Juan Gelman afirmó una vez que "a pesar de los genocidas, la lengua permanece, sortea sus agujeros, el horror que no puede nombrar". El escritor tenía toda la razón y hoy, cuarenta años después de la dictadura cívico militar que asoló el país entre 1976 y 1983, muchas de las historias para niños que habían sido prohibidas por "peligrosas", siguen circulando y gozan de muy buena salud.
Las palabras que quisieron aniquilar sobrevivieron gracias a posteriores reediciones pero también a partir de la valentía de muchos docentes que se animaron a desafiar la absurda censura oficial. Así lo destacó la escritora cordobesa Laura Devetach, autora de varios de los textos infantiles prohibidos durante la dictadura, entre ellos,

La torre de cubos: "Maravillosamente el libro siguió circulando pero sin mi nombre: era incluido en antologías, los maestros hacían copias a mimeógrafo y se los daban para leer a los alumnos. Muchos lectores se me acercaron después y me dijeron que habían leído mis cuentos en papeles sueltos, sin saber de quién eran. Recuerdo varias Ferias del Libro en las que las maestras me acercaban esas hojas mimeografiadas para que se las firmara", contó la autora.

Efectivamente, si bien durante el gobierno de facto las prohibiciones se instalaron en todos los frentes, hubo un espacio que el ojo del censor vigiló con firmeza: el de la literatura infantil. Fueron varios los textos que pasaron a engrosar la lista de obras prohibidas por un decreto militar que esgrimía -entre otras- las siguientes razones para ordenar la proscripción de un libro infantil: "Se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo (...)". En esa categoría entraron textos como Picaflores de cola roja y La torre de cubos, de Devetach; Aire libre y Juguemos en el mundo, de María Elena Walsh; Un elefante ocupa mucho espacio y otros cuentos, de Elsa Bornemann; El gallo pinto, de Javier Villafañe, entre otros. También entraron en la "lista negra" obras de autores internacionales como El Principito, de Saint-Exupéry, y La niña que iluminó la noche, de Ray Bradbury.

En el caso de La torre de Cubos, de Laura Devetach, el texto fue prohibido por "cuestionamientos ideológico sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos espirituales y trascendentes" (Hernán Invernizzi y Judith Gociol, Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, Buenos Aires, EUDEBA, 2002). A su vez, Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, fue prohibido porque "de su análisis surge una posición que agravia la moral, la familia, al ser humano y a la sociedad que este compone (Un golpe a los libros, 2002)".

El libro de Bornemann está compuesto por quince cuentos breves que hablan de la libertad, de la amistad, de la solidaridad y de la justicia.

También fueron censuradas obras de Álvaro Yunque, autor de Nuestros muchachos, Niños de hoy y El amor sigue siendo niño, entre otras. Igual suerte corrió José Murillo, autor de Mi amigo el pespir y Leyendas para todos, entre otros títulos, jujeño de militancia comunista, que en sus relatos daba cuenta de la vida dura y sacrificada de los hombres de su tierra.

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