La Pascua cristiana, inspirada en la Pascua judía, tomó como base para su celebración, el año lunar. Se estableció entonces que sería celebrada anualmente el primer domingo después del plenilunio que seguía al equinoccio de la primavera (para nosotros del otoño).
También estableció que el Carnaval, fiesta profana, fuese celebrado los tres últimos días antes que comenzara la Cuaresma.
El Carnaval fue desde un principio, la fiesta de los excesos; de la abundancia de carnes, de vino, sexo, juegos y farsas. Los europeos la dispersaron por el mundo y cuando llegó aquí, los tres originales días de fiesta se habían transformado en siete, repartidos así: cuatro para el Carnaval Grande y tres para el Carnaval Chico. Esta división con sus respectivos nombres aún se usa en la Quebrada de Humahuaca, pero aquí desaparecieron allá por los años setenta. Es que la milicada arrasó con esa tradición, quizá donde ella no estaba muy arraigada.
Pero el tiempo no solo archivó el Carnaval Chico, sino que también hizo desaparecer el Carnaval de Micareme y el Día del Carpero, dos fiestas muy celebradas hasta los años '50. El Carnaval de Micareme también nos llegó de Europa. Originalmente se celebraba a mitad de la Cuaresma, como para hacer un alto o un recreo en medio de las privaciones impuestas por la liturgia cristiana durante 40 días. Aquí, simplemente se la adosó al fin de semana siguiente al Carnaval Chico hasta que espontáneamente comenzó a decaer. Hoy muy pocos se acuerdan del Carnaval de Micareme.
Otra fiesta muy ligada al Carnaval y que ya desapareció, fue el Día del Carpero. La organización y el costo de esta fiesta estaba a cargo del dueño de la carpa. A ella asistían sus amigos y clientes más íntimos y selectos, además de las principales autoridades del pueblo. Era tan importantes estas festicholas que hasta los curas párrocos eran invitados, y más de uno no se la perdía.

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