La Fuente de las Nereidas obra de la escultora Lola Mora se inauguró en Buenos Aires el 21 de mayo de 1902 a las 4 de la tarde. Estaba emplazada en el Paseo de Julio y Cangallo, hoy Alem y Perón, un lugar que comenzaba a urbanizarse. Los porteños esperaban ansiosos la primera fuente de mármol de la ciudad que desde su capitalización -en 1880 - se empeñaba por parecerse a París. Buenos Aires estaba en pleno proceso de cambio de imagen.
Durante la intendencia de Torcuato de Alvear se habían demolido la "hispana" Recova de Plaza de Mayo y arquerías del Cabildo para ampliar la Avenida de Mayo. Siguieron pavimentaciones de calles y la creación de plazas y paseos públicos.
Hacia 1909, la municipalidad había adquirido gran cantidad de elementos decorativos urbanos, en su mayoría de las grandes fundiciones de Francia como Val D'Osne: esculturas, farolas, bancos, rejas, mástiles y fuentes. Excepto algunas farolas y esculturas decorativas en bronce, casi todas estas piezas estaban moldeadas en hierro fundido, huecas en su interior. Esta especie de furor por la decoración urbana se explica en gran parte por la cercanía del Centenario de la Revolución de Mayo que operaba como hito objetivo de gran carga simbólico patriótica.

Lola, en Roma

Lola Mora se había instalado en Roma desde 1897 para perfeccionarse en las técnicas de la escultura italiana. Allí se había convertido en una de las artistas más requeridas por la aristocracia romana. Hacia 1900 obtenía los primeros encargos argentinos, entre ellos la Fuente de las Nereidas que había ofrecido a la Municipalidad de Buenos Aires. Cuando en 1902 la artista llegó de regreso a Buenos Aires con las piezas de la fuente embaladas, no se sabía cuál sería el emplazamiento. En el Gobierno municipal se evaluaban diferentes destinos, desde la Plaza de Mayo hasta el Parque Tres de Febrero, Mataderos, Parque Patricios o Parque Colón. Está bastante difundida la idea de que la fuente de Las Nereidas fue resistida por ser obra de una mujer y por los desnudos que pretendían ubicarse frente a la Catedral Metropolitana. Sin embargo, Patricia Corsani, en su biografía sobre Lola Mora, sostiene que "son escasos los testimonios sobre el tema". La Plaza ya tenía un rol cívico, se la reservaba para celebraciones patrióticas, protocolares y religiosas.

Algo novedoso

El espíritu festivo de Las Nereidas y su apelación a la mitología griega no se condecían con aquellas funciones. El contexto más adecuado para comprender la implantación de esta obra en el Paseo de Julio debe buscarse en el embellecimiento de la ciudad que llevaban a cabo los funcionarios y se había hecho carne en la población. Por una parte el Paseo de Julio iba adquiriendo un cariz cosmopolita, muy visitado por los inmigrantes. Por otro, la fuente "era algo novedoso": el tema del nacimiento de Venus, las dimensiones de una escala mayor a las dos fuentes de hierro fundido existentes y la primicia del mármol blanco de Carrara eran todas éstas características que produjeron una gran expectativa en los porteños. Por eso en aquel día inaugural, Lola Mora tuvo la satisfacción de verse acompañada por una verdadera multitud. Además, en épocas de gran conciencia sobre la nueva Nación que se mostraba al mundo europeo, aportar una fuente de tal envergadura a la Capital era realmente para la artista una profunda realización personal. Estaban presentes en el acto el intendente de la Ciudad Dr. Alberto Casares, el director de Paseos Arq. Carlos Thays, el pintor Ernesto de la Cárcova y el ministro del Interior Joaquín V. González. Hubo una ausencia incomprensible: la del presidente de la Nación Julio A. Roca y amigo de la escultora. Pero esta circunstancia no pudo opacar el acto.
Nunca tan cierto aquello de que "una imagen dice más que mil palabras": el pueblo presente y el rostro sonriente de Lola se pueden ver con total claridad en las fotografías de aquel histórico momento.

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