¿Qué es lo típicamente femenino y qué es lo típicamente masculino? La pregunta ha sido durante siglos el disparador de cientos de estudios, afirmaciones y también prejuicios. El antropólogo Alejandro Grimson y la socióloga Eleonor Faur tomaron la posta y examinaron muchas de las falsas creencias que sostienen la desigualdad entre hombres y mujeres, abriendo la discusión acerca de un mundo que no es blanco y negro, sino que está lleno de matices. Sus conclusiones están en el libro Mitomanías de los sexos, editado recientemente por Siglo XXI.

¿De qué manera una sociedad se deshace de paradigmas nocivos como los que se enumeran en Mitomanías de los sexos?
La sociedad está cambiando de manera continua. Esta época ya es un tiempo de transformación. Hace cien años las mujeres no votábamos, no estudiábamos en la universidad, no manejábamos, no podíamos decidir el domicilio conyugal y ni siquiera compartíamos la responsabilidad legal por nuestros hijos. Hoy eso se modificó y ya hemos logrado naturalizar estos avances. La pregunta que hacemos en el libro es qué cambió y que no cambió. Los cambios se observan de generación en generación, cualquiera puede encontrarlos en sus propias familias. Por ejemplo, identificar cómo vivían sus abuelas, sus madres y las mujeres contemporáneas. Cada cambio supuso conquistas sociales, un cambio de sensibilidad pero también el reconocimiento de que algo no estaba bien si se mantenía ese orden de cosas. ¿Podíamos seguir diciendo que la sociedad era democrática y el voto "universal" si la mitad de la población no podía votar ni ser elegida? Hay cosas que no cambiaron. Se siguen matando mujeres, se sigue violando, las mujeres seguimos ganando menos que los hombres por nuestro trabajo y se sigue considerando que la crianza y el cuidado familiar es responsabilidad principal de las mujeres. Esos son algunos de los temas del debate actual, que la sociedad entera está discutiendo.

En Mitomanías citan investigaciones que ponen en duda características de género que se sostienen en postulados de la biología y de la neurociencia, como por ejemplo: "los hombres son mejores para la matemática, son más racionales, etc", "las mujeres son mas detallistas, son más emotivas, etc"...
En el libro comenzamos diciendo que las diferencias biológicas existen, pero discutimos la biologización. La idea de que la biología es la que determina nuestra forma de actuar, de sentir y de relacionarnos. Eso ya no es terreno de la naturaleza sino de la cultura. Y nada mejor para demostrarlo que enumerar los cambios que existen en nuestra sociedad, o comparar nuestras vidas con las que priman en otras culturas. La cuestión del cerebro deriva un poco de la misma idea: la obsesión de buscar diferencias estructurales que justificarían cualquier tipo de desigualdad. Hay mucha investigación al respecto, pero en última instancia, los estudios más completos, desarrollados a partir de muestras más grandes, indican que las diferencias en el cerebro -en los pocos casos en que las hay- son mínimas y no se puede explicar si se corresponden con la socialización o con diferencias innatas. Al mismo tiempo, las neurociencias nos enseñan que el cerebro tiene una enorme plasticidad, y de manera continua elabora nuevas conexiones entre neuronas a partir de lo que la persona vive, de su contexto y de sus prácticas. Eso equivale a decir que en definitiva, no hay ninguna nada allí que no se altere por nuestra forma de vivir. Por eso decimos en el libro que aunque nuestros cuerpos no sean intersex, nuestros cerebros sí lo son. Todo ello está asentado en un corpus de investigación científica actual.

Con gestos, chistes e incluso hablando en serio, se ha construido una mitología sobre las mujeres ("nadie entiende a las minas") que incluso muchas congéneres retransmiten y ayudan a perpetuar...
Muchas de las cosas que se dicen sobre las mujeres expresan las pautas de una cultura machista instalada entre hombres y mujeres. Durante siglos los que escribieron sobre nosotras fueron siempre hombres. Y muchas mujeres se apropian y replican esa perspectiva y ese lenguaje, por ejemplo, cuando sostienen que sus congéneres son "chicas fáciles", o que son "machonas", etc. Estamos todos, hombres y mujeres, atrapados en una jaula construida a punta de estereotipos. Pero los hombres también se juzgan de manera muy dura entre sí. Se burlan de un hombre al que consideran "femenino", arengan en los estadios de fútbol contra los homosexuales, se califican como "winner" o "looser" de forma dilapidaría... Son mandatos que también los oprimen y les impiden expresarse de un modo más genuino e igualitario.

Nuestra sociedad ha hecho avances sustanciales en términos de igualdad pero, ¿por qué molesta tanto todavía que una persona no se adecue a los mandatos impuestos sobre su género?
Los cambios no siempre son fáciles de procesar. Estamos todos implicados, todos somos parte del cambio, pero también hay personas que tienen más resistencias que otras. Que están atrapadas en esquemas dicotómicos, que consideran que sólo hay una forma, o una forma "correcta" de vivir la masculinidad y lo mismo con la feminidad. Lo cierto es que, incluso si ponemos en suspenso la cuestión de la sexualidad, la mayoría de las personas no encajan en un 100% en los mandatos de su género. ¿Quién puede asegurar que los hombres no se emocionan o que son siempre valientes o que siempre quieren tener relaciones sexuales? ¿Quién puede sostener que las mujeres no son racionales o que son menos aptas para las ciencias, cuando más de la mitad de las investigadoras del CONICET son mujeres? El ejercicio que nos debemos es, simplemente, el de la reflexión, el de la observación de la sociedad como es, y no sólo como nos enseñaron que era y que debía ser. Porque esa sociedad supuestamente ideal discriminó a muchas personas que no encajaban en los moldes. A los gays, a las lesbianas, a los que se percibían como mujeres a pesar de tener genitales masculinos, etc. Y es el día de hoy cuando todavía hay adolescentes que se suicidan porque no pueden soportar más el bullying que reciben de sus compañeros por vivir una sexualidad diferente. Discriminar es más que una inclinación o un gusto personal. Cuando se produce el sufrimiento ajeno, la discriminación es una inmoralidad.


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