Un tángara cabeza celeste, posado sobre una rama irregular y cubierta por helechos. En descanso sus alas capaces de un vuelo trepidante y suspendido su pecho agitado. Sus patas alertas sobre la rugosidad del musgo. Así captadas las filigranas espléndidas de la naturaleza obran un trampantojo. ¿Fotografía o pintura? Solo una mirada capaz de poner a trabajar las facultades del alma puede conducirnos a esta ilusión. Para buscar indicios de la percepción de Daniel Rodríguez (46), el autor de la pintura, él nos lleva hasta una escena de su infancia que tal vez le dé sentido a su vida entera. "Cuando íbamos con mi familia a pescar, yo no me dirigía hacia el río sino más a los cerros, donde podía encontrar pájaros, plantas e insectos que atraían mi atención. Volvía de esas pequeñas excursiones con piedras, alguna plantita o un bicho raro que había encontrado muerto", recuerda. Ya a los 8 años sacaba fotografías durante sus excursiones, pero como el resultado estaba lejos de captar las aves tal como las veía, la frustración lo empujó a dibujarlas. Hace 10 años que este naturalista, pintor de naturaleza, periodista y documentalista montó su primera exposición y por ello el 1 de octubre, a las 20, inaugurará en la Casa de la Cultura (Caseros 460) una retrospectiva. Con El Tribuno dialogó sobre su actividad, en la que dice combinar observación, estudio, fotografía e imaginación para representar los detalles más impalpables.

Cuando todos los bosques y territorios están siendo intervenidos por la mano del hombre, ¿qué paisajes va a buscar un pintor y fotógrafo naturalista?
Diría que "intervenidos" es una palabra bastante piadosa. Muchos bosques están siendo aniquilados y sus criaturas destruidas sin remedio. A veces me pregunto si el hombre ha decidido quedarse sin mariposas, pájaros o jaguares. ¿Lo hemos pensado bien? Porque arrepentirse no es llorar, arrepentirse es cambiar, y estamos a tiempo de cambiar, aunque muchas especies ya hayan desaparecido definitivamente. En realidad, no pinto para registrar algo que desaparecerá; pinto para conservar. Pinto con optimismo, creyendo que lo que hago servirá para que el hombre cambie, para que actúe. El pintor encuentra temas para sus obras en muchos sitios. Todavía hay naturaleza a nuestro alrededor e incluso en el jardín de nuestras casas es posible encontrar escenas hermosas de la vida de los animales. La charrasca, el tordo, el hornero y otras muchas especies se las han arreglado para vivir cerca del hombre, aunque seamos la especie más peligrosa sobre la faz de la Tierra.

¿Sos como un escritor de buena ficción, del que dicen que debe retratar sus propios ambientes para que los relatos no queden impostados?
No. La pintura de naturaleza no es ficción. Es algo que ocurre o puede ocurrir. Tal vez un brasita de Fuego todavía no se ha parado sobre esa rama nueva en la que lo dibujé, pero puede pararse en este instante. La imaginación en la pintura de naturaleza tiene un importante rol, pero la observación y la rigurosidad para mí son ineludibles. Lo que represento en mis pinturas es posible verlo, en cuanto a circunstancia y lugar, de manera muy aproximada en la naturaleza. Por allí me encuentro con gente que identifica en un cuadro mío una escena que vio en su casa de campo o en un río cercano. Y eso es muy lindo que suceda.

¿Qué se reencuentra de uno mismo entre medio de la naturaleza?
En realidad solo somos exactamente nosotros en la naturaleza, porque somos parte de ella. Rodeados de luces y mercachifles tecnológicos somos algo así como una aproximación a nosotros mismos, pero no en su totalidad y en su esencia. Nos volvemos un poco -o bastante- artificiales. Pienso a veces que muy pocas personas saben de verdad lo que es una cama con una sábana limpia y una almohada. Me parece que solo lo sabe aquel que alguna vez durmió sobre el suelo del bosque o acurrucado en la montaña, viendo las estrellas y apenas tapado con una manta. Cuando eso nos pasa nos encontramos con nuestras limitaciones, miedos, alegrías y deseos.
Me gustaría que me contaras uno de esos momentos tan especiales...
Una vez estaba recorriendo la Puna y en un camino con alambrados de los dos lados encontramos un grupo de vicuñas que estaba justamente sobre la ruta. Entre ellas había una muy pequeña que corría, junto a las otras, con preocupación delante de nuestro vehículo. Decidimos parar para que no se cansaran tanto y encontraran, más tranquilas, una salida; pero no había caso. No había salida y nosotros debíamos seguir la marcha. Comenzábamos a andar y ellas se ponían a correr. Podrían haber saltado fácilmente el alambrado si lo hubiesen querido, pero comprendí que debían permanecer al lado de la más pequeña, que no podía hacerlo. Unas tres veces paramos y unas tres veces tuvimos que proseguir, pero el grupo en ningún momento se apartó de la pequeña y solo saltaron el alambrado cuando la vicuñita halló una abertura por donde pasar. Se cuidaban unas a otras y estaban dispuestas a sacrificarse en aras de acompañar y proteger a su pequeña. ¡Qué hermosa lección de humanidad o, mejor dicho, de "vicuñidad" me dieron ese día aquellos animales!

¿Es en el fondo la pintura naturalista un "acervo" para las futuras generaciones, además de un hecho artístico?
Si se considera que acervo es un conjunto de bienes o valores morales o culturales que pertenecen a un grupo o comunidad, yo supongo que en los años por venir la pintura de naturaleza, como cualquier expresión artística, podrá considerarse en iguales términos, siempre y cuando reúna cualidades que la hagan perdurable.
No obstante, no me gustaría que mi pintura de naturaleza sea dentro de 50 o 100 años nada más que el vehículo para ver cómo se representó en su momento un animal que luego dejo de existir o para admirar un paisaje que solo fuera entonces un recuerdo. En este sentido me complacería que la pintura de naturaleza siempre sea una pintura viva, que nos hable ahora y dentro de 200 años de cosas que están y seguirán estando vivas. No pinto para que quede el registro de algo que se va; pinto para que no se vaya. Si la pintura de naturaleza se convierte en un acervo por el solo hecho de representar algo que entonces no existirá, esto que hago no habrá servido de nada.
El periodista suele buscar ese momento en que todo se rompe y todo cambia, ¿qué te brinda la calma de sumergirte en el paisaje?
En la naturaleza hay cambios a un ritmo natural, como los hay en nosotros porque somos parte de la naturaleza aunque lo neguemos. Y estar en contacto con ella agudiza nuestros sentidos adormilados, nos vuelve más sensibles, nos tranquiliza y nos relaja, nos hace tener una dimensión más realista de lo importante y lo accesorio, nos cura física y emocionalmente, y estoy convencido de que nos hace mejores personas.

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