El 29 de mayo de 1892 llegaba al mundo una de las mujeres más impactantes de la cultura argentina. Nació en Sala Capriasca, Suiza, y fue la tercera hija del matrimonio Storni. Alfonsina en honor a su padre acuñó letras en prosa y obras teatrales, pero sin dudas la poesía fue su máxima fuente de inspiración y de desahogo para sus pesares. Esa relación con la literatura comenzó temprano: a los 10 años ya había escrito su primer poema de tinte triste, oscuro, en el que la muerte y el cementerio eran protagonistas.

La familia Storni se mudó de Suiza a la provincia de San Juan cuando Alfonsina tenía 4 años. Ella misma había contado sobre aquel momento: "Estoy en San Juan, tengo 4 años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta". Cinco años después, los Storni se mudaron a Rosario.

Pese a que durante los años en Suiza, don Alfonso Storni tenía una pequeña empresa de cerveza, en Argentina las cosas no iban muy bien. Pero los intentos de Doña Paulina, la madre, avanzaban: abrió una pequeña escuela domiciliaria y luego un café, cercano a la estación de trenes, donde Alfonsina lavaba los platos y atendía las mesas. Ningún proyecto tuvo éxito y la numerosa familia se empobrecía y perdía el rumbo. Las mujeres comenzaron a trabajar en la costura y la pequeña de 10 años se ofreció como obrera en una fábrica de gorras. Allí estuvo hasta 1907, año en que llegó a Rosario una compañía de teatro que hacía giras por todo el país. Ingresó para reemplazar a una actriz que había enfermado y, con el permiso de su madre, se unió a la gira.

Del teatro a las aulas

Según una de sus innumerables biografías, Alfonsina escribió sobre aquellos años: "A los 13 años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (à). Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbosà". En una entrevista habría dicho que luego de salir de allí escribió su primera obra teatral, de la que no quedaron rastros.

Al regresar a su hogar se encontró con algunas sorpresas: su madre se había vuelto a casar y mudado a Bustinza, otra localidad santafesina. Ese mismo año, comenzó a estudiar la carrera de maestra rural en Coronda. Se recibió y al poco tiempo logró un puesto como titular y publicó durante un año sus poemas en las revistas literarias de Rosario. Al año siguiente publicó en Mundo Argentino, revista nacional con repercusiones en el habla hispana.

En 1911, con 19 años, se mudó a Buenos Aires y al año siguiente nació su hijo Alejandro. Para mantenerlo trabajó como cajera en una tienda de Avenida Florida y Sarmiento y en la revista Caras y Caretas. Ya entonces mostraba el carácter de una mujer decidida e independiente, algo poco usual para la época. En 1916, venciendo serias dificultades económicas, logró publicar La inquietud del rosal, su primer libro. El reconocimiento no tardó en llegar: durante un homenaje al novelista Manuel Gálvez, recitó públicamente sus propios versos con muy buena recepción. En el otoño de ese año la revista Mundo Argentino vuelve a publicar uno de sus poemas y comparte paginas con Amado Nervo, poeta mexicano de su admiración y defensor del modernismo junto con Rubén Darío.

Años después, personalidades como Manuel Ugarte y José Ingenieros se convirtieron en entrañables amigos de la muchacha que tiempo atrás había llegado a Buenos Aires con apenas una maleta escasa de prendas a intentar sobrevivir en la gran ciudad. Pese a la nueva vida, no había dejado su trabajo como maestra.

En 1920 viaja por primera vez a Montevideo; Juana de Ibarbourou contó después de su muerte: "Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatíaà Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina".

Horacio Quiroga y el grupo "Anaconda"

La década del 20 se presentaba muy provechosa para la ya reconocida poeta que había publicado dos libros consecutivos: Irremediablemente (1919) y Languidez (1920). Por esos años trabó amistad con el pintor Emilio Centurión y frecuentaba su casa. Se dice que fue allí donde conoció al escritor uruguayo Horacio Quiroga que, para 1922, había escrito sus libros más importantes y vivía modestamente de sus colaboraciones en diarios y revistas.

La amistad entre Alfonsina y Quiroga hoy hubiese generado más de una tapa de las revistas de chimentos, aunque algo similar pasó entonces. "Cuenta Norah Lange que en una de sus reuniones, a las que iban todos los escritores de la época, jugaron una tarde a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso. Quiroga la nombra frecuentemente en sus cartas, sobre todo entre los años 1919 y 1922. Pero cuando Quiroga resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquel, hombre ordenado y sedentario, le dice: '¿Con ese loco? ¡No!", revela una biografía de Storni.

Su prosa avanzaba, se reinventaba. En 1925, Ocre, su nuevo libro, marcó un cambio decisivo en su poesía. Por entonces dictaba clases de Lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, lo que habría incidido en su escritura, sumado a la muerte de su gran amigo José Ingenieros. Los atisbos de soledad invadieron a Alfonsina, que tiempo después recibió en su casa a la chilena Gabriela Mistral, quien quedó muy impactada por su personalidad.

Dos años más tarde, se estrenó su primera obra de teatro bajo las miradas atentas de su público, entre ellos el presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini, y la critica fue despiadada, por lo que la obra duró solo tres días en cartel. Luego vino una etapa marcada por el activismo: participó de la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y en el gremialismo literario de manera intensa. Siguieron reiterados viajes a España. Posteriormente publicó dos nuevas obras, mientras colaboraba en el diario Crítica y en La Nación.

Entre 1933 conoció a Federico García Lorca en el café Tortoni, a quien le dedicó un poema que fue publicado en Mundo de siete pozos (1934). El aclamado escritor quedó también impactado por la mujer con quien, junto a otros intelectuales, se reunían en ese café. El 20 de mayo de 1935 Storni fue operada de un cáncer de mama; su salud comenzaba a jugarle malas pasadas. Las dolencias de su cuerpo fueron agravadas por la muerte del hombre con quien tuvo una relación especial. Horacio Quiroga se quitó la vida. Ella le dedicó unos versos que quizás anticipaban su propio final: "Morir como tú, Horacio, en tus cabales/ Y así como en tus cuentos, no está mal/ Un rayo a tiempo y se acabó la feriaà/ Allá dirán./ Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte/ Que a las espaldas va/ Bebiste bien, que luego sonreíasà/Allá dirán".

Su último año

En enero de 1938, el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay participó a Alfonsina de una reunión sin precedentes junto a otras poetisas americanas, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. Debían contar al publico cuál era su manera de crear. Storni, cuentan sus biógrafos, escribió su conferencia sobre una valija colocada sobre sus rodillas. Por ello tituló su exposición: "Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj".

A mitad de ese año, publicó Mascarilla y trébol y una Antología poética en la que ella misma seleccionó sus poemas preferidos. Los días venideros fueron en estado de alerta por temor a la reaparición de la severa enfermedad. El 23 de octubre de 1938 viajó a Mar del Plata y se quedó sola en un hotel frente a la playa La Perla.

Durante las primeras horas del martes 25 de octubre, Alfonsina salió de su habitación con destino a la playa. Nadie la vio, pero las hipótesis sobre su muerte aseguran que caminó lentamente hacia el mar y que se hundió en las frías aguas. Fueron dos obreros quienes, horas después, descubrieron el cuerpo sin vida de la escritora. Los diarios de la tarde informaban al mundo la lamentable noticia: "Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América". Su hijo se enteró por la radio.

La muerte de sus amigos, su padecimiento. Toda eso, quizás, llevó a Alfonsina Storni a decidir poner punto final a su propia historia.


Su último poema: "Voy a dormir"


Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.


Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera,

una constelación, la que te guste;

todas son buenas, bájala un poquito.


Déjame sola: ¿oyes romper los brotes?

Te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases


Para que no olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...


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