Melania es una mujer tímida hasta que suelta el canto. Entonces es capaz de estrujar el alma con historias como la de la Celedonia Batista, la madraza que baja del cerro trayendo a grupa a su guagua dormida, para vender por pocas monedas sus mantas tejidas con paciencia ancestral.

O con la historia del caballo que -humanizado- despide con un canto bagualero a su jinete, don Baltazar Guzmán, en su último viaje hacia la eternidad.


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La voz de Melania Pérez es singular porque se hamaca entre lo simple y lo complejo. Ella es obsesiva con la afinación, la respiración y todo lo que hace a la buena técnica, pero además se involucra hasta el tuétano con cada canción. Para Melania la cosa es indisoluble: la letra es un par de alas y la música es el vuelo. Por eso nunca dejó de cantar a autores comprometidos tanto con la melodía como con el texto. Esas han sido las vertientes de las que ha abrevado Melania desde los años 60, cuando desembarcó en Buenos Aires con Las Voces Blancas. "Elijo cantar ese cancionero aunque no sea muy difundido. Son canciones muy bien logradas, profundamente comprometidas con el ser humano", señala Melania, con la caja recostada en su regazo.

Su repertorio suele estar conformado por bagualas, huaynos, zambas y milongas poblados de gente o paisajes inolvidables. El espectáculo que Melania brindará este viernes, a las 21.30, en la Casa de la Cultura (Caseros 460), seguramente no será la excepción. La cantora lo bautizó "Vertientes" en honor a los tesoros del cancionero que ella viene revalorizando desde que el Cuchi Leguizamón y el Barba Castilla le "abrieron los ojos" a esas voces antiguas que entran en diálogo amoroso y artístico con la sonoridad universal.

¿Por qué llamaste "Vertientes" a este espectáculo?
Elegí ese nombre por el repertorio. Trato de cantar a diversos poetas y músicos de diversas regiones. En su mayoría se trata de creadores respetuosos de ciertos principios que supieron volcar en sus obras. Son poetas que le cantan a su región. Elijo cantar ese cancionero aunque no sea muy difundido. Son canciones muy bien logradas, profundamente comprometidas con el ser humano. Además de sus letras me gustan sus arreglos instrumentales y vocales. Entre esos autores están Armando Tejada Gómez, Pepe Núñez, el Chango Saravia Toledo, Violeta Parra... En "Vertientes" voy a tratar de cantar todo ese cancionero que también incluyo en mis discos, por lo cual quizás no son muy difundidos.

A vos siempre te importó, en iguales proporciones, la música y la letra de una canción...
Así es. Son canciones que uno quiere y que son calmas en cuanto al ritmo, contrariamente a lo que se pide hoy en día. Si bien en mi repertorio también incluyo huaynos y canciones más movidas que la zamba, en general prefiero un cancionero tranquilo, fresco, que a su vez tenga un gran contenido poético.

En la búsqueda de ese material, ¿te seguís encontrando con joyas que, aún teniendo muchos años, eran desconocidas?
Me pasa, sí. Y lo más interesante es que de repente esas canciones viejas tienen un gran sentido actual. Entonces digo: Pucha, qué rico es nuestro cancionero. Ramón Ayala, por ejemplo, ha sido un músico maravilloso que nos dejó verdaderas joyitas. Hay canciones hechas hace cuarenta años que parecen escritas hoy. Eso habla de músicos y poetas universales y visionarios.

Tu voz siempre ha sido motivo de elogios porque sabés modelarla como si fuera arcilla. Pero imagino que una buena voz no alcanza. ¿Se aprende a interpretar? ¿Alguien te enseña?
Es un poco de cada cosa. Cuando canto la "Canción del caballo sin jinete", por ejemplo, hasta yo me sorprendo de la manera en que le llega a la gente. El otro día estaba haciendo un hermoso recital, me traicionó la emoción y no pude seguir cantando. Me quebré cuando alcancé a ver a algunas personas del público, compenetradas. A interpretar se aprende también en el camino. La emoción aparece en algún momento en el público y uno la ve; es una entrega mutua.

¿Nunca te tentó la posibilidad de traicionar tus principios en función de ser más masiva y popular?
No, nunca, pero además debo reconocer que nunca atendí mi carrera correctamente. Aunque en el escenario siempre traté de ser prolija y de hacer las cosas bien, no fui así para llevar adelante mi carrera. Muchas veces me dejé llevar por vaivenes de ánimo, por lo que me transmitían ciertos artistas, por la certeza de que ciertos lugares no contribuían a mi desarrollo... Pero más allá de eso, estoy orgullosa de la gente que me sigue, porque se identifica con lo que yo canto.

Hubo una época en que tuviste al Cuchi Leguizamón como maestro, ¿qué consejos recordás de él?
Él y Manuel J. Castilla tuvieron mucho que ver con esos principios de los que hablaba antes y en los cuales uno se encamina. Sus definiciones y sus reflexiones me han ayudado muchísimo a encaminarme. Primero yo decía: "¡Qué renegones que son! ¿Por qué no les gusta lo que a mí me gusta?". Por algo era. Me abrieron los ojos. Ellos sabían lo que tiene que tener una verdadera obra de arte. Por algo eran grandes. Nos juntábamos en la casa del Cuchi o de algún poeta o cantor y nos amanecíamos ahí, charlando y cantando.
Otra característica de tu canto es que tenés la simpleza de quien no estudió música y, al mismo tiempo, se percibe que tu voz está muy trabajada...
Sí, pero uno no lo puede decir porque sonaría un poco fanfarrón. Yo estudié música, aunque no mucho: sé leerla. Además estudié canto. Pero aprendo permanentemente visitando los pueblos de Salta. Me siento a escuchar cantar a la gente, presencio los carnavales sin decir nada, comparto sus vivencias. Yo nací en la capital salteña, pero tengo la esencia que me dejaron mis padres, que sí eran del interior, del Pasteadero, en Metán.
El tema de la voz me apasiona. Últimamente estuve pensando en la posibilidad de hacer la carrera de Fonoaudiología, que tanto me gusta. Soy una joven persona de la tercera edad así que me animo a un desafío de este tipo. Yo doy talleres de canto desde hace mucho tiempo y es una experiencia que me enseña mucho.

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