Con el sello de Sudamericana, este mes salió a la calle "La novela de mi vida", autobiografía literaria y profesional donde Marcos Aguinis recorre las intimidades de su vida como una sucesión de profesiones, encadenadas o superpuestas, empalmadas o canibalizadas hasta quedar reducidas a mero recuerdo. Al mismo tiempo, en esta nueva obra el autor refleja sus búsquedas y batallas personales y las combina con reflexiones acerca de grandes hitos contemporáneos, como los sacudones mundiales, el conflicto árabe-israelí, Argelia, las dictaduras, el populismo.
A continuación, uno de los capítulos de la flamante autobiografía del polémico autor cordobés:
"Mis primeros "títulos" (¿profesionales? ¿pueriles?) se los debo a la música. Profesor de piano y luego concertista, con los diplomas correspondientes que, en aquella lejana época, resplandecieron ante mis ojos como los picos del Aconcagua. Y que los conservatorios jerarquizaban para establecer metas y también -¿por qué no?- cobrar derechos. Para la obtención de esos títulos se efectuaba un recital ante el cuerpo docente y todos los estudiantes. En los programas de ambos largos exámenes sumé varias obras: recuerdo una sonata de Beethoven, estudios de Chopin y piezas de compositores
argentinos -obligatorios entonces- como Julián Aguirre y Alberto Ginastera; también la sonatina de Ravel, páginas de Debussy, una Bachiana de Villa-Lobos y la Rhapsody in Blue completa, para piano solo, de George Gershwin.
Por entonces también me deleitaban Poulenc, Grieg, Domenico Scarlatti, el barroco Haendel y los principales románticos como Félix Mendelssohn y Robert Schumann, a los cuales aprendía de memoria para pulir su ejecución.
Desafiante -o temerario-, por sugerencia de Elio me introduje en el Concierto número uno de Franz Liszt. Tras mucho entrenamiento llegué a tocar con precisión los acrobáticos acordes iniciales, luego me distendía en la ensoñadora porción intermedia y, por fin, le daba con la máxima energía de mi cuerpo al enjoyado entretejido que conforma el grandioso final. Elio Canale consideró que podía tocar esa obra con la Orquesta Sinfónica de Córdoba. Creí que bromeaba, como lo hacía a menudo.
Pero una tarde anunció que había arreglado un encuentro con su director en el maravilloso Teatro Rivera Indarte, una de las mejores salas líricas del país.
Me pareció irreal. Moví los labios sin emitir sonido y mis cejas se elevaron hacia el cielo raso en busca de confirmación.
A menudo yo concurría a ese teatro, compraba la entrada más barata, la del llamado "gallinero", me instalaba cerca de la bóveda levemente coloreada y, desde allí, gozaba la visión de los músicos ordenados sobre un escenario hundido en la profundidad distante, pero iluminada por concentrados focos.
Di la mano al director de abundante melena gris que evocaba la de Beethoven, pero se presentó sin su smoking, desde luego. Con Elio de acompañante, conversamos en las aterciopeladas butacas rojas de la platea cuyo confort disfruté por primera vez. Dijo que estaba enterado de mi calidad pianística y le encantaría incorporarme a sus programas. La conversación no se extendió, porque lo esperaban otros compromisos, pero antes de cerrar la entrevista quiso escucharme. En consecuencia, trepé al escenario. Mis pisadas fueron cautelosas, como si ingresara en un amenazante círculo encantado. Desde el tablado lustroso donde solían deslizarse los bailarines de
un ballet o se instalaban las sillas de los músicos, se desplegó ante mis ojos el intimidante hueco del teatro vacío, con su hemiciclo de balcones a media luz donde titilaban relieves barrocos. En el centro el escenario, igual a un animal antediluviano con su tapa abierta, aguardaba el piano de cola, el mismo instrumento del que habían brotado maravillas gracias a los dedos de muchas celebridades como Arthur Rubinstein, Witold Malcuzynski, María Tipo, Claudio Arrau, Friedrich Gulda. Me senté en el mullido taburete, observé las teclas y, desconfiado de la realidad, apreté una negra y otra blanca para enterarme si sonaban. Levanté los brazos y descargué ambas manos sobre el primer acorde. De inmediato el segundo. Y el tercero.
Hasta que me sentí empujado por la energía de esa música endiablada. En mi cabeza sonaba la orquesta, que Elio había ensayado conmigo desde el otro piano en la sala principal del conservatorio. No volvió a presentarse el antiguo bloqueo adolescente. En las porciones donde debía lucirse el piano solo, aprovechaba para obtener el mejor sonido, incluso con silencios que aumentaban mi seguridad.
Cuando me apoyé sobre el último acorde, permanecí quieto durante casi un minuto. Mis brazos descendieron con lentitud. Al cabo de un instante escuché los aplausos del director y de Elio.
Descendí con cautela, transpirado y feliz. Conversamos otro rato, porque el beethoveniano músico parecía haberse olvidado de sus compromisos siguientes. Me sugirió ajustes en la velocidad y los volúmenes de ciertas porciones. Elio asentía y yo tomaba nota.
Cuando salimos a la calle, una manifestación enardecida llenaba la avenida General Paz. Los caóticos gritos a veces se articulaban con insultos a Perón. La policía montada quería disolver esa multitud a bastonazos. Golpeaba en los hombros, espaldas, pechos y hasta cabezas de los manifestantes.
-Esto no terminará bien- profetizó Elio.
En efecto, la Revolución Libertadora que puso fin al gobierno peronista tuvo lugar en septiembre de ese mismo año, el mes en que iba a tocar el Concierto de Liszt con una orquesta de verdad. Gran frustración. "Uno propone y Dios dispone", me consolaron los amigos con ese trillado lugar común".

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