embargo, hay recuerdos y sensaciones tan vívidas que parecen estar al alcance de un golpe de vista. Recuerdos, imágenes, olores, sensaciones... un vestido azul bordado a mano por mi mamá, la escuela Sarmiento, la primer maestra: doña Dorita Torena, el conservatorio de piano de las hermanas, la maestra de danzas clásicas Miryam Pedrazolli, la muñeca Piel Rosse, el inconfundible aroma a pinos y paraísos de la casa de la abuela en Casilda, el juego de té color verde transparente en una mañana de Reyes...

“Any” o “Anita María”, como solía decirme mamá... Era una nena llena de inquietudes: soñaba con grabar un disco, me encantaba cantar a dúo con mi hermana, me atraía increíblemente el escenario, la producción, a las visitas que ocasionalmente llegaban a casa las usaba de espectadoras de alguna de mis travesuras escénicas: cantaba, bailaba, recitaba, me disfrazaba: tenía que actuar. A los nueve años producía pequeñas veladas para la fiesta de fin de curso en el Colegio María Auxiliadora y lo más curioso es que las maestras y las monjitas me llevaban el apunte y apoyaban mis iniciativas ¡que tiempos!

Era muy traviesa y molestaba mucho a mis hermanas, les hacía maldades. Era buena alumna, pero nunca me gustó matemáticas, ni tampoco los deportes, yo prefería los libros. Creo que inclusive buscaba solitarios rincones para leer cuentos o escribir pequeñas composiciones. Fuí feliz y mimada, primera nieta, primera sobrina ¿Mis ídolos? Mi “tío Negro” y Patoruzú ¡jajaja!



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