Por Marita Simón

Por estos días, una de las importantes vidrieras de la tradicional farmacia Sudamericana sorprende.
Lejos del glamour de productos cosméticos, uno de los escaparates lleva al pasado con una enorme fotografía del edificio captada en la década del 60. El diseño (realizado por una empleada, Pamela Allende Valdez) se completa con utensilios propios de un laboratorio, que fueron utilizados cuando en el lugar se fabricaban medicamentos.
Como en tantas farmacias, hasta el siglo pasado el área de droguería era habitual para la preparación de numerosos remedios que hoy solo se venden industrializados en grandes laboratorios.
Frascos de grueso vidrio marrón para evitar que la luz mute los preparados; recipientes y morteros de inerte porcelana, matraces para medir líquidos o mezclar soluciones químicas, y otros instrumentos propios de la actividad se integran a la decoración de la vidriera del ayer.

Algo de historia

La farmacia Sudamericana abrió sus puertas en 1915 en la actual peatonal Alberdi. Cabe señalar que esa arteria en el siglo XVII se llamó De la Caridad, a comienzos del XIX pasó a denominarse Del Mercado y en 1891 Libertad. Desde el 16 de mayo de 1924 fue rebautizada como Juan Bautista Alberdi. En la esquina con Alvarado se levantó este edificio de estilo academicista italianizante, que tenía un arco importante en el extremo superior, enlazado por un balcón con balaustres romanos que rodeaban el techo y que hoy ya no existe.
El lugar tuvo una rica historia, ya que allí funcionó la Casa Introductoria Usandivaras e hijo y Cía, fundada en 1860 por Ángel Zerda en sociedad con Félix Usandivaras Zerda, que abarcaba los ramos de almacén, tienda, mercería y ropería.
En 1928 fueron propietarios de la casa Félix Usandivaras Zerda y Julio Usandivaras y en 1941 fue vendida a María de Cornejo y Guillermo Frías.
En los altos de este caserón se instaló también la Escuela de Manualidades creada por el entonces gobernador Joaquín Castellanos y dirigida por el profesor Cristóbal Lanza Colombres.
Entre 1936 y hasta 1971, funcionó en ese primer piso la Biblioteca Provincial Dr. Victorino de la Plaza, período en el que entre sus directores creadores se destacan Juan Carlos Dávalos, Julio César Luzzatto, Marcelo Saravia Bavio, Jaime Hernán Figueroa, entre otros.

La farmacia

Los fundadores de esta casa comercial fueron los catalanes José y Emilio Viñals, quienes en 1915 instalaron la primera droguería en Alberdi 176 (actualmente un negocio de artículos para niños en el que se observa en la parte superior del frente una estructura arquitectónica similar a la de la esquina). En 1919, los hermanos nacidos en Barcelona se trasladaron al edificio actual en Alberdi 102 y fueron sus propietarios hasta el 21 de enero de 1959, cuando fue adquirido por la firma del holandés Adrián van Hall y Cía. junto a José Viñals (hijo). El 18 de octubre de 1972, el comercio se transfirió a una sociedad de responsabilidad limitada, de propiedad de Roberto Stalli quien, con residencia en Buenos Aires, hasta ahora es su dueño.

La biblioteca

Uno de los datos interesantes que seguramente los que pintan canas recordarán, es que en la parte superior funcionó la Biblioteca Provincial, cuyo enorme cartel se observa en la fotografía. Hoy, ese sector solo tiene una importante cantidad de objetos en desuso, algunos de los cuales son los que se exhiben, además de los mostradores y mesadas.
Solo para brindar algunos datos, el primer espacio que usó la biblioteca fue en los altos del primer Teatro Victoria, frente a la plaza 9 de Julio. Luego pasó a La Florida primera cuadra y de allí fue trasladada a los altos de la Farmacia y Droguería Sudamericana hasta 1972, cuando se mudó a Caseros al 900. Allí estuvo durante 35 años hasta que en octubre de 2007 fue trasladada a las exsedes de Asistencia Pública y del Poder Judicial de Salta, en Belgrano y Sarmiento, y que ya es propio.

Objetos que se conservan intactos

Máquinas de escribir y de calcular, manuales ordenados libros contables, teléfonos negros con disco, balanzas de diferente tamaño, frascos carameleros con tapa de aluminio que invitaban al cliente a sacar pastillas para la garganta o alguna sal digestiva, todo está intacto. Y como el laboratorio tenía especial importancia, se conservan los morteros de porcelana, instrumental metálico y de vidrio y los típicos frascos marrones son sus etiquetas identificatorias: ácido tartárico, goma arábiga, elixir paregórico, magnesia liviana, cloruro de sodio, acetato de plomo, carbonato de potasio y muchos preparados más.

¿Qué te pareció esta noticia?

Comentá esta noticia