"Caro Musa es una chica que escribe, casi en el ínterin, mientras hace marionetas o cualquier otra cosa. Su apellido es sirio, por lo tanto queda descartado que sea la décima hermana extraviada de las musas hijas de Zeus..." se define así en una entrevista y deja para el público la radiografía de su buen humor y de una vida completa de acciones creativas.
Nació en Rosario de Santa Fe hace 40 años, pero Orán disputa su patria potestad porque esta talentosa mujer ha vivido allí toda la infancia y la adolescencia. De hecho, la mayoría de los poemas y relatos de su último libro La curva de Ebbinghaus, que presentará en Salta este sábado a las 18.30 en la Fundación Cultura Analítica (Vicente López 328), están construidos de retazos memorables de aquellos paisajes y de vivencias familiares en Orán.

"Por Orán siento amor y odio, siempre tuve el deseo de irme pero cuando me fui tuve el deseo de regresar y conectarme con el pasado. Es parte de mi vida y si tengo que sentir algo por ese pueblo es gratitud, porque me hizo ser quien soy; por eso en la poesía siempre vuelve Orán. Lo fantástico que tienen mis cuentos sale del paisaje del norte que está dentro de mi. Presentar este libro en Salta es una deuda porque estoy muy ligada al norte aunque me haya ido hace mucho a vivir a Rosario".

Carolina es escritora, artesana, correctora y licenciada en Comunicación Social. La curva de Ebbinghaus, de la colección de poesía de Baltasara Editora, es su quinto libro y toma su nombre de un artículo de divulgación científica sobre la memoria y el olvido, en el que Hermann Ebbinghaus dibuja los recuerdos con una curva. Este señor asegura en su teoría que las posibilidades de conservar un recuerdo disminuyen de manera gradual y creciente a medida que uno se aleja del acontecimiento. Que la memoria es un efecto del olvido, y su relato un texto al que el transcurso del tiempo erosiona sin remedio. Pero Musa tiene la capacidad de construir historias con palabras sobre el terreno erosionado de la memoria. Y lo hace con genial sencillez.

"Este libro provoca remembranzas propias a quién lo lee. Nace de un modo poco convencional, porque yo tenía escritos viejos, los recuperé y comencé a investigar sobre la memoria y descubrí a Ebbinghaus y me enamoré de este tipo que estudiaba la memoria de una forma muy rara, cuantitativa, casi ridícula, e hizo una teoría que me encantó para usarla como disparador del libro".

La curva de Ebbinghaus abre con un texto en prosa "Alejandra Pastrana", una amiga mendocina de Caro del correo de lectores de la revista Cosmik a quién en este libro le confiesa: "Alejandra: yo te inventaba partes de mi vida. Me atribuía cosas que escuchaba por ahí". Inmediatamente le sigue un impactante, diría fatal, poema: "La pregunta inicial", de lectura vertiginosa y espeluznante. Si la bala del policía que mató a Adolfo Bello le hubiera dado a su papá, ella no nacía. Y habla de eso, de la arbitrariedad del azar y del destino.
"Usar los recursos narrativos desbarata un poco lo fuerte que es el tema de tener una pistola en la cabeza. Lo cuento como a todo, en forma objetiva, cotidiana, uso un lenguaje llano, porque la abstracción es una operación del lector. Para mí la poesía es algo que ocurre en el cuerpo. Lo digo como escritora y también, sobre todo, como lectora. Una especie de temblor, un toc toc, pase".

Leer La curva de Ebbinghaus es como tomar un colectivo al pasado donde las instantáneas brotan mágicamente y uno logra reconocerse. Rescata postales propias que recorren un atajo interno del lector que lo conecta con su intransferible curva del olvido.

El libro es como la gota de alcohol en la punta de la nariz que despabila la memoria desmayada. Sin proponérselo, los recuerdos de la autora convocan remembranzas en el lector, rescatando así lo que podría perderse en la maraña del olvido. Inspirada, profunda y simple para relatar, Carolina dice que nunca se propuso ser escritora.

"Nunca tomé esa decisión. Más bien la decisión me tomó. Tendría 10 años cuando improvisé un cuentito al final de mi diario íntimo. Me daba vergüenza. Pero no me decidí a escribir, al menos no como un acto fundacional consciente. En un momento de la vida, cerca de los 25 años, lo que pasó es que era inevitable. Y yo empecé a pensar: ¿qué voy a hacer con este volumen creciente de papeles y archivos word?, ¿por qué, para qué hago esto? Escribo para contarme todas las vidas que no pude vivir, dijo Haroldo Conti. Yo lo repito".

De La curva de Ebbinghaus cada palabra de las 100 páginas merece ser leída para enfrentarnos con nuestra propia curva. Porque la memoria es imprecisa; los recuerdos podrían estar hechos de pequeñas y grandes mentiras como las cartas a Alejandra Pastrana que Carolina escribía desde Orán. O de datos duros como la única cifra en título: "422 veces todos nos vamos a morir", que comienza con una historia del abuelo Dardo, quien contaba que "cazaba el puma por la cola/ y lo revoleaba como en los dibujitos animados/ gritando "qué te has creído, felino".

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