Julio Lavallén pasó tardes enteras con Jorge Luis Borges, retratándolo en su departamento de la calle Maipú al 900, en Buenos Aires. Eran los años 80 y hacía un buen rato que Lavallén había dejado su Entre Ríos natal para internarse en la vorágine porteña con el objetivo de dedicarse de lleno al arte. Por entonces, su trabajo ya era uno de los más sólidos en el ambiente de la plástica nacional y, aunque el autor de El Aleph no tenía por qué estar enterado de ello, recibió al entrerriano con la cálida simpleza que caracteriza a los grandes. Lavallén -convencido como estaba de que ser artista no es un estado que se conquista y se retiene sino una manera de vivir-, agradeció el gesto de Borges siendo puntual en sus citas y dibujándolo casi en silencio, mientras el escritor hablaba y hablaba. "Era un hombre ameno, gran conversador -recuerda hoy el artista-, pero nunca me animé a pedirle que me firmara un libro o que se sacara una foto conmigo. Hoy me arrepiento, pero en ese momento hubiera sido un despropósito", confiesa el pintor, que sigue siendo fiel a esa pulsión que algunos llaman principios.
Todos los papeles que Lavallén garabateó esa vez con el rostro de Jorge Luis Borges quedaron fermentando el recuerdo, hasta que muchos años después, cuando el autor de las ficciones más extraordinarias del siglo XX ya había muerto, se volvieron obra de arte. Lavallén demoró en pintarlo porque no le parecía correcto usufructuar la ausencia de alguien que había confiado en él y que lo había hecho sentir interlocutor válido aunque él casi no hubiese pronunciado palabra. "No me quedé con ese retrato. Me lo compró un amigo", remató el artista.

Efectivamente: Borges no está entre las obras de "Dar la cara", la muestra instalación (retratos + audios con voces) que Julio Lavallén presenta estos días en la planta baja del Museo de Arte Contemporáneo de Salta (Zuviría 90). Desde el fondo de las grandes telas pintadas con óleo nos miran, sí, Carlos Gorriarena, Carlos Alonso, Luis Felipe Noé, Isabel Sarli, Hermenegildo Sabat y Roberto Fontanarrosa. Y mientras una línea invisible nos dispara al fondo de sus pupilas insondables, caen sus voces como una llovizna fina pero poderosa, capaz de desguazar el tiempo.

Borges no está entre los retratos de "Dar la cara", pero la anécdota contada por el artista consiguió que su ausencia sonara como un grito. Lavallén, que a veces cuenta historias empezando por lo que no fue, sabe de la vacuidad de reverenciar lo meramente visual y tangible. Después de todo, un buen retrato es el triunfo de lo inmaterial, del semblante inasible, de un paisaje sin tiempo.

"Dar la cara" es una muestra que dice mucho de tu predilección por pintar retratos...
Originalmente esta iba a ser una muestra más compleja, con casi treinta retratos. Era un proyecto que empecé en 1998, en España, y tenía pensado presentarlo en el Palais de Glace de Buenos Aires. Pero como nunca me confirmaron una fecha y yo soy bastante mal gestor, dejé pasar el tiempo y me dejé estar. Al tiempo me llamaron para preguntarme acerca de la muestra, pero les dije que no la iba a hacer porque nunca me habían confirmado. La cuestión es que entré a pensar cómo podía presentar las obras que tenía hasta ese momento, que eran siete u ocho retratos, y se me ocurrió hacer algo más sintético, de bolsillo. Originalmente había pensado en retratar a Mercedes Sosa, a Luis Alberto Spinetta, a Rodolfo Mederos, a Héctor Alterio, Nicolino Locche, Amadeo Carrizo... Mi idea era retratar a personajes de la cultura, y que todos hablaran de sus respectivas caras. Yo venía llevando bien las gestiones pero me trabé con María Elena Walsh. Empezó a poner pretextos y me cansé. La cosa es que resumí la muestra en seis personajes, que son los que presento aquí.

¿Los audios con la voz de cada uno de los retratados es un recurso para acercarlos al espectador?
Exacto. Por un lado el tipo habla de su cara, escuchás el timbre de su voz, y por otro lado lo estás viendo. Es muy loco porque a los primeros tres retratos (Noé, Gorriarena y Alonso) los hice en España. Allá no los conocía casi nadie pero cuando mostré las obras e hice escuchar las grabaciones registradas en cada encuentro mío con los retratados, sabían de quién era cada voz. No le erraban.

En su grabación, Luis Felipe Noé dice que "si hay algo de lo que uno no es dueño es de su propia cara". ¿Te apropiás de los rostros sin que nada, ni siquiera esas voces, interfieran?
Se trata de dejar de pensar en formas literales y empezar a encontrar manchas o figuras o ciertas cosas que ocurren en un paisaje. Es tomarlo desde otro lado. Hasta el punto que algunas veces te vas a la mierda. Entonces te das cuenta que estás perdido y recupero el dibujo, lo acomodo un poco y lo dejo ir otra vez. La pintura no es una superficie que acompaña la forma que yo estoy viendo, sino que se libera y aparecen cosas extrañas, como colores que flotan. Esos colores, de alguna manera, compaginan en nuestro cerebro un rostro. Hacer una cara imaginaria es un tema, y tratar de entender a alguien, de descubrir desde donde te mira, es otro tema.

¿Ese lugar donde te parás como artista difiere mucho del lugar en el que se posicionaban los retratistas del Siglo XVII o XVIII?
De alguna manera uno se debe a su época. Hubo tiempos en los que el retrato fue una especie de estereotipo. No se ajustaba a la realidad anatómica del retratado. El personaje pertenecía a cierta tipología y así lo retrataban. Pasaba en la época medieval, por ejemplo. Los orientales también hicieron lo mismo: tenían tipologías para cada dinastía. Era un simbolismo. La apariencia era una cuestión tan efímera que no tenía ninguna relevancia. Lo importante era la esencia a la que había llegado ese individuo. Yo no creo que mantenga mucho de estos rasgos antiguos, pero de alguna manera algo de todo eso debe seguir haciendo rum rum.

Preferís no usar la palabra "creación" para referirte al trabajo del artista, ¿por qué?
Sí, lo que pasa es que me parece demasiado importante "crear". Es un término demasiado elevado. En el fondo, todo lo que uno hace es una creación. Uno está creando mientras cocina. La existencia requiere la creación, pero en términos de arte me parece que crear es una palabra muy grande. Pienso que los artistas somos solo hacedores que gozamos de algunos momentos de lucidez.

Un artista de trayectoria como vos, bien plantado en la pintura, ¿abandona un poco el dibujo?
Cuando sos músico, no sos solo violinista, por ejemplo. También tocás un poco el piano y aspirás a tocar un fuelle. De la misma manera, el artista se relaciona con diferentes ámbitos y logra distintas elocuencias en lo que uno intenta hacer o decir. Por momentos te dan ganas de hacer un dibujo con acuarelas y pincel y entonces armás una mesa y te ponés a dibujar tacitas. Te ponés a jugar. Lo lúdico es muy importante para mí porque allí no hay pretensiones. Es la distracción, la curiosidad, el perderse...

Hace dos años decidiste instalarte en Salta cuando se supone que Buenos Aires es la gran vidriera...

Hay muchos colectivos y trenes que uno se pierde, es verdad, pero uno conserva sus boletos. Podés volver y hacer cosas. Y más hoy en día, con lo sencillo que es comunicarse. De repente me surgen laburos para hacer, voy, los hago y me vuelvo. Son espacios que uno se fue ganando. Andar por las muestras, careteando, sí genera cosas. Pero yo hace rato que me retiré del vértigo de esos circuitos.

Escuchamos a muchos artistas decir que el arte es una forma de vida. Suena a cliché pero a veces no lo es. ¿Asociás arte a principios?
Sí, creo que no hay otra posibilidad. Todo arte vive del oficio y si el oficio ayuda a crecer desde el punto de vista espiritual o intelectual, sirve. Pero si el oficio solo sirve para vender, estás poniendo el carro delante del caballo. Se invierte la cosa y se nota claramente. Los que llevan un tiempo en esto saben cuando alguien está haciendo cosas nada más para vender.

Viaje inmaterial al fondo de unas pupilas

Julio Lavallén inició sus Retratos en homenaje en 1998. Para comenzar, eligió a una serie de artistas plásticos y de personajes de la cultura. Esas obras forman parte hoy de la instalación "Dar la cara". Son grandes óleos colocados por separado en gabinetes oscuros, donde el espectador puede "intimar" con cada obra al tiempo que -a través de pequeños parlantes- escucha la voz grabada de cada uno de los retratados, hablando acerca de sus propios rostros.

Ese fue el tema que Lavallén les propuso a sus modelos abordar en cada encuentro, al tiempo que los fotografiaba. De la mano de la muestra "Dar la cara" nació un libro, Retrato retratado, que el artista también presenta en el Museo de Arte Contemporáneo. En el texto, el autor reflexiona sobre el rostro como puente de relación entre los seres humanos. También incluye la transcripción de sus conversaciones con Sarli, Alonso, Noé, Gorriarena, Fontanarrosa y Sabat.

Julio Lavallén nació en Concordia, Entre Ríos, en 1957. Es pintor, dibujante, escultor, escenógrafo y maestro de arte. A los 22 años se radicó en Bs. As. y en 1989 se trasladó a España. Expuso en galerías de París, Roma, Nueva York, Londres y Madrid. En 1999 volvió a Bs. As. y fundó la Sociedad Manual, dedicada a ofrecer trabajo a jóvenes desocupados. Actualmente reside en Salta.



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