Entre 1870 a 1910, en nuestro país, la ciencia "no insinuaba la presencia del fantasma, sino que la corroboraba, la presentaba como empíricamente existente", afirma Soledad Quereilhac, autora de Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la argentina de entresiglos (Siglo XXI Editores). Fue un periodo en el cual la ciencia convivió codo a codo con lo inexplicable, sin estorbarse ni intentar anularse. Todo lo contrario. La imaginación científica reunía apariciones, fuerzas extrañas, fenómenos parapsicológicos, magnetismo, locos iluminados, rayos X... Un amplio muestrario de casos raros que captó la atención de diarios y revistas, y que le echó leña -como nunca- al desbordante mundo de la literatura fantástica representada en ese momento por autores como Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Eduardo Ladislao Holmberg.

Con una prosa impecable y atenta a los matices, Soledad Quereilhac propone en su libro un recorrido singular por un período en que se proyectaban utopías a partir del potencial de las ciencias, justo antes de que estas se convirtieran en disciplinas autónomas, complejas y cada vez más alejadas de la comprensión de la gente común.

El recorte temporal de tu libro abarca fines del Siglo XIX y principios del XX, ¿por qué elegiste esta franja?
Porque en el largo período de entresiglos, que va de 1870 a 1910, es posible recortar la emergencia y la posterior transformación de una determinada imagen social de la ciencia, presente tanto en la prensa gráfica, en la literatura fantástica y en los ámbitos del espiritualismo decimonónico (el espiritismo la teosofía, la "magnetología"). Se trata de una representación social y cultural de la ciencia en cercanía con lo que antes era terreno de la magia, la superchería o la fantasía especulativa. Es un período en el que el entusiasmo por el avasallador desarrollo de las disciplinas científicas y por los nuevos descubrimientos, incentiva la imaginación de los legos y genera conjeturas sobre el posible avance del conocimiento científico hacia el "más allá", el espíritu, los fantasmas, las "fuerzas de la mente" y otros fenómenos extraños o paranormales. También predomina aún en este pasaje de siglos una visión mecánica del mundo que influye en las fantasías.

Hablás de la ciencia como motor de fantasías. Pero esa imaginación no sólo crecía frondosamente en los textos de ficción, la misma prensa le añadía leña al fuego. ¿Qué categoría tenía "lo científico" para el lector común en aquella prensa de divulgación?
A lo largo de mi investigación, me topé con la amplia gama de grises que abarcaba el adjetivo "científico" en los años de entresiglos, tanto en la prensa como en otros ámbitos. Tuve que abandonar, ciertamente, la presuposición actual (anacrónica) de que existía una clara delimitación entre lo que era materia de incumbencia científica y lo que no lo era. Por ejemplo, en algunas zonas de la experimentación o en las disciplinas jóvenes, como la psicología, los límites eran lábiles. Lo importante fue detectar que "lo científico", en la época, adquiría su significado según quién lo enunciara: un científico miembro de una academia oficial, un ocultista, un periodista, un escritor de fantasías literarias, e incluso dentro de cada uno de estos grupos tampoco había plenos consensos.
Supongo que la división de aguas era difícil considerando que la "imaginación científica" recogía un clima finisecular marcado por el cruce entre lo espiritual, lo científico y lo pseudocientífico...
Efectivamente. Hablar de tópicos y de discursos cientificistas en los años de entresiglos implica necesariamente considerar que prácticas como la hipnosis y el "magnetismo curativo", la sesiones espiritistas o el estudio de la mediumnidad por parte de numerosos científicos, las hipótesis en torno a la telequinesis y la telepatía, así como sobre distintos tipos de materializaciones de entidades impalpables o invisibles (ya se tratara de espíritus, ectoplasma o "luz astral"), no quedaban necesariamente fuera de las pertinencias científicas, por más que, en algunas oportunidades, su sola mención despertara furiosas polémicas en el debate tanto académico como periodístico. Y fue en sintonía con esta heterogeneidad que surgieron las mejores narraciones fantásticas del período, muy atentas al variado espectro de temas científicos que divulgaban diarios y revistas.

Comentás en tu libro que muchos descubrimientos científicos e innovaciones técnicas se prestaron para reforzar creencias sobre realidades ocultas y entidades suprasensibles. La conexión entre lo racional y lo espiritual parecía mucho más natural en aquel momento...
No sé si lo llamaría "natural", pero sí es cierto que existía un horizonte de posibilidad para el avance de la ciencia sobre los fenómenos ocultos y paranormales, porque justamente, muchos descubrimientos eran interpretados y vividos con el prisma de lo maravilloso. La forma en que la prensa dio cuenta del descubrimiento, por parte del alemán Roentgen, de los rayos X (y luego de los rayos alfa, beta, gamma por otros científicos), abonaba la hipótesis de "lo increíble pero real". Fue posible rastrear numerosas palabras de asombro, de magia, en los artículos periodísticos, y ello sin dudas se hacía eco de una percepción social de época. Si se descubrían, entonces, radiaciones tan asombrosas, ¿por qué no se identificarían las "fuerzas" de la mente, concebidas ahora con la naturaleza de los rayos X? Si se había logrado algo tan impensado como el telégrafo sin hilos, ¿por qué no pensar que la telepatía no era otra cosa que un fenómeno de ondas? Encontré un sinnúmero de argumentos de este tipo, en diversos textos de la época. Los descubrimientos dotaban de nuevos argumentos a las proyecciones del "espiritualismo cientificista".

El punto de partida de tu ensayo fue la coincidencia entre una nota publicada en 1880 sobre el caso de una nena atacada por un bicho alojado en su cama y el cuento "El almohadón de plumas" de Horacio Quiroga...
Efectivamente, leí un breve artículo del crítico Alfredo Veiravé en el que se consignaba esa coincidencia. La pregunta que dejaba abierta su insólito hallazgo era si en la época habrían existido otros cruces entre las fantasías del periodismo y las de la literatura, sobre todo con esos tintes cientificistas propios del "caso raro", como era el del extraño vampiro de la almohada. Fue en las páginas de diarios, revistas y folletos de muy variada índole, publicados en Buenos Aires entre 1875 y 1910, donde corroboré que efectivamente había una cantidad desbordante de noticias y pequeños ensayos sobre temas muy similares a los de la literatura fantástica, que conformaron un mosaico de representaciones heterogéneas y fabuladas de "lo científico". Había allí el vivo testimonio de una imaginación científica incentivada, en parte, por el espectacular desarrollo de las ciencias, pero cuyas formas no podían ser explicadas como un mero reflejo de ese desarrollo. Se amplió, así, mi objeto de estudio; ya no se trataba sólo de pensar la literatura en relación con otros discursos, sino de rastrear qué ideas e imágenes sobre "lo científico" surgieron de aquellas zonas de la cultura donde no se producía ciencia pero donde, en diferentes modos, se especulaba sobre ella.

Se dice de escritores como Julio Verne que consiguieron predecir la ciencia del futuro. ¿Encontraste esa veta en alguno de los autores que incluís en tu libro?
No, porque a diferencia de la literatura de "anticipación", estos relatos buscaban recrear sucesos de una Buenos Aires contemporánea, anclados en el presente inmediato de los lectores y vinculados a los debates científicos del momento. Había una constante preocupación por tornar verosímil lo sobrenatural con explicaciones tomadas de las ciencias, incluso con descubrimientos recientes, conocidos apenas pocos meses antes de publicarse el cuento. En un relato de Leopoldo Lugones, llamado "El Psychon" (1898) se apela a la técnica de licuación gases para conjeturar la posibilidad de licuar el pensamiento, tomado análogamente como un gas, al que se nombra psychon. En 1894, Ramsay había identificado el "argón" y el "helio"; y en 1898, el inventor británico William Hapson perfeccionó la producción de aire líquido, gracias a lo cual Ramsay y Travers descubrieron nuevos gases. Todos estos autores son citados por Lugones en su cuento, en el que se pasa sin solución de continuidad de estos referentes reales hacia la fantasía científica del gas "cerebral". No se busca tanto la anticipación, sino multiplicar las mágicas posibilidades del presente.


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