Hay abordajes que nos desvendan los ojos y nos devuelven al mundo con una mirada renovada sobre tópicos en boga como el bullying y el femicidio. Pero la condición indispensable para que esto ocurra es la predisposición a la escucha y al diálogo en un pacto preestablecido de respeto e igualdad.
Ayer y hoy, alumnos del secundario de nuestra ciudad asistieron a la charla "La violencia en el lenguaje", moderada por la escritora y profesora de Letras jubilada Emilia Baigorria, que se dio en Pro Cultura Salta (Mitre 331).
Allí ella les propuso a los adolescentes "reinstalar el conversatorio", de modo que mientras Emilia compartía sus estudios de campo, en los que indagó en cómo la violencia se infiltra en la lengua cotidiana y va creando y generando consecuencias insospechadas, los chicos asistentes podían pedir la palabra y exponer sus apreciaciones. El disparador fue un pedido de que los jóvenes anotaran los insultos que escuchan más asiduamente en los ámbitos de los que forman parte.
Drogadicto. Falopero. Mogólico. Down. Gorda. Obesa. Desnutrida. Regalada. Puto. Puta. "Yuto". Villero. Fracasado. Inútil. Negro. Maricón. Grasa. Pelota. Dengue. Chikungunya. Boliviano. "Culiau". Todas estas, recurrentes formas discriminatorias que asumen el insulto, el chiste, la burla y la desvalorización, leídas en voz alta causaron su "golpe de efecto" o "gracia" entre los chicos.
Así resultó evidente que la identificación de las características de un grupo o colectivo social como insulto siguen instaladas en las nuevas generaciones. Hace no mucho tiempo, el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión, constituido por la Afsca y el Inadi, determinó que el uso injurioso o peyorativo de designaciones como "mogólico" y "Down", es discriminatorio. También los gentilicios que atenten contra el derecho a la migración, esencial e inalienable de la persona en la República Argentina, que lo garantiza sobre la base de los principios de igualdad y universalidad.
Con los celulares en silenciador, muchas manos se aplicaban rabiosamente al WhatsApp. Mientras, a Emilia no la vencían los chicos predispuestos a la "no escucha". "Existe la 'canibalización' en el lenguaje, eso de decir 'quiero comerte como a una fruta madura', 'sos un bombón', 'te comería como un terroncito de azúcar' parece tan inocente, tan galante, y es la violencia de género en pañales", advertía. La cosificación de la mujer y la mujer en función del deseo del hombre llevó al auditorio a la violencia de género y el femicidio.
"Yo a la mujer la respeto en el sentido del hablar, del tratar y del sentimiento", aclaró un muchacho. Una chica pidió la palabra: "Una vez subí al colectivo y había varios hombres sentados y una mujer con un bebé en brazos. Entonces le dije a uno que por qué no le daba el asiento a la mujer y me contestó: 'Yo les daría el asiento a las mujeres, pero decime ¡dónde están las mujeres primero!'". Entre los bandos de ambos colegios también la violencia se exteriorizaba en palmas de aprobación o desacuerdo.
"¡Si las mujeres queremos la igualdad también deberíamos cederles los asientos a los hombres!", dijo una chica, que desató comentarios altisonantes y, aunque encendió el debate, exteriorizó, sobre todo, por qué estos "conversatorios" deberían ser tan importantes en el secundario como los contenidos prioritarios.
Emilia Baigorria ejerció durante años la docencia en el nivel medio. Publicó en versos "Raíces de sueños" y artículos en revistas literarias. Trabajó en el Juzgado Correccional y Garantías 3 del Poder Judicial de Salta. Actualmente, ya jubilada, se dedica a la investigación acerca de la violencia sustanciada en la palabra.
"Hoy no se conversa, se grita; pero se respeta y se escucha al que grita, al que prepea y quiero que los chicos escuchen otra campana", definió sobre la actividad que había encabezado. También trabajó con los chicos las palabras que sufrieron desplazamientos semánticos que no deberían dejarse de atender. "Se insiste con palabras que inocentemente van entrando como 'sobredosis', 'inyectar', 'matar', 'masacre', 'morite'... luego la acción no cuesta nada porque ya 'hemos matado' tanto con la palabra que, evidentemente, no cuesta -digo yo-, porque si no, no pasarían las cosas que pasan", reflexionó. Luego advirtió que estas expresiones mueven a la acción, pero hay otras, caracterizadas por la pasividad del sujeto que las exclama como "me muero", en las que existe una complicidad que hay que combatir. "Según dijo Octavio Paz el lenguaje es más importante que la moneda y por ello hay que apuntar al empobrecimiento del lenguaje. Los jóvenes viven en un eterno presente y por eso urge el encuentro con la palabra", acotó Emilia que buscó un encuentro con los jóvenes y que está dispuesta a llevarlo a las escuelas.

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