Comedias para ser miradas desde el Mirador del cerro San Bernardo, una redundancia que no daña porque ha sabido conectar al público con actores y autores consagrados y emergentes, estridentes y sutiles. Esas son solo algunas de las variables de nuestro cine, local y plural, que cosecha premios en sus pagos y también en el mundo. La iniciativa que exhibió cine al aire libre permitió disfrutar de atractivas películas argentinas bajo las estrellas. En aquella gran pantalla, muy cerquita de los espectadores, se desplegaron "Vóley", de Martín Piroyansky; "Ni un hombre más", de Martín Salinas; y "Sin hijos", de Ariel Winograd. Risas, enredos y hasta juegos con el policial negro en tono satírico dejaron su impronta entre los salteños, que con sus sillas a cuestas o buscando alguna ubicación natural se deleitaron con el séptimo arte de sello nacional. Hoy, a las 20.30, con la proyección de "Los Marziano" (2011) concluye el ciclo gratuito, que estuvo a cargo de Cine Móvil de la Provincia. Ana Katz, realizadora de la pieza, evoca la risa con agudeza. En la cinta se destacan una atractiva fotografía y momentos del guión en los que lo pequeño genera interesantes movimientos de la trama. Así, quien también estuvo a cargo de "Mi amiga del parque" reconstruye un reencuentro entre dos hermanos tras un largo período de distanciamiento. Se trata de un relato que trabaja con profunda inteligencia -y rasgos de comedia- el universo de las relaciones familiares que no siempre son lineales, sino más bien todo lo contrario.
Está protagonizada por Guillermo Francella, que encarna a un verdadero nostálgico, y Arturo Puig, un "hombre bien" casado con Nena (Mercedes Morán) que se alía con Delfina (Rita Cortese) para recomponer el vínculo fraternal resquebrajado. Luis (Puig) y Juan (Francella), el mayor y el menor de los Marziano, el proveedor y el indefenso, componen un verdadero juego de opuestos: uno vive en un country y está obsesionado con una extraña ola de ataques a los golfistas del barrio privado: alguien cava pozos profundos en la cancha y los jugadores, desprevenidos, se deslizan dos metros bajo el pasto, con la involuntaria y forzada paciencia para esperar que alguien los encuentre y los devuelva a la superficie. Juan vive en Misiones, en segundas nupcias. Tiene una hija en Buenos Aires a la que casi no visita y que no sabe cómo conocer en profundidad. No tiene trabajo, pero ha conseguido una entrevista. Hacia allí va, en su moto, cuando observa un cartel de la ruta y se da cuenta de que no puede leer. Una atípica enfermedad neurológica es el pretexto para llevarlo a la capital. Allí se inicia la espiral para generar el reencuentro de los hermanos, con Delfina Marziano (Cortese) en el medio, quien pacta con Nena para intermediar y componer la relación de los varones, quebrada durante años. Además, ayuda a Juan a buscar remedio para la rara dolencia que lo aqueja.
Sin dramatismos innecesarios y lejos de los lugares comunes o las escenas predecibles, el filme funciona como un mecanismo de relojería donde no hay cabos sueltos. Además Katz resignifica la máxima hernandiana de "los hermanos sean unidos" en un relato que invita a la reflexión sobre nuestros afectos más cercanos.

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