El Guaira Castilla y su hermano, el Teuco, se parecen hasta cuando hablan. A su vez, ambos tienen mucho de su papá, Manuel J. Castilla, el poeta que siempre anda resucitando en alguna zamba o en los ojos alucinados de quienes, como él, se dejan estar sobre la tierra abrazados por la poesía.
Gabriel Guaira Castilla, titiritero y escritor, vive en una casa poblada de libros y pinturas que trepan hasta el borde del techo. Su desorden se parece mucho a la melancolía que, de solo estar -y sobre todo cuando el cielo es gris-, se llena de recuerdos.

Manuel Barba Castilla, el poeta enorme que se ubicó en un punto pequeñito y preciso -el noroeste argentino y el sur latinoamericano- y, desde allí, se hizo universal, para sus dos hijos era simplemente el "tata". "Fue un gran amigo. Así nos enseñaba, como al descuido, a andar la vida", lo resume hoy -Día del padre- el Guaira, barajando fotos viejas sobre una mesa.

Astillas del mismo palo, tanto Leopoldo (Teuco) como él se treparon a esa especie de viaje inmóvil que les proponía su tata a través de la escritura, y también a ese otro viaje, ajetreado y empolvado, que comenzaba cada vez que cargaba sus títeres en una valija. Porque además de escritor y periodista, el Barba fue titiritero de mil caminos. Como el Guaira (guaira: "viento" en quechua), que desde hace más de treinta años recorre pueblos y ciudades de los dos continentes, siempre con sus muñecos a cuestas. El salteño, que es un maestro del títere de guante, ha participado en numerosos festivales y además es autor de textos y pantomimas llenos de poesía y humor.

"La casa de mi infancia estaba en la calle 25 de Mayo, entre Belgrano y España -cuenta el Guaira-. A mi tata lo recuerdo en el patio, armando un teatro de títeres con Jaime Dávalos. De día, y más a la noche, escribiendo. Escribía y leía".

Vuelta a vuelta, Manuel J. Castilla decidía salir de gira en yunta con Carlos Luis Pajita García Bes, artista plástico y bohemio, como él. Las obras se ensayaban antes en casa, por supuesto. "Yo era niño y como tal quedaba maravillado al ver que se metían tras del retablo y sucedía esa conmoción al abrirse el telón mostrándome que existía otro mundo", recuerda el Guaira.

"Con y sin títeres tenía por hecho que su vida era escribir viajar y escribir. En esos ensayos improvisaban para reírse ellos de la impresión que nos causaba al Teuco y a mí que el títere nos nombrara y supiera las travesuras que habíamos hecho en esos días. Muchas veces nos llevaba de compañeros y ahí también nos enseñaba a ver", contó.

Sobre el rol de Manuel como cabeza de familia, el Guaira admite: "Creo que más bien nos dejaba hacer y eso hacía que nos cuidáramos mucho de alejarnos de la rectitud, que era una norma indeleble en mi casa. De él aprendí todo lo que sé, por consejos y por actitudes. Era muy generoso. Una vez fueron con su amigo César Perdiguero a España y en La Mancha conoció un poeta que era maestro. Este le mostró los originales de su libro, mi padre se lo pidió para mostrarlo en Argentina. En Salta hizo una serie de audiciones para la radio y con el dinero que cobró, lo hizo imprimir y le envió de regalo la edición a su autor. Con otros poetas amigos hizo lo mismo".

A mediados de la década del 50, el Barba ya había publicado Luna muerta (1943), La niebla y el árbol (1946), Copajira (1949), La tierra de uno (1951) y Norte adentro (1954), y había escrito junto al Cuchi Leguizamón la "Zamba del pañuelo". Luego vinieron "Maturana", "La pomeña", "Zamba de Lozano", "Zamba de Juan Panadero", entre otras muchas canciones que los consolidaron como una de las duplas creativas más formidables de la música popular argentina.

El Guaira cuenta que su tata no necesitaba de "climas" especiales para dejar entrar a la inspiración: "Cuando estábamos junto a él, nos leía. En la casa siempre había amigos artistas. Él podía escribir mientras conversaba con ellos".

Como dramaturgo, el Guaira hizo su propio camino alcanzando reconocimiento en diferentes partes del mundo. Así por ejemplo, su libro "Telón de cielo" (Buenos Aires) obtuvo Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura Infantil, 1997/99, y otra de sus obras, "El soñador" logró el Primer Premio Internacional de Textos para Adultos en Santiago de Compostela, España, en 2003.

"A veces se quedaban escribiendo mi padre y mi hermano entonces yo me sumaba escribiendo alguna cosita sin valor solo por estar con ellos. Por suerte no opinaban nada", comentó el Guaira acerca de sus comienzos en la escritura.

En cuanto a su otra pasión, el teatro de títeres, fueron dos los que atizaron el fuego: "José García Bes me hizo decir que hiciéramos títeres juntos y mi padre me dijo: 'Con los títeres podés dar la vuelta al mundo'". Como compensación, sonaba más que suficiente.

Gabriel Castilla es considerado uno de los titiriteros solistas más importantes de Latinoamérica y España. Como su padre y su hermano, siempre ha sido y será un eterno viajero sin tiempo. Como el viento -y haciendo honor a su sobrenombre-, prefiere la imprecisión de seguir naciendo en los caminos. "El año pasado estuve en un festival internacional en Quito. Este año en un festival mundial en Córdoba. Al cabo de un tiempo, creo haber logrado armar un corpus sobre mi oficio abordándolo desde distintos puntos de vista", contó el Guaira, que -confiesa- no está dispuesto a jubilarse "porque títeres y titiriteros se necesitan para seguir viviendo".

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