Pharrell se convirtió en un headliner a fuerza de hits. Sobre todo los de su último año y medio: con la seguidilla 'Blurred Lines' de Robin Thicke, 'Get Lucky' de Daft Punk y 'Happy', su presencia fue demasiado innegable como para que su perfil no subiera. Casualmente, ninguna de esas canciones es parte original de sus discos ('Happy' está en GIRL, pero fue pensada para la banda de sonido de Mi villano favorito), lo que empieza a subrayar un asunto: todavía lo que más llega de su repertorio es su extensísimo trabajo como productor. Entonces su show no giró tanto en torno a lo que su banda seguramente puede hacer (y no hizo mucho), ni a sus habilidades como showman, sino a su gran carrera como hitmaker. Y que nadie se atreva a desestimarla por los dos recientes y muy discutibles juicios de plagio.
Fue el currículum vivo de un gurú-productor, que hizo una carrera de reimaginar la era Motown para el nuevo siglo. También el de un ícono de estilo que se atreve al doble denim (!) y se asocia con marcas multinacionales (nótese el logo enorme de Adidas en su trasero). Alguien que entiende de parafernalia pop y que no es un mal cantante, pero tampoco una gran voz: hace un uso rítmico claramente influenciado por Michael Jackson. Sus seis bailarinas se movieron con temazos como 'Milkshake' de Kelis, 'Slave 4 U' de Britney Spears y 'Hollaback Girl' de Gwen Stefani, mientras las intérpretes aparecían en pistas. Hizo algo parecido, pero con su voz y su presencia para 'Drop It Like It's Hot' de Snoop Dogg y 'Hot in Herre' de Nelly, que inevitablemente ponen a todos a bailar. Los recuerdos de N.E.R.D. (el gigante dormido, como dice él) 'Lapdance' y 'She Wants To Move' sonaron un poco desinflados. Pharrell hizo varios silencios entre los temas para contemplar con ojos vidriosos a las ¿60 mil? personas que está viendo bailar por primera vez los hits que él compuso a lo largo de todos estos años.
Después de que Major Lazer le comiera las espaldas al show de Pharrell con un set enfocado en su poder climático y sofisticado, que tuvo a sus dos bailarinas negras, tracks de Jack Ü y al productor subiéndose a la mesa, en la otra punta del predio Skrillex se paró sobre el último acto del Lollapalooza 2015 como un principito de las tinieblas dando su gran golpe.
Su dubstep es un juego de vacíos con la gravedad, una descarga rítmica y sintética que entra directo al sistema nervioso. Chicas en corpiño bailando sobre los hombros de sus amigos, gente disfraza de robots y de Spiderman, nenas y nenes que empezaron recién la secundaria: un público de corazón teen sacudiéndose con ese dubstep frenético como si fuera alguna película de Gus Van Sant.
Basado en Recess, esa distopía bailable e hinóptica construída sobre el vértigo que generan sus drops, el set tuvo el segundo gran cruce del festival con Damian Marley en la explanada de su escenario, cantando sobre un remix espeso de su clásico 'Welcome to Jamrock'.

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