Griseth es bailarina. Llega a la peatonal Caseros con las primeras pinceladas del crepúsculo y, luego de un delicado precalentamiento, se ubica altiva sobre un teatrino para brindar su espectáculo. Viene de bailar en España e Italia, entre otras muchas ciudades del mundo donde derrochó encanto, técnica y elasticidad.
El verdadero nombre de Griseth es Griselda y, en el primer renglón de su frondoso curriculum dice que nació en Lanús, de las manos de un titiritero llamado Alonso Coco Barraza. Pero como es presumida y sofisticada, quiso cambiarse el nombre para impresionar.
Griseth es una muñeca que el actor, director y dramaturgo salteño hizo un día con dos sogas para conjurar la nostalgia de una partida. Y, como corresponde a todo buen muñeco de corazón vigoroso -Pinocho y Geppetto son buenos referentes de esta magia-, cobra vida cada vez que su creador se calza unos guantes, un sombrero y enciende la música.
El Coco Barraza es titiritero de profesión desde 1983. Ese año se lanzó de lleno a la actividad fundando el Teatro Negro de Salta junto a su compañera Juana Aliberti (bailarina ella, y responsable del nacimiento de Griseth, su alterego). Sus obras de ensueño les abrieron las puertas del mundo y con ellas pusieron el nombre de Salta bien alto en la memoria de muchos pueblos y ciudades.
Hace poco más de un año, el Coco regresó a Salta para quedarse. Luego de encarar diferentes proyectos relacionados a la docencia (cursos y talleres), decidió sacar a la calle su teatrino, como lo hizo siempre, en cada ciudad donde apreciaron su arte. Con buen tino y delicadeza lo instaló sobre peatonal Caseros. Desde hace unas semanas, de lunes a sábados, a partir de las 19, el titiritero y su bailarina se paran a contramano de la correntada de gente -usualmente apurada- y tiran anzuelos al azar. Por lo general pescan ojitos infantiles, espejados de asombro. Con música clásica de fondo, Griseth baila y atrapa miradas con la vitalidad de un allegro, una ágil cabriola o una pirueta surrealista. Pero lo mejor viene al final, cuando ante la mirada atónita de los niños, Griseth se eleva entre la maraña de cables. El Coco se encarga de señalar al público el puntito lejano donde su muñeca se vuelve cielo.
El espectáculo es bellísimo. Pero el teatro di strada (teatro de la calle) que en ciudades como Madrid, Barcelona o París es considerado parte del paisaje y es valorado como una carta de presentación ante el turismo mundial, en Salta se prohibe por ordenanza municipal. "Tengo permiso para trabajar en la calle sólo hasta el 14 de diciembre. Me cuesta entenderlo. Dicen que hay una disposición que no permite la venta ambulante. Pero los titiriteros no vendemos nada, no competimos con ningún comercio", explicó el Coco. Una ordenanza que coloca a un vendedor ambulante y a un artista en la misma bolsa amerita urgente, al menos una revisión. En pleno proceso de remodelación de las peatonales, la ciudad de Salta podría revalorizar sus calles como verdaderos espacios teatrales a cielo abierto. "Eso sucede en el Paseo del Retiro en Madrid, por ejemplo -comparó Barraza-. Y en Barcelona y París te dan una credencial para poder actuar en la vía pública. En París, incluso, tenés que pasar un examen en el cual evalúan la calidad de tu propuesta artística. Las estatuas vivientes forman parte del folclore de Barcelona. Todos los turistas se llevan de recuerdo una foto junto a estos personajes". Son políticas que ordenan y dignifican, porque es un enorme error considerar que el artista está pidiendo una limosna. "El arte es un trabajo. La calle debe ser un espacio de alternativa laboral para quienes ofrecen espectáculos de calidad", concluyó Barraza. Y el suyo lo es. El que tenga dudas puede ir esta tardecita a la Caseros y ver cómo, entre aleteos de piececitos, levanta vuelo Griseth.

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