Carlos Blanco Fadol evoca un episodio ocurrido hace 52 años. Se ve a sí mismo acomodando y reacomodando el cuerpo para ajustarlo al asiento de una universidad de Montevideo. También yendo y volviendo los ojos de la ventana hacia el profesor, que está en plena clase expositiva. Mientras las diestras de sus compañeros producen anotaciones desbaratadas por registrar febrilmente los contenidos, afuera a Carlos lo tienta un sendero cubierto de hojarasca al que abre paso una nutrida arboleda. "De repente me di cuenta: los mejores años de mi vida los iba a pasar estudiando. Tenía 18 años y hasta los 26 no empezaría a trabajar de lo mío. Dejé mis estudios, cogí mi guitarra y unos pocos dólares y me fui a recorrer mundo. Imagina cómo se puso mi familia".

Así inicia una extensa charla con El Tribuno. Carlos es etnomusicólogo y propietario del Museo de la Música Étnica localizado en Barranda-Caravaca (Murcia, España), considerado uno de los más importantes del mundo en esa especialidad. Él investiga la diversidad musical en los contextos sociales en los que se manifiesta. Ha estaba por los cinco continentes y en más de 145 países. Ha llegado a recopilar más de 3.500 instrumentos, el 70% de ellos ya extinto. Por estos días está de visita en Salta, donde quiere poner un museo de instrumentos de caña y bambú.

"Este es un lugar al que vienen muchos turistas y necesita un gancho que lo una con el mundo. Entonces se me ocurrió instalar un museo temático sobre instrumentos de caña y de bambú. Esta colección que propongo para Salta funcionó como exposición itinerante en Europa y América y el promedio de visitantes ha sido récord", argumenta.

Luego, para explicar su trabajo, su don y su vocación, la etnografía, cita un acontecimiento histórico: la diplomacia del ping pong. A comienzos de la década del 70, jugadores chinos y estadounidenses intercambiaron partidas de tenis de mesa y sucedió lo inesperado: hubo implicancias políticas. Este suceso marcó el comienzo del deshielo en las relaciones entre la China comunista y los Estados Unidos y dispuso los ánimos a favor para la visita al país asiático del entonces presidente Richard Nixon.

"Yo he utilizado la música como un vínculo antropológico de comunicación entre los pueblos. He encontrado instrumentos musicales comunes en países irreconciliables. Por ejemplo, he hablado con los embajadores de Palestina e Israel en Madrid y les propuse hacer en las plazas de Jerusalén una actividad musical con la gente que venía caminando por la calle, israelíes y palestinos, y hacerlos tocar unos instrumentos de percusión comunes para los que no hace falta tener pericia de músico. Pensaba que la música era más fuerte que el ping pong, más en pueblos que tienen raíces semíticas comunes. Pero aunque ambos embajadores estaban muy ilusionados con la propuesta, por motivos de seguridad no lo vieron viable para hacerlo en la vía pública", argumenta. Por iniciativas como estas Carlos fue nominado al premio Príncipe de Asturias, a las Artes y a la Concordia, en dos ocasiones. Y así como en el poema de Herman Hesse, "las sombras infinitas de lo que ha viajado se cruzan e interponen" en la entrevista que le hacemos.


¿Qué le impactó de Salta?

De Salta me impactó cómo mantienen vivas las tradiciones. Por ejemplo, hace unos días fui a la peña La Casona del Molino en la que actuaba un grupo. Como yo me sabía todas las canciones, las zambas y las chacareras pude participar e incluso agarré la quena y empecé a tocar. Le doy gracias a un amigo salteño, Miguel Ángel Navarro, que me presentó esta tierra.


¿Qué características tendría el museo que viene a poner?

Sería un museo didáctico interactivo porque no entiendo esos museos fríos a los que uno entra en silencio y se va y está el portero gris ahí, aburrido y cansado. Mis museos son dinámicos, se escucha a través de pantallas la cultura de un determinado país, cómo suena el instrumento, cómo está integrado en una orquesta y más que nada tú lo puedes escuchar con auriculares, y hay documentales y al terminar la visita las personas se integran en grupos musicales, con instrumentos que no han tocado en su vida y aunque no tengan ni idea de música siempre prefiero que vengan personas que no han tocado en la vida instrumentos- para que ellos vean que pueden hacer música en conjunto. Uno solo no hace nada, es una sola nota. Tocamos el himno a la alegría, música folclórica, lo que sea.


¿Cómo crea lazos con una comunidad en la que se sumerge para realizar sus investigaciones?

Yo hablo mal varias lenguas -incluido el español-, pero cuando investigás entrás en lugares donde la gente solo habla su lengua nativa, entonces uso el esperanto universal que es la música. Y si hay un pueblo que me interesa porque tengo la información de que tocan instrumentos especiales, no voy a verlos de manera directa, sino que voy a un pueblo vecino para informarme. Y ellos me dicen que ahí tocan tal o cual instrumento. Toco más de 50 instrumentos de cuerda, viento y percusión, entonces no me resulta difícil aprender a tocar rápidamente los demás instrumentos. Generalmente los instrumentos étnicos son elementales. Entonces aprendo un trocito de la melodía de ese pueblo y llego a ese lugar tocándolo. Esa es mi presentación y mi primer contacto.


¿A un músico trashumante lo desencantan los avances de la electrónica en la música?

Y en esta época que estamos viviendo va a avanzar cada vez más. Al principio me desagradaba un poco, pero en cierta manera ahora lo entiendo. En las peñas salteñas incluso la guitarra va enchufada y ¡el sonido es otra cosa! Se pierde esa sensibilidad que proviene del individuo, que viene de lo más profundo del individuo hacia la pulsación de un instrumento natural. Cuando media un cable muchas veces se pierde lo que se transmite. Me gustaba más cuando los músicos subían con sus guitarras criollas, porque llegaban más al corazón. Cuando digo que lo entiendo me refiero a que, como hay más gente escuchando, se necesita un sonido más fuerte. Pero no por eso este sonido me resulta más bonito o agradable.


¿Cuál es la sensación que se tiene luego de haber creado un instrumento que faltaba?

Es parecida a la de un parto, porque el instrumento es un hijo. Hay dos formas: cuando eres inventor, como es mi caso, y también puedes reproducir instrumentos de otro, como tuve el honor de hacer con los de Leonardo Da Vinci. Hay dos códices que se encontraron en la Biblioteca Nacional de Madrid, que estaban mal ubicados y, por ello, habían estado 200 años desaparecidos. Yo reproduje un órgano de agua para cuyo surgimiento Leonardo se inspiró en la ciudad de Rímini (Italia), viendo caer los tubos de caña de la fontana de la Piña, que todavía existe. La satisfacción de crear un instrumento es lo máximo, es como parir. Cuando terminé un órgano de bambú mío o una torre de seis metros para hacer música con el agua Tuve una emoción tremenda. Una sensación muy difícil de explicar, pero que es lo más gratificante que he vivido.


Al músico itinerante, al músico "mendigo" que pone la gorra ¿lo sigue viendo cuando viaja?

Quedan muy pocos porque esta misma sociedad lo va disponiendo así. Te lo digo de otra manera: cuando yo era jovencito, tocábamos en programas de televisión en Lima (Perú) y la gente nos mandaba hasta colchones, camas, cosas rarísimas que después vendíamos y seguíamos viaje. Nadie te pedía para que actuaras que estuvieras registrado, que tuvieras el impuesto pagado. Hoy en día no puedes ir a un lugar a cantar si no tienes una serie de elementos y antes no existía eso. Terminabas de tocar en un lugar y te ibas. Eso ha hecho que se vayan acabando los músicos itinerantes, ha hecho que esa bohemia de antaño ya no se pueda aplicar.


¿Una cicatriz que le dejó el camino?

Cuando viajás por el mundo ves guerras, conflictos, revoluciones y terremotos. Pienso en mis viajes por Asia, Tailandia y la India. He estado a punto de perder la vida varias veces porque a estos instrumentos no los puedo buscar en Wall Street, sino que tenés que ir a las raíces y ahí es donde permanece la escénica del individuo más latente, donde pasan todo tipo de situaciones. He salido airoso, pero me quedan cicatrices. Buscando vi la pobreza extrema de los seres humanos: el contraste brutal de que mientras en Europa hacen régimen para adelgazar, en África haya niños muriendo de hambre.

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