El mural es una expresión impetuosa. Si volvemos la mirada hacia el periodo histórico en que tuvo su auge nos desplazaremos hasta años después de la Revolución Mexicana de 1910, considerada la primera gran mobilización social en la América Latina del siglo XX.
Rivera, Orozco y Siqueiros, los tres grandes pintores de la Revolución, se propusieron pintar para el pueblo. Para ellos les significó un arte pública y colectiva, que rompía con el individualismo de la pintura de caballete. Estos muralistas creían que el mural por sí solo podría redimir artísticamente a un pueblo que había olvidado la grandeza de su civilización precolombina durante tantos siglos de opresión extranjera y de expoliación por parte de las oligarquías nacionales culturalmente volcadas hacia la metrópolis española. Por lo tanto, produjeron obras en lugares públicos para que todos las pudiesen ver. Ese era el espíritu.
Pero hoy son muchos los que valoran tener un mural en su espacio privado. El muralista Martín Córdoba, por ejemplo, le contó a El Tribuno que él y otros artistas que viven en Salta reciben estos encargos. Y ellos van prestos a volcar su arte en donde sepan apreciarlo. A veces, sin directrices culturales de por medio, se permiten desplegar su creatividad, su pasión y sus procedimientos de decoración mural. En este caso el proceso es dialéctico, un consenso entre artista y patrocinador.
"A veces la gente tiene ya una imagen determinada que quiere poner en su pared, me contrata y me da esa idea para que la desarrolle, pero también está el que te permite la creatividad", señaló. Acerca de si existe un perfil de cliente en Salta Martín explicó que aquí muchos desean una continuación de su entorno habitual. "Siempre me llamó la atención eso de pedir cosas que la gente ya tiene. Por ejemplo, ahora debo hacer el Cristo de La Caldera... en La Caldera y me parece loquísimo porque la escultura está a veinte minutos de sus casas...", comentó. Martín agregó que atendió encargos de hostales que le solicitaron que retratara el Tren a las Nubes, el dique Cabra Corral, es decir, que mostrara destinos que los turistas suelen conocer en excursiones y paseos. Es entonces cuando el prisma creador se impone para que el producto se asemeje a un objeto artístico. "Trato de jugar con el color. Estuve en el Museo del Vino, en Cafayate, y ellos también pedían vendimias y toneles, es decir, más de lo mismo que hay ahí. Entonces les presenté un boceto con animales de la región, pero con otros colores. Pinté un guanaco fucsia, un zorro azul, una liebre verde, como para romper un poco, porque si no ¿cuál es mi trabajo? Porque soy muralista, no fotógrafo, si no fotografiemos un burro y ya está", relató. El muralismo en la calle es un canal abierto para críticas, tanto políticas como sociales, una condición que se diluye, tal vez, en un trabajo consensuado; pero no necesariamente riñe con la posibilidad de la reflexión. "Creo que tiene que ver mucho con la tradición y la estructura del ser humano, con querer ver lo que entiende y no ponerse en el juego de por qué se hizo esto o tener algo que no se entienda. Pasa mucho con la pintura y, sobre todo, en lugares como Salta, con mucha tradición, con un espectro cultural contenido; pero quizá sea un primer paso decir: 'Haceme un mural'", concluyó.

Un pedazo de su tierra sobre la pared

Geruza Queiroz Coutinho es historiadora y docente en la Universidad Nacional de Salta. Oriunda de Río de Janeiro, vive en nuestra ciudad hace 22 años. Tiene dos hijos: Rocío (14) y Pablo (11) Bellavilla. Todos habitan un departamento céntrico con balcón. En las paredes laterales de este espacio pintó Martín Córdoba y en otra está trabajando Pablo. Para hacer ingresar el arte urbano en su hogar, Geruza tuvo dos firmes motivos: el ocio creativo y el diálogo cultural. “Entre los intentos para que mis hijos no estén todo el tiempo con la tecnología, algo avasallador en nuestros días, siempre busco que hagan algo ‘más rústico’. En este caso la textura de los murales en las paredes nos permite el ejercicio de la sensibilidad frente al paso del tiempo y el contacto con la intemperie, algo que nos lleva a pensar en el paso del tiempo y las formas -también bellas- que se van generando con el envejecimiento”, reflexionó. Añadió que cree que una educación apoyada en el lenguaje artístico es más completa, por lo que propicia el contacto de su familia con el quehacer de los artistas en sus muestras y talleres. Pablo, por ejemplo, participó en enero pasado de un curso de street art con Martín Córdoba, y ello permite que el trabajo guiado por su maestro continúe en su casa. Además Geruza es titular de la cátedra Idioma Moderno Portugués en la UNSa. “Como el tema inspirador de los murales fue Brasil y las favelas, me sirve mucho para los contenidos de cultura brasileña que trabajo en las clases con los alumnos y qué más puedo decir... en esa favela artística siento la saudade de una forma diferente”, expresó.


Entrevista a Martín Córdoba, dibujante, grafitero y muralista

“Es tanto el amor del artista por lo que hace que lo haría gratis”


Martín Córdoba es dibujante, grafitero y muralista. Hace ocho años atrás empezó a intervenir las paredes de la ciudad de Salta primero con Javier Cook y luego con Julien Guinet. Ha trabajado en diversas dimensiones utilizando técnicas que van desde el trabajo con aerosol y aerógrafo hasta la acuarela. Realizó muestras individuales y colectivas en museos y salas de la ciudad y participó en pintadas acompañando eventos literarios y musicales junto a bandas como el Barco del abuelo, Las Wi fi y Bort, en vivo en el Cafarock y en el Urbanfest de Cochabamba (Bolivia).

Dirigiste varios talleres. ¿Cómo se enseña a hacer murales?
El muralismo no se enseña en la escuela. No se enseña. Uno lo adopta y lo adapta. Uno es autodidacta y va aprendiendo a fuerza de prueba y error hasta que se encuentra con su línea. El equilibrio no es fácil. No cualquiera va y hace un mural. No cualquier va y hace un cuadro. Los muralistas no están acostumbrados a trabajar en pequeños formatos y de igual manera le ocurre al que trabaja en pequeño.

Primer día de clases y decís: “Estimados alumnos, esto no se aprende”...
(Ríe) Cuando voy a empezar a dar un taller a gente nueva les digo: “Muchachos, a relajarse porque hoy van a hacer el peor mural de sus vidas”. Esto implica tiempo, tiempo y tiempo. Y hacer, fallar y volver a hacer y no estar conforme con el resultado. Tengo muchos trabajos de los que no quiero acordarme. Es parte del proceso, también porque lo que quiero mostrar hoy no es lo mismo que lo que quise mostrar ayer. Entonces también hay que tener conciencia de la evolución, ser conscientes de que esto que estamos haciendo va paso a paso.

¿Pero existen premisas básicas?
Sí, claro. Hay conceptos básicos en el muralismo que uno tiene que saber. Por ejemplo, el tiempo en el cual el espectador puede mirar el mural. Cuando hablamos de mural hablamos de la calle, de una persona que transita en auto, moto, colectivo o a pie. El mural tiene una visualización muy corta, entonces lo que uno pone tiene que ser específico y tiene que tener una lectura lineal. Es decir, vamos avanzando en un auto y vemos un mural. Serán solo tres o cuatro segundos viendo una pared de diez metros. Entonces hay que saber qué tenemos que poner y cómo disponerlo, cuándo hacer un detalle, qué calidad de detalle, qué trabajo de línea, si empobrece la visión o la enriquece. No es que vamos, hacemos un dibujo y listo.

Hay que tener en cuenta la circulación visual del ojo humano...
Sí. El ojo tiene una forma de ver y el cerebro también. Entonces tenemos que saber llevarlo, saber hacer el recorrido del ojo en la pared. No podemos poner algo acá y después llevarlo para que tenga que volver hacia atrás. Debemos darle toda una circulación visual a la obra. La persona no puede estar condicionada a empezar otra vez, porque estamos hablando de un muro en la calle, que será visto por personas en tránsito o a bordo de un auto o un colectivo.

¿Cuál es la diferencia sustancial entre un mural público y otro privado?
Un mural en un espacio privado puede tener trescientos mil detalles y mientras más detalles tenga mejor, porque el espectador no se va a cansar de verlo. No va a descubrir todo al toque, es distinto. Un mural en una casa es como un cuadro grande, donde uno puede tomarse el tiempo de un detalle, de esconder cosas, de hacer caminos visuales distintos, porque la persona está parada en frente de una pared, en cambio en la calle vos solo pasás. Entonces hay que saber mostrarle a la gente lo que uno quiere.

¿A la gente aún le cuesta entender que un muralista es un artista, un profesional que vive de pintar murales?
Sí. Por más que nosotros tengamos más de setenta años en esto la gente nos seguirá mirando como a un niño que está al pedo, sentado en el patio de la casa y jugando con crayones hasta que la madre termine de cocinar y lo llame adentro. Y nosotros somos laburantes, somos tan laburantes como todos. Es difícil voltear eso, más cuando los que recién empiezan se prestan a manoseos por parte de las instituciones que deberían patrocinarnos seriamente y como corresponde. Me parece tremendo porque ya los adoctrinan a que no tienen que cobrar por lo que hacen y es tanto el amor que tiene el artista que prefiere no cobrar por hacerlo y eso es un abuso.







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