El debate de mediados de siglo XIX sobre si la fotografía competía con la pintura o si eran fundamentalmente diferentes se resolvió con que el pintor interpreta la realidad y el fotógrafo la plasma. Incluso desde entonces hasta la actualidad medió el reconocimiento de la fotografía como arte. Pero los diálogos siempre se "aggiornan", más aún cuando la tecnología digital ha puesto el poder del testimonio personalizado en el bolsillo de cada consumidor.
Por otra parte, creer en la fotografía como la mezcla de belleza y verdad, y en la tecnología como medio para plasmarlas y no para distorsionarlas robustece la idea de que siempre habrá fotógrafos con un punto de vista interesante que mostrar.
Ante una imagen el espectador percibe que todo lo que existe está relacionado, que es parte de un apretado diseño y lo que parece una maraña de casualidades ante la minuciosa observación de la cámara se va revelando en perfectas simetrías. Las tomas realizadas por ciertos fotógrafos son de tal belleza que se convierten en arte por sí solas, por su hermosura y su perfecta realización.
Desde afuera se siente, además, la tensión entre lo comercial y el interés artístico. Para ello basta ver los trabajos de la estadounidense Annie Leibovitz, uno de los íconos de la fotografía contemporánea, y del argentino Marcos López, que se ha consolidado como una figura central del arte latinoamericano contemporáneo.
En Salta, El Tribuno habló con dos fotógrafos autodidactas: Pablo Oriti y Gonzalo Alanís, acerca de por qué las poses artificiales y las escenas arregladas al aire libre o en estudio son también una manera de ver el mundo.

"Crear la luz"

Pablo Oriti (39) creó hace cuatro años Vértigo Fotografía, un espacio que se especializa en imagen creativa. Desde su experiencia en books para sesiones de moda, eventos sociales, documentales y corporativos, dice que en el rubro fotografía artística la integración entre maquilladores, estilistas, vestuaristas y creativos es el motor para conseguir excelentes resultados. Consultado acerca de la delimitación entre efectos y retoques explicó que los primeros son parámetros estandarizados que afectan a una imagen de una forma particular y que se pueden aplicar con facilidad. Citó como ejemplo los efectos que ofrece Instagram para poner a las fotos que se suben a esa red social. Mientras que los retoques son correcciones puntuales a la imagen. "Mucha gente confunde la edición con el retoque. La edición sería un equivalente al revelado o procesado de una casa de fotografía en la era analógica, donde, variando contraste o más tiempo de exposición de un negativo durante la impresión de la foto, se le daba, por ejemplo, más contraste a áreas que se querían destacar", definió. Agregó que es complejo delimitar el tiempo que conlleva la edición. "Generalmente si es un evento estoy un promedio de diez minutos por imagen con tareas básicas de corrección de tono, contraste, brillo, reencuadre, etc. En el caso de un retoque o un montaje pueden ser horas o incluso días", detalló. Pablo trabaja principalmente con Lightroom en la edición y con Photoshop en el retoque. Para inspirarse mira las producciones de David Hobby, Joe McNally, Annie Leibovitz, Mario Testino y David La Chapelle. Acerca del futuro de la fotografía digital enunció: "Habrá muchas sorpresas. Cada vez son más las herramientas que se pueden utilizar y están cada día más al alcance de todos. 'Cuando hay luz úsala, cuando no créala' es la frase que lo define todo".

El lienzo retocado

Gonzalo Alanís (32) es técnico en Folclore por el Centro Polivalente de Arte y cantante lírico. No se dedica a la fotografía artística para vivir de ella, sino como un vehículo de expresión en el que se deja llevar por una búsqueda de la belleza, sobre todo espiritual y erótica. El resultado: mundos oníricos que claramente no son una mera foto, pero tampoco una pintura. Para Gonzalo es primordial que el proceso de edición se desarrolle en un ambiente musicalizado y su sentir no es diferente al de un artista plástico. “Me permito dibujar sobre la foto, resaltar el maquillaje, agregarle más color, oscurecerla o iluminarla según mi criterio. Realmente siento que dibujo cada vez que edito una foto y para hacerlo me motiva la música. Ella también me dice qué hacer y qué no. Me dejo llevar por el momento y el clima en que me introduce la música”, expresó. Entre sus series más destacadas se encuentran “Musas” y “Texturas”, en las que llamativamente salen retratadas las mismas mujeres y en las que se percibe una intensa experimentación.
“El vestuario la mayoría de las veces han sido cortinas en desuso o hemos improvisado vestidos. También usábamos objetos que encontrábamos en las casas y hacíamos tocados con peluches, adornos en goma eva, flores secas, aros y cadenas que han estado siempre presentes de una forma no convencional”, detalló.
Acerca de si hay una idea preconcebida antes de tomar las fotos o el concepto va mutando luego, dijo que nunca sabe a ciencia cierta su intencionalidad ante cada retrato: “Solo me dejo llevar por cosas que van pasando en el momento. Busco en mis espacios qué tengo y juego con eso. Los objetos y la luz son importantes y trato de trabajar con luz natural y ser espontáneo”. Tal vez el riesgo implícito de dejar fluir -y fluctuar- el hecho artístico en demasía sea la transformación total del concepto inicial. “Si lo pienso y busco algo en particular, en mi caso nunca lo logro y termino frustrándome. Así que solo dejo que la foto se haga sola, acompañado de mis modelos jugamos y cuando llega el momento de la edición mi idea cambia y la foto se me presenta de otra forma”, agregó.
Las mujeres que fotografía no son modelos profesionales o arquetipos de belleza comercial, sino mujeres reales a las que el momento lúdico las invita a vestirse con otra piel. Consciente de ello, Gonzalo señaló: “En ellas siempre hay un grado de sorpresa al verse porque no se imaginan cómo quedará el producto terminado. Para mí es un placer verlas desplazar sus miradas por toda la obra, buscando detalles y admirando el trabajo terminado”. Ese momento sagrado en que la cámara capta atisbos de la sustancia del corazón que al ojo habitualmente se le escapan es la mayor satisfacción de todo fotógrafo: “Es mágico. Se ven de una forma impensada y es lo que más me agrada del trabajo”. Al opinar sobre el futuro de la fotografía artística también Gonzalo se distanció del binomio bueno o malo: “Lo veo enriquecido de ideas y rompiendo estructuras. No sé si será mejor o peor”.

¿Qué te pareció esta noticia?

Comentá esta noticia