Un 14 de abril de 1986, moría Jorge Luis Borges. En Berna, Suiza, donde había pasado su adolescencia. ¿Es el máximo escritor argentino? Probablemente. Y aunque nunca haya estado en los estrados del Premio Nobel, por la búsqueda de una obra minuciosa pero minúscula, Borges ha creado su propia literatura y su prosa ha influenciado a otros narradores, incluso cinematográficos, y también a científicos, filósofos y otros pensadores.

Es que sus temas tienen que ver con la existencia universal del hombre, como el tiempo o las paradojas de la realidad. Y a 30 años de su fallecimiento, aún seguimos dilucidando sus obras breves -nunca excedían las 10 páginas- y sus ideas inmensas.

En El Tribuno
Como todos los escritores, Borges hacía lo imposible para sobrevivir económicamente. Y, como señala Piglia luego de enumerar sus oficios diversos, "hasta daba charlas en pueblitos perdidos donde le pagaran". Pero el 27 de mayo de 1964, cuando llegó hasta Salta por un pedido especial del entonces director general de Cultura de la Nación, el salteño y ensayista José Edmundo Clemente, lo hace después de ser ya un escritor reconocido, que venía de dar conferencias en la Universidad de Austin, en Texas. Llegó acompañado de una bella María Esther Velázquez, que con él brindaron conferencias en el salón auditorio de LRA 4, Radio Nacional Salta -por entonces en Mitre al 300-. Ella habló sobre "Falstaff o la temática de Shakespeare" y él de poesía gauchesca. Siempre con la misma pasión a donde fuera.

Esa tarde pasó por la redacción de El Tribuno, donde se entrevistó con su director, Roberto Romero y dio una breve entrevista. Pero lo interesante estuvo a la noche, en un agasajo que organizó el mismo diario en la casa de Guillermo Velarde Mors, "Pajarito", en Pueyrredón y España.

Se sumaron esa noche el poeta Raúl Aráoz Anzoátegui, que era el director de Radio Nacional, otros directivos de Sonovisión Canal 3 -la TV de esos años-, Ricardo F. Dorré de El Tribuno, por supuesto Velarde Mors y el músico y poeta José Juan Botelli, entre otros. En el piano de "Pajarito", Botelli se largó a interpretar, con la memoria que siempre lo caracterizó, milongas de principios de siglo. Una a una, Borges, otro memorioso de fuste, las fue comentando e historiando. La reunión, donde Borges acaparó la atención de todos, se prolongó casi hasta el filo de la medianoche. Según los comentaristas de la época, "no escasearon las sabrosas empanadas al horno y el vino tinto salteño".

Posteriormente, en otros reportajes, Borges contaría que le causaban extrañeza los salteños: "Están orgullosos de su pasado español y también de su pasado aborigen: es como jugar al ajedrez con las negras y con las blancas", dijo. Para Botelli, era "una mente tremenda" que si se interesaba por un tema, "succionaba" la de su interlocutor.

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