La característica del salteño no está solo en su hablar con la "rr" arrastrada y soplada; o con la "s" aspirada al final de las palabras... Lo que más lo caracteriza es su costumbre de coquear. Su acullico inflándole, más o menos, el cachete. Ese ritual corre por la sangre norteña y ha sido musa y compañía de escritores y poetas de todo el cordón puneño, que la nombraron siempre entre sus letras: "El Chaco de sus antiguas correrías era algo de lo que nunca se acordaba. Solo cuando le daban vino y coca lo recordaba. La media lengua se le había alisado de asperezas y casi ni se notaba que era indio..." (De solo estar. Manuel J. Castilla). "Hoja de coca sagrada,/ Dios de mi tierra serrana,/ esperanza del mañana,/ en la oración del labriego./ Tranquilidad y sosiego,/ del pastor tras su rebaño,/ compañía en su mal año,/ en su llanto y en su ruego". (Eliseo León Pretell, poeta perua no).

La coca es hábito y es identidad. Por eso fue difícil de "coquear" en 2011 el pedido de las Naciones Unidas de prohibir las hojas de coca en su estado natural para consumo. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de ONU le había reclamado al gobierno argentino la derogación del artículo 15 de la Ley Antidrogas 23.737, que, afortunadamente, aún permite el coqueo. Y así, cuando algo roza a la infaltable hoja, siempre es noticia, aun cuando se trate de un simple aumento del precio de los 100 gramos.

Seleccionada o común, en los puestos y quioscos donde la venden, hay una amplia cartera de clientes de todas las edades y de todos los oficios y profesiones. Los coqueros pueden olvidarse la cabeza en alguna parte, pero nunca la bolsita de coca, bien apretadita para que no se seque; "sino es como una Gillette", comentan siempre.

Visitamos ayer la hilera de puestos frente al Cofruthos y ahí estaba el profe de Historia, Hugo Corregidor, con su bolsita verde recién comprada. Dijo que "la coca es infaltable. Una costumbre ancestral heredada del imperio incaico. Es una compañía permanente, es digestiva y no provoca alucinaciones ni cosas raras".
En bici, en auto, a pie, en camiones y camionetas llegan a comprar "la coquita", como la llaman hasta los hombres más rudos que caen rendidos ante su verde encanto.

Ahí está la buenamoza Vicky Castro, una de las varias vendedoras. Ella cuenta que no para de vender. "El salteño es muy coquero". De los precios actuales dijo: "los 100 gramos de seleccionada están a $60 y los 100 gramos de común cuestan $38. Pero cueste lo que cueste siempre hay clientes". Iban y venían. Pedían 100 gramos, un cuarto, 20 pesos, "dame sele", y así este intercambio tiene sus propios códigos en un mercado envidiablemente estable, aunque se quejó Renato Pérez de que "a veces cuesta conseguir la coca porque es legal coquear pero es ilegal el ingreso de la hoja desde Bolivia al país. Una contradicción total".

La hoja de coca se conoce desde hace más de 5 mil años y ya la usaban los pueblos precolombinos de la zona andina. Era muy importante en los rituales y fue considerada una planta sagrada por los males que curaba. Además de coquear la hoja, se la consume en infusiones digestivas y en harina para recetas andinas.

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