Es notable como las familias de artistas llevan su expresión trabajando la esencia de su necesidad de enunciar la idea que los mueve. La van transformando sin salirse de la línea que traen en la memoria de la sangre.

Hay familias de artistas como los Parra en Chile, a través de la música y la poesía. En Salta podemos nombrar a los Dávalos escritores y pintores, los Saluzzi, músicos y luthiers, los Castilla, poetas exquisitos. En Buenos Aires los hermanos Cedrón, pintores y cineastas. Así las "filiaciones" en una intención inconsciente de continuidad, fieles a su compromiso artístico y a lo que de ellos la época demande, dejan oír su voz, la que viene gestándose en lo más íntimo del seno familiar, respetuosos al mandato, y como sello característico, fieles a su propia libertad individual de expresión.

En estos días el Museo de Arte Contemporáneo (Zuviría 90) presenta la muestra del Proyecto Federal Itinerante denominada "Filiación", que podremos ver hasta fines de setiembre de este año. Una muestra totalmente curada, restaurada y acondicionada aquí en Salta.

La "Filiación" de la familia Ferrari, el padre Augusto y su hijo León, construyó arte desde una manifiesta coherencia. Se atrevieron, sin retaceos, a una obra verazmente conectada con el espacio y la época que cada uno transitaba. Pero en esta Filiación participan las mujeres de la familia que siempre estuvieron colaborando calladamente con los artistas: Susana Ferrari, hermana de León, fue curadora de esta muestra.
Augusto César Ferrari, oriundo de Italia, hijo de los hijos de Leonardo y Miguel Ángel, vivió casi un siglo completo, 98 años, y su formación renacentista, como el mismo decía, legó tesoros a la arquitectura eclesiástica argentina.

Uno de ellos es el Templo del Sagrado Corazón de los Capuchinos en la provincia de Córdoba, entre los años 1927 a 1933, plasmando lo que la Iglesia decretó en el Concilio de Trento del año 1550 que hizo del arte una de las maneras ideales de adoración y alabanza al Dios de los cielos.
En este templo el gran artista parte decididamente del siglo XX, pero con un diseño ecléctico que desde el neogótico, románico y barroco le permite crear una joya, declarada una de las maravillas de la ciudad de Córdoba.

La obra dirigida por Augusto César Ferrari, acompañado por un equipo de pintores, escultores, talladores, ebanistas, contaba con la plasticidad del cemento donde antes se usaba la piedra, cargó de formas y símbolos que se leen representando la liturgia católica.

Para la realización se valió de fotografías que hoy se exponen en el MAC como gigantografías, en las que presentaba los modelos que luego serían San Juan el Evangelista o el arcángel Miguel, en diversos sostenes. Una profusión de columnas y arcos promueve la contemplación de la bóveda del templo que replica la bóveda celeste con un cielo estrellado en azules y dorados, delicia de los astrónomos, ya que este artista y magnífico arquitecto Augusto César Ferrari creó un verdadero atlas celeste.

Las estrellas con puntas, según su magnitud astronómica, dibujan las constelaciones reales que se observan los días quince de cada mes en los cielos de Córdoba, atravesadas por la Vía Láctea.
La intensidad artística en la edificación del templo de los Capuchinos también se expresó en diversas construcciones religiosas en la ciudad de Buenos Aires, como la decoración de la capilla del Colegio del Divino Rostro, en Parque Centenario, pintó la bóveda y el refectorio de la Iglesia de Nueva Pompeya, de la que construyó y decoró el claustro diez años después.

Augusto fue parte del cambio de punto de vista de la época con los "panoramas". Produjo varios y algunos podemos observarlos en la muestra. Gracias a uno de ellos la muestra viene a la provincia, es el Panorama de la Batalla de Salta, que estuvo expuesto un año en Buenos Aires.

Su hijo León Ferrari hace de su obra una transposición de imágenes, cambia de lugar los íconos sagrados que su padre aportó a la tradición católica, resultantes de gran valor para el arte religioso argentino.
León busca su propio camino, el que le dicta su época, los siglos XX son tiempos de profundas rupturas, de divisiones, de violentos péndulos para la conciencia. El arte que produce León es un arte conceptual. Se atreve, armoniosa y delicadamente en el trato de los materiales que le fueron heredados, a trasbordar la idea de su padre, la mirada "panorámica", nueva, para fines del siglo XIX, de un cielo cartografiado astronómicamente. León mueve ese mundo hacia el concepto que le merece "la cultura occidental y cristiana", opina y discute temas que una sociedad rígida y poco progresista no querría oír y encara una expresión revulsiva.

León saca de contexto algunas imágenes y las combina. El artista dispone una figura renacentista y un objeto actual que vemos en nuestros cotidianos. La libertad del pensamiento asociativo es recreada. Tal vez con el paraguayo Guggiari se propone dar batalla a lo establecido.

Sabemos que una opinión no es más que eso, pero el arte tiene la capacidad de convertir la opinión en belleza, gracia, sentido, luz para el alma. Eso será León Ferrari. Una obra que nos sumerge en la poética onírica del extravío, el dolor de un hijo desaparecido en la dictadura, el conflicto entre las contradicciones de la Iglesia. Entre Freud, los "panorámicos" collages temáticos, el grito contra la maldad y la oscuridad de algunas épocas de la historia crean una producción lúdica e interesante. La austera imagen de la escultura llamada "Mujer preocupada" podría ir en cualquiera de las nuevas iglesias que los actuales arquitectos construyen como lo hacía su padre y de las que fue testigo.

Dos estilos que se confrontan. El alto refinamiento del arte religioso del arquitecto y artista Augusto César Ferrari y la ruptura conceptual de su hijo, León Ferrari, que llegó a tener una verdadera trascendencia internacional como artista argentino.

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