Nelly Jara de Díaz cumple 90 años este viernes. Nacida en Tucumán en 1926, se mudó a Salta en 1947, cuando a su padre, empleado ferroviario, lo trasladaron a esta ciudad. Fue aquí que comenzó a publicar sus primeros versos, en el diario El Intransigente, y casi simultáneamente fue convocada para integrar el Grupo Femenino de Artes y Letras Tala. Además incursionó en el Teatro Experimental de la Peña Española y en el Teatro Phersu, y como profesora de Declamación ofreció innumerables (e inolvidables) recitales de poesía en diversos escenarios.

Con la voz nítida y dos pequeñitas lumbres encendidas en los ojos, Nelly vuelve al pasado -que a su edad parece quedar más lejos que nunca- sin ningún esfuerzo. "Empecé a barruntar la poesía a los 15 años. A esa edad era malísima, por supuesto. Ya veinteañera me publicaron mis primeros poemas en la página literaria de El Intransigente, que estaba a cargo de Luis D' Jallad. Yo estaba dando los primeros pininos encaramada en la rama del romanticismo y Luisito me alentó muchísimo para que siguiera escribiendo", dice mientras sacude, casi como al pasar, el apacible polvo de las cosas.

A raíz de esas publicaciones, llegó un día a su lugar de trabajo -los Grandes Almacenes José Vidal- la escritora Mercedes Clelia Sandoval. "Me fue a buscar porque estaba armando el grupo femenino de artes y letras Tala, que estuvo integrado por ella, Juanita Yarad, Delia Mirta Blanco, Hilda Emilia Postiglione y María Angélica de la Paz Lescano. Éramos una generación profundamente marcada por la Segunda Guerra Mundial", repasó Nelly.

Las poesías del grupo Tala circulaban en una hoja dobladita que, a pesar de su frágil apariencia, solía causar revuelo en la sociedad pacata de la época. "Las poetisas de aquel tiempo, como Clarita Saravia Linares de Arias, se dedicaban a la poesía religiosa. Nuestro grupo tenía otra perspectiva. Nuestros referentes eran Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Delmira Agustini. María Angélica de la Paz Lescano, por ejemplo, fue muy mal mirada por su poesía amatoria. Delia Mirta Blanco también fue muy criticada cuando publicó en El Intransigente su poema 'Hombre árbol'. A mí me recriminaron por mi poema 'Romance del hijo que pudiera ser'. Les pareció horroroso que, no estando yo casada, pudiera hablar sobre una madre soltera. No lo entendieron, porque en realidad mis versos hablaban sobre el sentimiento materno", comentó Nelly.

La poesía de Tala, que fue casi contemporánea del posicionamiento regional impulsado por el grupo La Carpa (integrado mayoritariamente por voces masculinas), se hizo espacio en medio de una sociedad donde todavía estaba mal visto que las mujeres hicieran lo que deseaban y dijeran lo que pensaban.
"Nos enterábamos de que nuestros poemas causaban escándalo porque Salta siempre fue igual: vos esturnudás acá y se enteran del otro lado del cerro San Bernardo", explica Nelly, que publicó su primer libro, Diapasón de la casa y de los otros, recién en 2006.

Las integrantes de Tala solían dar recitales de poesía y también produjeron y condujeron el programa "La mujer en las letras salteñas", que se emitió en la antigua Radio Nacional, cuando estaba bajo la dirección de Raúl Aráoz Anzoátegui.

Encaramada en los recuerdos, Nelly baraja nombres, lugares y detalles con la precisión de quien recibe dictados al oído. El secreto -quizás- de sus memorias intactas: "Estudié declamación con Judith Granero de Mirau. Me recibí con la Rumba de José Zacarías Tallet. Rendíamos con bolilla y tenía que aprenderme cerca de cien poemas por año", comenta Nelly, compartiendo, a sus casi 90 años, verdades sin intersticios.

Una figura vibrante que colmaba el escenario


Su amor por la declamación y el respaldo de sus padres y esposo.

Nelly es la mayor de tres hermanos. Su papá era empleado ferroviario y su mamá ama de casa y gran lectora. “Fui criada en la santa pobreza, con una austeridad espartana y con un código ético marcado a fuego. Mis padres siempre apoyaron mi amor por las letras. Sabían quién era yo. Se enteraban de lo que escribía cuando ya estaba publicado”, contó.

Aparte de escribir, Nelly brilló en diferentes escenarios como declamadora, vocación que nació en ella desde muy temprano. “Mis padres no pudieron hacerme estudiar declamación en Tucumán porque era muy caro. Fue mi marido, José Antonio Díaz Rodríguez, el que me ayudó a cumplir todos mis anhelos. Él era bobinador. Fue mi todo, mi mentor. Cuando empecé a estudiar Letras en la UNSa, él me fichaba los libros. Yo sigo escribiendo y hace poco hice una poesía amatoria para mi Pepe. La titularía ‘Hasta la eternidad’, porque la muerte no nos ha separado, seguimos juntos de alguna manera”, remarcó Nelly, que además de escribir y declamar, comenzó una carrera universitaria promediando los 50 años. Era la década del 70 y, cuando en la UNSa todo se enrareció por el arribo de los militares al poder, decidió abandonar la facultad faltándole rendir solo una materia.

Ya veterana y habiéndole dado alcance a la verdad -como dice Mario Benedetti-, Nelly sabe ya que el océano es por fin el océano. Y opina sobre lo que ve: “Creo que en algunas cosas la mujer ha avanzado, pero como sigue existiendo el machismo, cuando ella da dos pasos, le hacen retroceder tres. Todavía falta mucho. Nunca he visto tanta violencia contra la mujer. No hemos superado cierto sojuzgamiento y somos vapuleadas a diario en diferentes ámbitos. El discurso igualitario está lejos de la práctica”.


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