El escenario del Teatro del Huerto se convertirá en el punto de encuentro de Paco (Mario Pasik) y Cristóbal (Rodolfo Ranni), dos octogenarios dueños de una amistad que ha trascendido el tiempo: seis largas décadas de problemas, pérdidas, soledades y el paso inevitable de los años.

Aeroplanos transcurre en un solo día, pero es una jornada que puede cambiar sus vidas para siempre. Los miedos, los sueños, los sentimientos propios de la tercera edad sobrevuelan este relato creíble y entrañable que esta noche, a las 22, se presentará en la sala de Pueyrredón 175.

Mario Pasik le adelantó a El Tribuno algunos entretelones de esta obra que le propone al espectador internarse en la vejez de dos personajes que se preguntan (con el buen humor y la falta de solemnidad propias de Gorostiza), sobre las razones más profundas de la existencia.

¿Por qué creés que la obra escrita por Carlos Gorostiza en 1990 sigue funcionando perfectamente hoy?
Porque es una de las obras más importantes de Gorostiza, que habla de algo que tiene absoluta vigencia. Y porque es una reflexión tremendamente inteligente que surge del diálogo de dos personas casi octogenarias. Porque la obra habla de la muerte pero desde un lugar absolutamente vital y porque tiene una mirada elevada y profunda sostenida por el humor. Y porque con Ranni nos gusta mucho hacerla y la rescatamos cada noche y el público lo agradece de pie. Todo esto le da completo sentido a esta obra que pareciera escrita apenas ayer.

¿Cómo fue que surgió la idea de hacer esta obra con Ranni?

Yo sé que Ranni tenía otros proyectos pero también tenía en carpeta Aeroplanos. Se la había acercado nuestro asistente hace como tres años. No le había prestado atención en su momento pero cuando se puso a leer el material le pareció fantástico y ahí se armó el proyecto. Yo fui convocado después. Me pareció muy importante que Ranni y nuestro director, Daniel Marcove, y los productores Carlos y Giuliano Bacchi me convocaran para un personaje que ocupa la mitad de la obra, porque Paco y Cristo son absolutamente protagónicos y son los únicos que aparecen sobre el escenario. Yo había leído Aeroplanos hacía muchos años, pero cuando la vas a hacer la encarás de otra manera. A lo largo de los ensayos comenzamos a darnos cuenta de que teníamos un material más profundo aún de lo que a primera vista se puede suponer.

¿Habías hecho anteriormente alguna obra de Gorostiza?
No, nunca me había dado ese lujo. Daniel Marcova, nuestro director, había dirigido varias obras de él. Gorostiza está estupendo a sus 95 años, con toda su lucidez y todo su humor, y sin preguntarse a cada rato qué pasará con la naturaleza que "no lo lleva" de una vez.

Sospecho que Paco y Cristo tienen mucho de esa vitalidad de Gorostiza...
Absolutamente. Y su humor. No es que nosotros nos hagamos los graciosos, pero el público, a los tres minutos de transcurrida la obra, se da cuenta de que estos dos viejitos lo va a divertir mucho. Y llegado el momento también se da cuenta de que lo va a emocionar un montón.

A pesar de que Aeroplanos tiene muchos planteos filosóficos, Gorostiza es un maestro a la hora de quitarle solemnidad a ciertos temas...
Así es. Por eso te decía que es un texto profundo, pero sencillo en el decir. Son dos hombres nada especiales. Sí es particular el día en que se encuentran y en el que transcurre la obra, porque tanto en la vida de uno como en la del otro, es un día bisagra. Son dos hombres que se conocen hace sesenta años. El andarivel que propone Gorostiza con su humor es absolutamente necesario porque aliviana el mensaje, pero sólo en el sentido de transmitirlo con más comodidad.

Ahora que te tocó hacer este personaje que, aún con humor, enfrenta temas como la muerte y los sueños incumplidos, ¿te hiciste preguntas sobre tu vejez?

Cualquier personaje que tenga una profundidad de esta naturaleza te conmueve. Yo he tenido la maravillosa sensación de encontrarme con movimientos de mis brazos que me hacían acordar a mi viejo. Entendí sus manos en jarra bien arriba, porque su tiro era alto y su cinturón estaba muy arriba. Eso le hacía tener una manera particular de pararse. Hay cantidad de cosas a las que yo adhiero en cuanto a la reflexión de Gorostiza, en cuanto a su mirada. No voy a dar detalles ahora para no adelantar demasiado y para que la gente tenga un margen para la sorpresa. Gorostiza escribió la obra cuando tenía 70 años, con una lucidez impresionante.

¿Cómo fluye en el escenario tu conexión con Ranni?

Con Rodolfo siempre destacamos que somos actores que pueden mirarse todo el tiempo. Mirarnos en la obra y a través de los personajes. Paco y Cristo, por decirlo de alguna manera, ojean sus cartas y tiran una para poder matar al otro en el juego de las argumentaciones, para ver quién tiene razón. Tienen discusiones que seguramente vienen desde hace sesenta años, cosas que vuelven cíclicamente... De verdad que Ranni y yo, desde que nos encontramos para ensayar, la hemos pasado bárbaro. Nos reuníamos una hora antes en un bar para pasar letra porque el texto es demoledor: dos personajes solos hablando todo el tiempo. Cuando el director nos encontraba ahí nos decía: "¡Uy! Cuánto sirven estos cafés que se están tomando". Después íbamos a la sala de ensayo y movíamos la obra. Pero es un decir fácil. Gorostiza nos ha hecho tan simples las cosas que los dos animales de teatro que somos Ranni y yo cabalgamos en el placer.

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