Martín Sastre es un personaje. Parece el arquetipo del artista contemporáneo. De riguroso traje oscuro, su mirada eléctrica se mueve con brutal facilidad entre cámaras y micrófonos. Saluda a las celebridades y se saca fotos, sin perder nunca su pose. En el Espacio Chandon, de arteBA 2015, expuso una de las instalaciones más grandes de la feria. Pero esa imagen no es más que eso, una imagen del artista. La persona, tal vez, se diferencia del personaje en algunos párrafos de esta entrevista, como cuando El Tribuno lo descubrió paseando con su pareja y su bebé, arrastrando un cochecito como cualquier padre de familia.
¿Cuál es el límite, si es que lo hay, entre un objeto y una obra de arte?
En realidad una obra de arte es cualquier obra que haga un artista, que la valide un curador y que se exponga en un contexto artístico. Mi tío Fernando pinta re bien, es un artista y lo que hace es una obra de arte. Pero digamos que dentro del campo del arte no está validado como puede estar validado el hecho de que yo (Martín Sastre) agarro esto y lo pongo sobre la mesa. El sistema del arte es lo que lo valida. Tiene como unas reglas de autovalidación. Para mi, cualquier representación simbólica de cualquier época es arte. La historia del arte es un invento occidental, europeo. Entonces, probablemente, lo que están haciendo los indios mapuches en el interior no está considerado arte. Para mi, sí lo es. Hay una gran diferencia entre lo que es el arte en general y el campo del arte que se mueve con sus reglas específicas... No tiene porqué estar validado por un mercado. En cambio, sí tiene que haber un curador que diga esto es arte y un museo que diga que es verdad y lo exponga.
En la feria, muchas veces, me resultó más interesante la interpretación de los curadores que el objeto artístico en sí mismo...
Mirá... puede pasar eso o lo contrario. Puede pasar que lo banalicen. La interpretación es subjetiva. En realidad, de lo que se trata la obra artística es de lo que el receptor experimenta cuando está frente o dentro de una obra de arte y eso es intransferible. Yo te puedo contar lo que a mí me pasa y vos contarme lo que te pasa, pero es intransferible.
Cuando se plantea esto de dónde está el límite del arte contemporáneo y yo traté de liquidarte diciendo "esto es así, es ridículo pero es así", lo que se genera es como una banalización del arte y el arte, en realidad, siempre existió y siempre va a tener que existir. Es un instrumento que nos sirve a nivel interior para trascender como seres humanos. Tiene que ver con eso, con lo que personas de tu misma época están produciendo a nivel simbólico.
¿Cuando haces una obra pensar en lo que le puede generar al otro o tratás de volcar lo que te sale?
Sí. Siempre pienso en el receptor. Me gusta generar una empatía. Todo es válido, pero a mi lo que me gusta es cuando se genera un diálogo, un ida y vuelta. Es lo que me motiva.
¿Quiénes son tus referentes contemporáneos?
No tengo referentes.
Imaginá que tenés unos manguitos para comprar una obra...
Generalmente yo compro cosas de artistas jóvenes. Me gusta como encontrar cosas, como de generar como un ciclo, ¿no? Pero no me gusta acumular objetos. Tengo un tema, con esto de que me estoy moviendo mucho, que no hay que tener muchos objetos. Cuanto menos acumules, menos carga tenés. Por eso me gusta lo digital, todo lo que se pueda tener en una nube. Me encanta el objeto libro, por ejemplo, y tengo muchos libros que nunca voy a poder llevar a ningún lado.
¿Tenés rutinas para trabajar?
No. Me resulta muy difícil tener rutinas. Yo obligaría a la gente por ley a hacer cosas diferentes todos los días. De alguna forma las rutinas te vuelven autómata. Muchas veces veo algunas costumbres culturales que la gente practica y no sabe ni de dónde vienen. Están bien algunas tradiciones, pero es mejor si la gente se plantea conscientemente porque las practica, como pueden ser en España las corridas de toros, que mucho no se puede entender.
¿Qué es lo que te gusta de tu trabajo?
Todo. Siempre desde niño dibujaba y un día decidí dejar la facultad de arquitectura y dedicarme al arte. Siempre supe que me gustaba y cuando lo determiné no había marcha atrás, porque era lo que quería hacer. Cuando se lo conté a mi familia fue complicado, porque son todos profesionales y en Montevideo sonaba raro dejar la facultad para dedicarse al arte. Mi madre, abogada, me dijo que me daba un año para demostrarle que podía vivir de eso. Ese año me maté.

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