Julio Cortázar contó una vez que su madre leía mala literatura. "No era culta pero su imaginación me abría otras puertas", admitió. Y a continuación citó la anécdota: "Teníamos un juego: Mirar el cielo y buscar la forma de las nubes e inventar grandes historias". Así pasó su infancia en Bánfield el niño que más adelante se convertiría en un referente de las letras. En esta pequeñita historia, Cortázar resume ese factor único por el que madres e hijos "son" -aunque la distancia y la muerte los separe- siempre juntos, y pueden hablar a cada lado del aire de cosas distintas, pero con iguales palabras. La razón: antes de ser pedazos sueltos, madre e hijo fueron un mismo cálido continente.
En vísperas del Día de la Madre, reunimos los versos de cuatro autores salteños dedicados a sus mamás. En tono de añoranza, de despedida o de orfandad, cada cual, a su manera, retorna al vientre donde toda palabra vuelve a nacer.
Teresa Leonardi "Kuki" Herrán, poeta salteña, traductora y docente, escribió en los 80 "Canciones para la madre que se va", poema incluido en su libro "Blues del contraolvido" (1991). Aunque su mamá murió en 1994, la autora dice que el fantasma de la partida había comenzado a sobrevolarla desde temprano: "Todo hijo que ve envejecer a su madre sabe que en algún momento va a perderla. Es uno de los grandes dolores de la existencia". Activa militante desde su temprana juventud, Leonardi tuvo siempre en su madre un incondicional refugio, a pesar de que nunca compartieron una misa: "Ella era una salteña convencional en muchos sentidos, muy católica, pero me respetaba, lo cual era extraño. Ella sabía que yo era atea. Cuando decidí casarme, lo hice por iglesia porque yo la quería tanto, que sabía que iba a causarle un dolor muy grande en su vida si no lo hacía. Me casé en una iglesia bien alejada del centro para que no me vieran mis amigos, a las 8 de la mañana de un día martes", recordó.
La madre sin máscaras a la que le canta Leonardi supo desde siempre que su hija había elegido creer en cielos poco plácidos: "Durante el 76 comprendió lo que se venía. Tuvo mucho miedo por mí porque sabía que había abrazado ideas de izquierda, pero jamás quiso convencerme de nada".
Darío Villalba también es escritor: profesor de Educación Física y poeta. En esa inusual conjunción mucho tuvo que ver su madre: maestra rural, gran lectora de literatura universal, con nombre de personaje de cuento... "Carta a mi madre" es uno de los tantos poemas que le dedicó a Blanca Nieves: "Me senté a escribirlo cuando ella falleció. Ya andaba por mi cabeza desde hace dos meses antes, cuando le diagnosticaron leucemia. Murió a los 62 años".
"Yo heredé su amor por los libros -reconoce Villalba-. En el poema que escribí está mamá. No su recuerdo. No lo que ella fue. No su muerte. Está ella viviendo. Ella abrazando. Está ella diciendo que, a su manera, va a seguir estando, me va a seguir acompañando".
Roberto Acebo es escritor y periodista. En su novela inédita "En el cielo", dibuja un círculo en el que abraza, con la prosa poética que lo caracteriza, a su madre y a otras madres perpetuadas en los 70: "Este fragmento está después de otro en el que hay dos madres, una que va a ver a su hija (también mamá), una militante en la clandestinidad, y no la encuentra, ha sido secuestrada. Es octubre del 76. Es curioso, uno lee lo que escribió pasado algún tiempo y encuentra cosas no previstas. Mi mamá murió cuando yo tenía 10 años, era el 77. Y ese fue un tiempo muy extraño. Con los años y el encuentro con otras experiencias, me descubrí en cierta escritura que quiere recuperar algo de lo perdido en aquellos años. La recuerdo y estoy en una infancia feliz, con mis hermanos, mi viejo y ella. Una foto hermosa".
Para el final, "Elegías", de Jacobo Regen, una muestra de esa poesía iluminada a la que siempre es preciso regresar.


Canciones para la madre que se va
De Teresa Leonardi “Kuki” Herrán

I
Grave y humilde
nadie te nombraba
pero sólo de ti corazón sin cerrojos
nacía el terciopelo de otras sangres
a un espacio sin muerte

II
Si me voy
tu mirada me extiende dulce velo
y me exorciza
(como antes en la infancia)
de las brujas y ogros que aún me asedian

III
Ninguna máscara para protegerte
ni siquiera palabras
(fáciles y usados abanicos
con los que ocultamos nuestros rostros)
Ibas siempre callada
repartiendo tu tierna piel de zapa
entre niños y duelos

IV
Tu mirada ya no viene de ti
sino del clauso cielo de un pasado
en donde te cobijas a llorar
las muertes que en ti crecen

V
Sé que te perderé
que como siempre
irás primero para que no tema
Suavemente abrirás esotra puerta
y allí me esperarás
con tu dulzura a cuestas

VI
Madre
inútilmente buscaré
tu silueta nublosa rezadora
en calles que tu ausencia habrá ensanchado
Entonces
qué vano corazón irá saltando
en un vacío sin pájaros ni estrellas

******

Carta a la madre
De Darío Villalba

Si estás en mí
debés ser muy triste
muy sola

El plástico roto
de la ventana que nunca arreglamos
el patio que regabas
desmoronada tu sombra
agachada tu altura por el dolor de espalda
el árbol
desparramando fresco sobre el caballo
es el mendigo que me deambula
por las calles estriadas de ausencias
de mi alma que te avoca

Si estás en mí
¡qué triste debés ser!
¡qué sola!

Si estás en mí
más cuna se vuelve la tumba de mis brazos
Me vive
sólo
la caricia de ser tu mano

****

Fragmento de “En el cielo” (novela inédita)
De Roberto Acebo

Salta, marzo de 1977

Señora que habita dulcemente mi vida, no hago mayor silencio que éste/ pausa en el silencio de un tren entrado en metal y en camino, le escribo para dejar de extrañarla.
Porque a tanto dolor le sigue la palabra y usted debe saber que esa sucesión es inevitable/ pero también de silencio se puebla mi palabra que por necesidad de encontrarla dulce como una flor/ camina.
Si no entiendo cómo ni qué en qué momento suspender mi deseo de escucharla, entienda que esto que me pasa es nuevo, como nuevo es el deseo de verla entrar con el papá a la casa, que usted cortó mis manos y no mi hábito de sentirla, leve amor que está allí. Y entonces puedo y debo mirarla suspendido en ese segundo que dura días y no acaba. Mirarla para que el norte sea el norte y mi corazón de esperarla no cese de latir. Ese es su grande consuelo/ respirar y esperarla y desistir tan torpemente de besarla y resistir en su grande empeño de deshabitarse de usted que trae el tiempo, cuando los inviernos de bufandas y abrigos, los tres de su mano, caminando a la escuela, que tiene un sol perfecto como un sol... o el papá mirando lejos y en silencio.
Es torpe la palabra que este corazón que es el mío escribe refugiándose en esa indiferencia que supone distanciarse en esa distancia que este candor de desdoblarse/ desdoblarme permite para mirar con ojos que son los míos, y no.
Mirarla, señora, y encontrarla en esa intemperie que toma mi mano abierta y desierta de usted.


*****

Elegías
De Jacobo Regen

III

Envuelta en una música doliente
llegas a mí, de lejos, madre mía.
Y aunque no cantes tú, la melodía
vibra en mi corazón, llora en mi frente.

Pueblas mi sangre silenciosamente
y, al prolongarte en mí, soy tu agonía:
raído azogue, remembranza fría
de tanto amor y tanta luz ausente.

Madre, mi soledad a ti se aferra.
Nada me habita como tu recuerdo
por la infinita sombra iluminado.

Protégeme en las lindes de la tierra
donde sin causa ni razón me pierdo,
donde ya ni conmigo me he quedado.



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